Formar, para una vida ética, es una necesidad de nuestro tiempo; recuperar, en el ser humano, una postura ética para con la naturaleza, la sociedad y el hombre mismo, es la base para la supervivencia futura del planeta y todos sus constitutivos. Por ello, la naturaleza, la sociedad y el hombre mismo deben estar en la raíz del proceso formativo del ser humano, no sólo en la niñez sino en la juventud y en la adultez, y deben constituir el foco de consciencia que sirva de marco de referencia para su pensar, su sentir y su actuar. Tener una adecuada y correcta relación con estas tres facultades es vivir en armonía y en sentido de unidad con lo que nos rodea.
Formar hombres y mujeres éticos es cimentar la responsabilidad de todos en la construcción y desarrollo de la comunidad y sociedad en general; es crear la convicción de que la naturaleza del mundo será acorde y consecuente con nuestra manera de pensar, sentir y actuar.
Al hablar de ética, y la formación en ella, tenemos que retrotraernos a las primeras fases del desarrollo del ser humano, o sea, a la niñez, la infancia y la adolescencia, porque todo lo que se siembre allí dará su cosecha en la vida adulta.
Como principio hemos de decir que el hombre no nace ético, se hace ético y de un modo u otro debe acceder, a través de sistemas formales e informales de educación, a los valores y normas que regulan su comportamiento en la sociedad de su tiempo.
La ética como comportamiento parece estar definida como una postura personal entre el bien y el mal, como una definición personal y social entre las gamas contrapuestas de polaridades contrarias y como una ascesis personal y quizá social hacia una particularidad suma de la bondad que es el amor.
La noción de bien y mal es algo arraigado en la humanidad desde sus albores, y las confrontaciones y luchas entre hombres, y entre estos y la naturaleza, se han definido como la posibilidad de vencer a aquello que está dotado de maldad o, también, y en forma inconsciente, someter a aquel o a aquello que impide que una de las partes alcance lo que considera bueno para sí aunque socialmente no sea plenamente justificable.
Podríamos preguntarnos si el ser humano está dotado de capacidad para discriminar entre la bondad y la maldad. El primer aserto aquí sería lo relativo a los sentimientos de placer, dolor, conformidad o bienestar físico o psíquico. En lo físico es fácil apreciar cuando algo nos afecta porque duele o produce malestar; en lo psíquico, especialmente lo referente a sentimientos y pensamientos, es posible reconocer cuando lo uno o lo otro nos hiere sensiblemente, nos irrita o nos duele, también cuando nos produce confort, alegría o bienestar, sólo que, tanto en el bien como en el mal interviene plenamente la subjetividad humana. Podríamos señalar que la apreciación va a depender de una escala de valores personal que puede diferir de otros y/o de ciertos factores constitucionales y culturales que permiten considerar como más o menos nocivas ciertas experiencias personales. Cabe entonces, aquí, una escala individual para apreciar la relación bondad-maldad con relación a los efectos del mundo que nos rodea y de los influjos propios del pensamiento y sentimiento.
De otra parte, si nos referimos a que en el ser humano exista algo que independientemente de sí mismo y de su subjetividad, le permita reconocer aquello que se pueda calificar de bueno o malo, estaríamos hablando, en primer lugar, que la maldad y la bondad son algo inherente a las cosas y especialmente a lo que es dotado de vida, y en segundo lugar, a que en el ser humano existe algo fijo y trascendente que le permite captarlos. Este es un campo metafísico, propiamente hablando.
También podemos hablar que en el orden de la cultura, a la cual pertenece el ser humano, ésta, que es creada por él mismo, está constituida por una serie de parámetros para la actuación y para la valoración del mundo y las cosas. Muchos de estos parámetros se constituyen en paradigmas que se procura imponer, a través del proceso educativo, en el comportamiento de los miembros de la misma cultura. La cultura otorga, pues, una valoración a las cosas y a los hechos, no sólo por las características de las propiedades y atributos que estas posean sino además, por el nivel de satisfacción, armonización o completación que ellas transfieren al hombre.
