En la formación del hombre y del líder es preciso tener en cuenta la orientación que se le dé ante el mundo del conocimiento ya que este se constituye en un tipo de saber que define relaciones superficiales o profundas del hombre consigo mismo o con su entorno. En este sentido cabe señalar que hay tres orientaciones fundamentales que toda formación puede dar. Se precisa saber si la formación da énfasis a la información, o al conocimiento, o a la sabiduría.
El saber como información
El saber como información se refiere al conjunto de datos que conforman nuestro acervo intelectual y a los cuales podemos recurrir en forma rápida y expedita, bien por que estén registrados en nuestra memoria o porque se hallen compilados en un archivo o paquete computacional a nuestro alcance. Lo característico de este saber es que está registrado sistemáticamente o se encuentra diseminado como proceso en la memoria colectiva. Es cierto que hoy día, ante la emergencia de la aldea global y el contexto de las comunicaciones al alcance del ciudadano común, el acceso a fuentes de información es más fácil y más urgente; es probable que, hacia el futuro, sea imposible evadir el enfrentamiento con el alud de información, pues, ella está presente en casi todos los actos de la vida y en las múltiples interacciones que realiza el individuo a diario. Este será, el siglo de la información dada la prospectiva de la tecnología de la informática y de los medios de comunicación. La realidad evidente es que cada día es posible compilar mayor información en campos cada vez más reducidos.
La información, se dijo en el siglo pasado, es una de las fuentes de poder, superior inclusive al capital, y es cierto que quien la posea o tenga fácil acceso a ella, está en posición privilegiada para ejercer influencia, y aunque tiende a utilizarse de una manera abierta y democrática, todavía, individuos particulares, pueden privilegiarse del acceso particular a ella. Tener información es tener poder, dicen quienes ejercen el poder que la información les permite.
La información per se no forma un cuadro completo de conocimiento, pues, requiere la integración de unos principios y fundamentos conductores que den cuerpo a la teoría o planteamiento que se sustenta; la información provee de datos al observador o investigador para que, a través de un proceso de decantación y jerarquización, discrimine lo pertinente de lo innecesario y lo falso de la verdadero, de acuerdo a los criterios de verdad del respectivo campo de saber en que se esté trabajando. Si no trasciende esa etapa, la información puede tener el valor instrumental que los datos aseguren para lograr resultados eficientes.
¿En qué medida la información afecta o define las decisiones? Parece que en el ámbito particular donde la información es un dato importante que al aprovecharlo eficientemente contribuye a lograr resultados inmediatos. La información define tendencias, y en este sentido la estadística contribuye a esclarecer el valor significativo de ella. Las tendencias pueden ser evaluadas en el momento inmediato y pueden indicar proyecciones futuras, sin embargo, escapan al control de los seres humanos, pues, están afectadas continuamente, instante a instante, por el contexto social, político y económico. De todos modos, decisiones basadas en información resultan poco confiables, son cortoplacistas y ponen en peligro la certeza a largo plazo y el efecto de las consecuencias para soluciones más amplias y estables. Las decisiones basadas en información pueden contribuir a la eficiencia pero difícilmente a la eficacia que va más allá de los linderos puramente cuantitativos y pragmáticos y que tiene un horizonte de tiempo más extenso.
Es obvio, por otra parte, que hay informaciones que concurren en forma inmediata, dando un cuadro de posibilidades de su significado al observador y, quizá, en momentos de gran peligro personal o social se erijan como indicadores que requieren respuesta inmediata; eso posiblemente sea válido en términos de conservar la vida o superar el peligro potencial, pero apela igualmente a la posibilidad de utilizar los datos eficientemente para que la respuesta sea contundente de modo que se supere el problema. Aquí estaríamos reaccionando con nuestro “equipo instintivo” lo cual tiene un enorme valor instrumental ya que está orientado específicamente a la supervivencia y es la respuesta más animal y, por ende, la más ligada a la naturaleza de la cual procede nuestra biología.