Otro modo de aproximarnos a la noción de bien y mal es considerarlos en relación con el efecto neto en la construcción y desarrollo de lo específicamente humano. Aquí podemos referirnos a su psiquismo y a su afán de trascendencia. Si el efecto de una experiencia, vivencia o representación, originada en algo externo al ser humano o dentro de sí mismo, contribuye por un lado a una desviación de patrones de comportamiento considerados normales dentro de una sociedad o, por el otro, a una imposibilidad de realizar en sí mismos la unión con algo superior que se reconoce trascendente al hombre y que se identifica como principio y origen del mundo existente, podemos considerar que dichas experiencias, vivencias y representaciones ejercen efecto nocivo en el ser humano y se constituyen en un mal para su desarrollo. El mal podría aparecer aquí como una tendencia autodestructiva y antievolucionista. En un contexto más individual y personal podemos ver, también, cuán difícil es aislar el mal del bien porque al desconocer las causas remotas y los fines últimos carecemos del conocimiento para valorar las razones primeras y las consecuencias finales de un hecho o acción en el desarrollo de una persona o de una sociedad. Incluso, podría entenderse el mal como elemento indisoluble del bien, actuando los dos en conjunto creativo para producir hechos evolutivos. En este contexto, el mal constituiría una deficiencia del bien y se entendería que, en una escala cósmica, sólo puede haber bien y que toda cosa y todo hecho tiene sentido a escala evolutiva. Quizás aquí se halle la raíz y el sentido del perdón.
Ética y humanismo
Pensando que una ética puede ser antropocéntrica, en el sentido que ella provenga de un conocimiento profundo de la naturaleza humana, podría, quizá, designarse como una ética humanista. Esto supone que existen los medios objetivos para el conocimiento de la naturaleza humana los cuales nos darían las claves para la construcción de una escala de valores y unos modos de acercarnos a estos de manera que en su realización se respete y cualifique lo propiamente humano. Pero, ¿qué es lo propiamente humano?, es decir, ¿qué es aquello que no es asignado desde afuera de él mismo, por una autoridad distinta a él? Los filósofos primero y los psicólogos después, han tratado de recabar en ese ser que son ellos mismos para encontrar sus especificidades, y deducir de ello lo que siendo particular es general a toda la “especie” humana. Han creado la noción de virtud y construido modelos de hombre y naturaleza humana y han llegado a conclusiones y deducciones como la de que el ser humano es un fin en sí mismo y que la libertad, el desarrollo y el uso productivo de sus capacidades, son paradigmas bajo los cuales se puede construir la civilización. Sin embargo, las preguntas que surgen tras de estos propósitos humanistas son las siguientes: ¿es el hombre capaz de conocerse a sí mismo, sin ningún referente externo a sí mismo que lo trascienda.?; es decir, ¿no hay un deber ser, una ascesis más allá de lo que los indagadores del hombre descubran como específico y propio de su naturaleza?, ¿cómo superar el auto engaño, la autocomplacencia o la auto exigencia en este proceso de objetivar así la naturaleza humana?, ¿cómo conciliar tantas propuestas provenientes de la biología, de la psicología, de la antropología, de la sociología, de la filosofía?, ¿quién puede, definitivamente, darse su propia impronta y esculpirla así para todos los demás?.
Sin embargo el ser humano tiene el deber de conocerse, ayudado por las diversas ciencias, especialmente las del campo social, por las artes y todos los saberes del campo llamado humanista. Debe ser capaz de concertar a partir de las diferentes visiones y propuestas un núcleo único, extensible a todos los hombres, aceptado como realidad verificada por la ciencia o como paradigma sentido o intuido por el hombre que expresa la potencialidad latente en su ser. De allí podría surgir un contexto adecuado para hacer real una ética civil que congregue en los acuerdos esas condiciones y exigencias mínimas humanas para armonizar y vivir en paz.
Cuando en el seno de una sociedad los niveles de degradación de los diferentes aspectos que la conforman llegan al punto de romper la estabilidad de las instituciones y la supervivencia de la misma, se impone, entonces, el logro de consensos sobre aquellos mínimos que permitan la recuperación de la armonía social y la dignidad humana. Aparece, entonces, quizá, la posibilidad de un liderazgo consensual que con suficiente visión de la realidad y de las perspectivas futuras sea capaz de poner en equilibrio las demandas de los diferentes actores en conflicto.
La situación del hombre
Arrancado de su fuente divina y prohijado por la naturaleza, el hombre se ha reconocido como ser físico-biológico y como órgano de percepción de las informaciones provenientes del mundo ambiente externo. En su relación con la naturaleza, todavía dotado con equipo instintivo, parece haber sido capaz de distinguirse de los animales hasta llegar a diferenciarse de ellos; sin embargo, antes de que esa diferenciación fuese consciente y lo llevase a separarse radicalmente de la naturaleza, el hombre vivía, sentía y actuaba en unidad con el entorno, manteniendo relación armónica y equilibrada con sus componentes; no había dominio ni subyugación, menos aún, depredación, sólo lo mínimo necesario para la supervivencia del todo equilibrado del cual él dependía.
Con la conquista de la razón ha habido un cambio radical en la conducta del hombre respecto a la divinidad y a la naturaleza. Respecto a lo divino surgen varias posturas: o bien, por un lado, se pretende ignorarla y en este caso el hombre mismo se erige como autónomo y auto suficiente en su mismidad y le concede a la naturaleza un papel protagónico en el proceso de transformación evolutiva apoyada en una base material de la vida y el psiquismo, o bien, por el otro, acepta la divinidad como una entelequia difícil de resolver pero que está presente de algún modo en la vida humana morigerando costumbres y estableciendo estándares de comportamiento, como es el caso en las diferentes religiones.
En otra dimensión de lo humano se da clara separación entre ciencia y fe para lo cual se crean espacios diferentes y distintas devociones. Respecto a la ciencia se le concede el papel de develar todos los procesos de la vida y se edifica y constituye como el bastión esclarecedor de todos los misterios e ignorancias o, de otro modo aún, la ciencia, ocupando ese sitial, concede al ser humano un espacio personal, propio e íntimo en el cual él se puede comunicar con la trascendencia, sólo que aquí, del mismo modo, la ciencia invade cada día ese terreno dando respuestas desde la supuesta confiabilidad y validez de su método.
El hombre de hoy es, pues, un ser fracturado, escindido y fragmentado en su unidad: una zona de su ser está orientada al conocimiento del mundo empírico observable, y para ello la fuerza de su intelecto racional y lógico le sirve de soporte; la otra, se orienta al conocimiento de mundos interiores suprasensibles o, por lo menos, a la aceptación de su existencia y para esto el corazón orientado por la intuición le ayudan, pero ambas zonas están distantes, separadas y por lo general, si un individuo posee una de las dos en cierto grado, carece de la otra casi en absoluto.
Otra dimensión que afecta lo humano es la posición dualista ante el mundo: existe, el bien y el mal, lo interior y lo exterior como campos conceptuales diferentes y contrapuestos y sin vasos comunicantes entre sí. El dualismo rompe el concepto de unidad y produce visiones separadas que conforman ideologías y modos distintos de ver el mundo y las cosas. Se puede decir que el dualismo ha separado lo que estaba unido y ha conformado modos y modelos de apreciar el mundo que fortalecen las visiones positivas en tanto que detracta y empobrece las consideradas negativas. Mucho ganaría la humanidad si aprendiese a reunir de nuevo ese mundo fragmentado ante sus ojos y lo mirara desde una óptica superior, pero para ello hace falta transdisciplinas que lo crucen e interconecten, mostrándolo como parte substantiva de una unidad.