La realidad del mundo de hoy, dado el auge de las tecnologías al servicio de la información, es que estamos expuestos a una avalancha de datos que aparecen en el umbral de nuestra conciencia, y, si pasan, sólo quedan como fragmentos de hechos aislados e inconexos. La información por sí sola carece de unidad, es el ser humano con un principio nucleador o una base de conocimientos integradores quien puede hacer el mayor y el mejor uso de ella. Incluso uno de los retos actuales para el ser humano es que acceda al dominio de las tecnologías donde se están vaciando las informaciones relevantes. La información permanece como cúmulo de datos estructurados, ociosos e inamovibles hasta que los utiliza alguien con el conocimiento suficiente para interpretarlos y procesarlos Si el ser humano no es capaz de navegar con habilidad en este mar de información simplemente naufragará con las primeras olas.
El ser humano está expuesto, actualmente, en forma permanente a la información que invade todos los canales de acceso a través de los medios. Se requiere, por consiguiente, una capacidad de elegir y discriminar, entre el cúmulo de la información, lo que es verdaderamente relevante para el asunto que ocupa a una persona en particular en un momento dado; se requiere, igualmente, capacidad para analizar en forma rápida cuál es la información verdaderamente importante para tomar una decisión. Por lo anterior, se puede deducir que el individuo debe poseer habilidades que le permitan no naufragar en la marejada de informaciones irrelevantes y, con criterio y con tino, elegir acertadamente las que sí pueden servirle a sus propósitos. Para el buen uso de la información no basta la capacidad de manejar la tecnología ni el fácil acceso a ella (aunque este sea un comportamiento que se está universalizando), tampoco es suficiente una educación escasa, pues ella limitará el alcance del uso de la información. Se requiere, por lo contrario, o quizá, como complemento, una buena base de conocimiento que permita precisamente la discriminación y la elección de la información valiosa. En nuestra época la información consiste en datos organizados y estructurados que permanecen quietos e inamovibles, compilados, hasta que los utiliza alguien con suficiente conocimiento para interpretarlos y procesarlos. Lo que sí podemos considerar como seguro es que no son los que poseen la información quienes toman las decisiones inteligentes sino aquellos que, con conocimiento, pueden distinguir la validez de ella en un contexto más amplio.
El saber como conocimiento
El saber como conocimiento va más allá de la pura información, la supera en la medida en que existe alguna conexión entre los datos observados dentro de un marco conceptual previamente establecido. Con este tipo de saber se inicia propiamente el discurso interior del sujeto que conoce, quien elabora dentro de sí, y más allá del alcance puramente sensorial, las relaciones e interacciones posibles en los hechos observados. El saber como conocimiento se halla, pues, sostenido, en los fundamentos y principios de una disciplina dada o, al menos, de un cuerpo teórico determinado; no accede sólo a la parte externa y objetiva del fenómeno, por lo contrario, lo interroga desde su misma interioridad y penetra en informaciones más sutiles que pertenecen igualmente a lo observado.
El conocimiento implica manejar las bases conceptuales en que se fundamenta un saber, conocer sus fundamentos epistémicos y manejar las herramientas metodológicas y operativas que faciliten no sólo el aumento en la cantidad de ese saber sino el incremento de la calidad del mismo. Se puede tener un conocimiento de lo que es la horticultura, por ejemplo, pero este puede haberse obtenido empíricamente y no esta validado institucionalmente; se puede acceder a un programa de aprendizaje en horticultura y el usuario sólo obtendrá un conocimiento parcial, pues, el programa no es el conocimiento, sólo le sirve para reducir los costos de la reproducción del conocimiento.
Para algunos, este saber sería entendido como un saber-saber, que connotaría la apropiación de las herramientas, metodologías e instrumentos propios y adecuados para abordar dicho conocimiento. Para quien sólo está informado le basta dar una relación de los datos o hechos observados permaneciendo indiferente ante la connotación de los mismos, puesto que no puede establecer relaciones de conexidad, causalidad o continuidad entre ellos. A quien conoce, le es obligatorio realizar lo anterior y, más aún, debe brindar la confianza de que sus aseveraciones o negaciones corresponden a una evidencia posible, contrastado el cuerpo de doctrina a que pertenecen los hechos y los cuales son dominio del sujeto.