Desde el punto de vista de las ciencias de la vida, que son ciencias del hombre, de la naturaleza y de la sociedad, cada una habla en particular desde la óptica de sus métodos y desde la frontera de sus paradigmas; cada una da no sólo una sino múltiples visiones y versiones de lo humano en contraposición con las propuestas por las restantes, así, la visión de lo humano es cada día más fragmentada, ideologizada, estereotipada. De nuevo aquí las transdisciplinas podrían ayudar a resolver este rompecabezas que a veces no tiene forma, o que carece de muchas piezas claves, al margen de la ciencia contemporánea.
Situado en la modernidad, el hombre no ha conquistado la capacidad de nombrarse a sí mismo sino que es nombrado por los demás, quienes le definen gustos y apetencias, proyectos y metas, sentido de la vida y de la muerte. El hombre es, hoy día, un ser modelado desde afuera de sí mismo por muy pocos pares que ostentan la supuesta posesión del conocimiento. Desde la publicidad y el mercadeo, desde las diferentes ideologías y religiones el hombre es propuesto, modelado, esculpido y esquematizado bajo fisonomías sociales, psicológicas, morales y antropológicas distintas. El hombre es pensado por el hombre pero con gran insuficiencia en los fundamentos de ese conocimiento. Pero, ¿de dónde debe partir ese conocimiento sino de sí mismo?, ¿Cómo podrá el hombre reconocer en sí mismo lo que él es para así dar cuenta de lo que es el otro?, ¿Qué es necesario para que un hombre tenga una actitud correcta hacia otro hombre? Parece que algo necesario a este fin es que el hombre tenga una fe inquebrantable en lo divino que late en cada ser humano, que reconozca, a pesar de todo, que el ser humano está orientado hacia la bondad, y que, al integrar estos dos aspectos, adquiera una comprensión optimista del papel del hombre en el mundo y en la sociedad. En el fondo, esta es una concepción que conduce a un modo de vida enmarcado por el amor al hombre y a la humanidad.
Las premisas anteriores serían suficientes para una postura y acción ética que coadyuve a la construcción y mantenimiento de la vida como también al desarrollo del hombre y de la sociedad, pero ¿se puede amar?, ¿es el ser humano, en sí, capaz de amar?, ¿surge, de él, el amor como algo natural e inmanente o es una conquista que debe acaudalar cada día?, ¿existen unos hombres más capaces de amar que otros?, todas son preguntas difíciles con respuestas difíciles.
Algunos como Fromm (1977) afirman que en la sociedad occidental es imposible amar por cuanto las tendencias dominantes, posesivas y casi destructivas, como también las mercantilistas, limitan las relaciones maduras entre los seres humanos. Al otro, en la mayor de las veces, se le mira como esclavo o bajo relaciones directas de subordinación o sumisión. El enamoramiento, de algún modo, prefigura el amor pero no siempre lo alcanza. Para Fromm existen algunas condiciones necesarias al logro de una relación amorosa: el respeto, el conocimiento, la responsabilidad, el cuidado. Asegura, igualmente, que la incapacidad de amar es característica del síndrome de regresión en el que el odio a la vida, la dependencia de los adultos y/o de las instituciones sociales y el narcisismo excesivo, contribuye a estancar a una persona en su desarrollo impidiéndole la expresión del amor. Para Fromm, el amor es fuente de creatividad productiva que supera toda manifestación de violencia, que concluye en el perdón cuando ha habido algún sentimiento de ofensa o daño al amor propio.
Muchos de los liderazgos que se observan hoy día están inspirados en el odio al otro y difícilmente permiten mostrar un asomo de compasión, pues eso, supuestamente, dejaría impotente al líder. De lo contrario sería necesario crear un escenario pedagógico para inculcar en los seguidores sentimientos positivos a fin de que el líder no resulte vituperado o eliminado por su misma comunidad.