El conocimiento conlleva el manejo de las múltiples relaciones que este tiene con otros campos del saber y comporta un carácter interdisciplinar, o sea, es capaz de observar y distinguir las interrelaciones que ese saber tiene con otras disciplinas y saberes, de lo contrario será un conocimiento o saber recortado que fácilmente puede caer en el dominio de las herramientas y tecnologías propias de su campo sin encontrar vasos comunicantes con los demás saberes.
Por lo general, el conocimiento del cual hablamos es validado por una institución, generalmente científica, que lo reconoce y apoya, es decir es un saber legitimado por medio de mecanismos institucionales, v.gr. la comunidad científica, el gremio profesional, la memoria colectiva, etc. El conocimiento se refiere, por lo general, a algo confiable, sólido y certificado por algún mecanismo institucional, aunque existen conocimientos que tienen un referente descontextualizado pero que van más allá de la pura información.
En el presente siglo el capital humano y la economía del conocimiento son dos pilares sobre los cuales se sustenta el desarrollo de las empresas en su proceso de abandonar el viejo modelo de economía industrial. Según Aguilar (2000) el conocimiento se caracteriza porque es difundible y se autoreproduce; es sustituible, transportable y se puede compartir. Este cambio de modelo conlleva La automatización del trabajo, crecimiento de la industria de servicios, reducción del tamaño de las empresas cambio en la fuerza de trabajo con enfoque de género.
Tradicionalmente, la producción de conocimiento ha sido confiada al investigador y se considera que es una de las fuentes más validadas y reconocidas, pero también es cierto que hoy día, en el marco de la aldea global y de la sociedad del conocimiento están apareciendo otras fuentes de producción del mismo a partir de los innovadores, apoyados en el conocimiento de los usuarios, y de gente no especializada particularmente en el campo de la salud o el medio ambiente (Davis y Foray, 2002, 474).
El conocimiento incluye la información y se alimenta de ella pero es capaz de generar procesos que involucran la información nueva con conocimientos previos, es decir integra a la persona nuevos aprendizajes. De ahí que para que la información sea utilizada adecuadamente el individuo debe contar en su haber con conceptos, principios, o fundamentos que faciliten dicha integración.
El saber como sabiduría
Es importante distinguir, en principio, la diferencia entre saber y sabiduría. Para nuestro caso el saber se asimila al conocimiento empírico, validado o no, por una comunidad científica o un gremio profesional; es un conocimiento adquirido a través de la práctica y del ejercicio permanente en un campo del conocimiento. Se sabe pero no necesariamente se es sabio.
En nuestra inquietud por aclarar el papel del líder y los fundamentos de su formación precisaremos que si el líder acoge, como recurso para la acción, sólo un saber adquirido por experiencia y por práctica o ejercicio permanente, puede quizá ser eficaz en el límite estrecho de los resultados inmediatos pero le falta a su acción una visión más amplia, que cobije las consecuencias, los resultados y las posibles alternativas para orientar su actuación en el sentido de un mayor desarrollo de una comunidad más vasta que la que le impele a actuar. La sabiduría es en nuestra época una de las virtudes menos desarrolladas y es, quizá, poco valorada. Ante la demanda por resultados inmediatos en la solución a los diferentes conflictos en que está envuelta la comunidad internacional las acciones sabias se consideran, a veces, que detienen los procesos y los dilatan y, aún más, que no responden a los anhelos íntimos de una comunidad o agrupación. La sabiduría, por otra parte, es un artículo de escasa oferta y limitada demanda. Sin embargo, hay algo real en la necesidad de armonizar los hombres y las instituciones a lo largo de la historia y es el hecho de que la humanidad como un todo debe tender hacia la madurez y a la capacidad de convivir y armonizar sus múltiples razones de conflicto. No estamos en la polis griega donde una comunidad pequeña de sabios gobernaba o intentaba legislar para la población, procurando integrar al ciudadano a los estatutos que favorecieran la resolución armónica de sus conflictos y querellas. A nuestros gobernantes, es cierto, les falta sabiduría para no actuar con fines puramente ideológicos y personales cuando de resolver los problemas de una población se trata.