Para acceder al amor hay que entregar mucho de sí mismo, hay que sacrificar ego, posesiones y comodidad; pero para un liderazgo pragmático esto no está en su plan; más aún, no hay un sentimiento personal hacia esa inclinación. En lo anterior no se quiere decir que en un momento dado, y siendo incluso idealista, no se deba ser pragmático, porque lo uno no excluye lo otro; sin embargo, el pragmatismo en si sólo revela interés en resultados inmediatos y beneficios de corto alcance, valiosos, a veces, sólo para el líder, y esto conduce, en ocasiones, a posturas no éticas.
Cuando se habla de amor, otro contexto se refiere a la relación de pareja que concluye en la unión conyugal; también se asimila al ámbito de la relación sexual. Si bien, para estos casos el amor es necesario como fundamento no siempre es éste el que los sustenta. Tanto en la vida conyugal como en la unión sexual puede haber carencia de amor, predominando la utilización y el dominio del otro en función de la satisfacción o bienestar personal. En esta relación puede estar el ego ejerciendo una soberanía absoluta.
¿Cómo puede trascenderse de lo conyugal y sexual hacia lo social sustentado en el amor? ¿Cómo creer que el otro, que no es mi pareja ni mi familia, es alguien a quien debo amar? Parece que la respuesta se halla en hollar el camino de la verdadera fraternidad, en amar al otro por ser él quien es, por ser mi igual, mi semejante; por tener, a pesar de las diferencias sociales, políticas, económicas, culturales y religiosas un fin trascendente, una tendencia a la autorrealización. Mi semejante no lo es por lo físico y lo externo, tampoco por las posesiones o por el carácter propio que sustenta su individualidad: la semejanza trasciende todos estos niveles y es necesario su reconocimiento para que se instaure un verdadero humanismo. Es indispensable tender el puente desde lo físico, social y psíquico hacia lo trascendente para que el ser humano pueda desarrollar el respeto, la tolerancia, la comprensión, la compasión y algunos valores y virtudes más para encontrar finalmente que el amor todo lo puede permear y, con este sentimiento vivenciado, matizar todos los comportamientos con una ética y moral que construyan la sociedad y el hombre.
Singh (1994) habla del ego como una de las grandes enfermedades del hombre y cómo el líder que encabeza la invasión al carácter humano; él es el que abre las puertas para que entren las otras enfermedades que dominan al hombre en la época contemporánea: la ira, el orgullo, la lujuria y la avaricia. En sus propias palabras dice: “la madre de estas enfermedades, el intelecto, le dice al hombre: tu venida a este mundo tendrá éxito si en él eres glorificado; si gozas de nombre, fama y alabanzas o si ostentas el título religioso o de líder de alguna comunidad”. El ego es quien nos separa de los demás seres humanos y nos impide realizar el amor en su más plena dimensión.
La virtud está en el medio
Parece que el ideal del hombre, integralmente educado, y por tanto del líder, es el logro de un equilibrio en el pensar, en el sentir y en el actuar. Todo equilibrio es ponderación, capacidad de sopesar y ponerse como sujeto consciente entre las polaridades extremas de emociones, ideas y actuaciones contrapuestas. Es una forma de evitar los excesos que, generalmente, sobredimensionan un comportamiento haciéndolo favorable o negativo hacia algo. En la historia de los hombres y las sociedades el exceso en la aplicación de un valor o una característica temperamental ha conducido, a veces, a desastres sociales; en otras, a ganancias pírricas y; en la mayor de las ocasiones, a la destrucción o aniquilación del enemigo. Siempre ha perdido el hombre y la sociedad de su tiempo.
Si para lanzar un juicio se requiere tener conocimiento suficiente, tanto de los hechos como del contexto donde operan los mismos; en el caso del mundo social se requiere, además de lo anterior, una armonía y equilibrio personal que pondere, sopese y evalúe adecuadamente la información obtenida y una capacidad para establecer, más allá de los prejuicios y pasiones personales, la veracidad de los hechos y con base en ello emitir el juicio objetivo. Este es un primer paso para ser justo en la apreciación, y de ahí a la decisión median, sí, valores personales, que si son maduros y altruistas, conducen a actuaciones que resuelven armónicamente el problema en cuestión. He aquí un liderazgo superior.
El liderazgo de nuestro tiempo es liderazgo de excesos, carente, generalmente, de sabiduría. Cuando el ser humano empieza a ser dueño de su yo y no el reflejo de todos los estímulos y pasiones, y “yoes” de los demás, es capaz de dirigir y liderar desde las premisas de una visión universal y en un contexto de carácter atemperado, lo cual conduce a una orientación adecuada de sus seguidores.
En el desarrollo de la humanidad existieron valores o virtudes como impronta de cada época. En la Grecia antigua se desarrolló el valor y la fuerza personal como modelo para la actuación en el mundo en tanto que en la antigua India primó la devoción y la contemplación como virtudes para acceder al conocimiento interno. En Occidente estas virtudes se orientaron hacia el mundo externo, mientras en Oriente lo fueron hacia el mundo interior.
Según la concepción Hindú la evolución ha pasado por cuatro edades o épocas con diferente duración y con diferentes características o virtudes dominantes en la humanidad. Singh (1990, 127-129), un místico del presente, las ha descrito así:
“En la Edad de Oro, o sea la época más antigua de la humanidad, el ser humano vivía en el contentamiento con lo que recibía de Dios y estaba concentrado en la verdadera religiosidad haciendo la devoción a Dios y uniéndose a él ”.
Nanak (otro místico de la India) al respecto agrega, que en el período de Sam Veda:
«Todos los hombres trataban con la verdad, predicaban la verdad y eran veraces. En la Edad de Plata, la castidad dominaba la vida de las personas, eran célibes, fuertes, y grandes guerreros y llevaban vidas muy puras. En la Edad de Cobre la gente se orientó a la realización de sacrificios, austeridades y rituales y, en la Edad de Hierro, la actual, la gente está dominada por la ira y su comportamiento es falso y mendaz”
En este mundo occidental en el cual vivimos ¿Cómo situar, pues, un comportamiento ético y cómo dilucidar el proceso de desarrollo de una ética que conduzca al respeto a la vida y al hombre? ¿Prima el amor en nuestra cultura? ¿El valor, la prudencia, la tolerancia, la fortaleza interior, la caridad, están presentes, como valores o virtudes relacionadoras entre hombres, entre estos y la sociedad, entre hombres y el ecosistema? Podríamos decir que algunos de dichos valores están presentes en la naturaleza de cada ser humano pero no se manifiestan en la mayoría. Es posible que en la gama completa de la población se encuentren diseminadas todas estas virtudes pero ninguna de ellas cobija a todos por igual, y hay pocos, muy pocos, que posean a plenitud unas cuantas de ellas. ¿Por qué esto? En primer lugar, porque una virtud es algo que está inscrito en el alma desde el nacimiento y le pertenece a ese individuo en particular como fundamento de su desarrollo. En segundo lugar, porque las virtudes y valores se desarrollan a partir de una buena educación que las fomenta, orienta y enriquece, por lo menos en los primeros veinte años de la vida de los individuos. De allí en adelante ellos sabrán cultivarlas por sí mismos.
¿Puede una buena educación modificar la naturaleza particular de un ser humano? Sí, ello es posible, en tanto la educación cale en lo profundo de su psique y lo transforme como sujeto consciente y responsable de sus actos.
Referencias
- Fromm, Erich (1977): The anatomy of human destructiveness, Penguin Books, Nueva York, pp. 679.
- Singh, Ajaib (1990): Arroyos en el desierto. Sant Bani Ashram, Bogotá, pp. 461.
- Singh, Ajaib (1994): In the palace of love, Sant Bani, New Hansphire, pp. 219.