Este saber trasciende los límites propios de los fundamentos teóricos y principios axiomáticos o refutables de una teoría o disciplina particular para remontarse a elementos universales que son propios del devenir del ser humano, de la materia y del espíritu.
La sabiduría puede tener una base informativa y, más aún, conceptual, pero esencialmente, se refiere al dominio consciente de unos cuantos principios universales, unos fundamentos generales que regulan la convivencia entre seres humanos y que lo ponen en armonía consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. Para caminar hacia ella se requiere tiempo y profundidad; tiempo en la medida en que el proceso de asimilación de los valores significativos de la vida exige madurez del pensamiento, del sentimiento y de la voluntad, y ello no ocurre en un par de días, a veces es necesaria toda la vida; sin embargo, una verdadera educación puede crear las condiciones para que esos tres elementos mencionados avancen hacia grados mayores de madurez cada día y eviten al individuo el bloqueo y las desviaciones que desde la cultura y la sociedad impiden alcanzar niveles superiores de conciencia y responsabilidad. He aquí la importancia de una excelente educación centrada, principal y verdaderamente, en el ser humano. Por otra parte, la verdadera educación siempre debe resaltar e impregnar sus contenidos y su pedagogía con los valores fundamentales de la vida y esto se debe hacer cada vez en grados mayores de profundidad, captando las múltiples interrelaciones y conexiones que ellos tienen con todos los saberes y acontecimientos del ser humano.
El saber como sabiduría está ligado a la intuición en la medida que significa un penetrar la interioridad de los hechos o situaciones y, sin prejuicios, estereotipos o supersticiones, facilitar que la realidad nos hable desde adentro. Es saber reconocer el momento óptimo para una decisión, para el lanzamiento de un proyecto, para su aplazamiento o postergación, para la promoción de un colaborador en la empresa, es saber esperar con paciencia a que los hechos demuestren la madurez de las circunstancias para tomar la decisión correcta. La sabiduría como los hechos fundamentales, es siempre bien sencilla y simple, casi de sentido común, y por lo general, se refiere a principios que las culturas en su saber prístino conservaban, pero que los han perdido en la medida en que ha avanzado el proceso racionalizante en la civilización. En la Grecia antigua el ideal de hombre a formar fue el del gobernante sabio o filosofo. También en la china antigua se hizo mucho énfasis en la formación del buen gobernante. Uno de sus proverbios dice: “Para poder dirigir bien un negocio hay que haber dirigido bien antes una familia. Para dirigir bien una familia hay que haber dirigido bien antes el corazón. Para dirigir bien el corazón hay que haber sabido dirigir bien el pensamiento. Para dirigir bien el pensamiento ha habido que conocer antes la esencia de las cosas”.
Por otra parte a la sabiduría se la considera como un atributo posible a la ancianidad, un resultado de la decantación de las experiencias personales, vistas a la luz del desapasionamiento y el desapego propios de algunas personas de edad; aunque estas condiciones hacen posible la manifestación sabia en el anciano, no se puede asegurar que sea la edad el factor inductor, más bien, es un hecho recurrente, pues, la sabiduría requiere como acción paradigmática una constante autoeducación y ascesis permanente a niveles de transformación personal.
Referencias
- Carlos Ivan Aguilera (2000): “El admirable mundo de las empresas y las personas”. En De lo humano organizacional, facultad de ciencias de la administración. Universidad del Valle, pp 94-109
- Davis Paul y Foray, Dominique (2002): Fundamentos económicos de la sociedad del conocimiento, Rev. Comercio exterior, Junio, vol. 52


