Sociedad

Determinismo religioso

Además de las dimensiones anteriores, el hombre posee, y es muy importante para su desarrollo, una dimensión religiosa; él considera necesaria una unión con algo superior que lo trascienda y que sea extensible a toda la humanidad. El mundo de lo religioso es innato en el ser humano y corresponde a un desarrollo de su interioridad, mientras que las demás dimensiones, podríamos decir, son externas al hombre. Desde lo biológico, pasando por lo genético, hasta lo psicológico, social y cultural, son dimensiones que exteriorizan al hombre y que, de un modo u otro, han sido y siguen siendo abordadas por la ciencia. La dimensión religiosa, que ha sido excluida de la ciencia ante las dificultades de investigarla con los parámetros propios de su método, parece competir exclusivamente con el individuo, aunque orientada, en la teoría y en la práctica, por las figuras más prominentes de su desarrollo histórico y evolución.

La palabra religión viene de las raíces re y ligare, que significan volver a unir lo que antes estaba unido, es decir, aquello que se encuentra separado. Corresponde, pues, a una intención de trascender lo puramente material de la vida y las circunstancias en que ella se desenvuelve, e integrarse en un mundo que se puede llamar espiritual. Este no solo se refiere a la vida cotidiana sino también a la trascendencia después de la muerte (Kirpal, 1995, pp. 1–5).

Mirando un poco el mundo griego, se tiene que Sócrates, el filósofo griego, fue quien abrió el conocimiento a lo humano. Sócrates plantea que el objetivo de la vida es la perfección del alma y el conocimiento de sí mismo. Según Cornford (1964), el logro de Sócrates fue el descubrimiento del alma y afirmar que esta es la verdadera persona y no el cuerpo. Por alma, él entendía esa capacidad de visión interna que permite distinguir el bien del mal. Platón, discípulo de Sócrates, afirma estos postulados y pone como condición cimera para la perfección humana el amor a la sabiduría, la cual asigna a los reyes, considerando que, para gobernar, es condición ser amante de la sabiduría o haberla recibido por mandato divino. Así, afirmaba él, la especie humana podría librarse de muchos males.

Antes de Platón y Sócrates, la filosofía pitagórica planteaba la doctrina de la transmigración. En Pitágoras, la doctrina de la transmigración contempla que hay una unidad en todo lo que vive, que hombres, dioses y animales forman una comunidad animada por un principio de vida que puede pasar de una forma a otra y que, según el logro que se obtenga en alcanzar la armonía en sí misma y con el mundo, podrá ascender o descender en la escala de la existencia (Ibid., p. 60). Se observa, pues, que ese mundo interior, planteado por los griegos de una forma muy moderna, ha sido elucidado y confirmado por la psicología, especialmente el psicoanálisis, a través del estudio y el análisis de los sueños. Este plantea que hay algo en el ser humano que se explicita a través del sueño y que, según la psicología moderna (véase Jones, 1984; Jung, 1970), podría traducirse como informaciones que vienen de un mundo inconsciente, velado a la vida de vigilia del ser humano y solo relativamente transparentes a través de la actividad onírica. Pero ellos se refieren a experiencias infantiles, positivas o traumáticas, en el caso de Freud, o a arquetipos que, según Jung, quedan en el inconsciente colectivo.

Hemos de aceptar entonces que el ser humano se debate entre su mundo exterior, que le reclama adaptación, manejo y transformación para sostener la vida principalmente, y un mundo interior en el cual se reconoce como criatura con ascesis a niveles superiores de desarrollo y de conciencia. Las grandes religiones y/o concepciones sobre el hombre le reconocen al ser humano un origen divino y, en concordancia con los avances de la ciencia, le conceden a la naturaleza el papel primordial de envolver esa naturaleza divina con ropajes de materia y afirmar así procesos evolutivos reconocidos y aceptados por la ciencia actual. La ciencia no ha correspondido en igual forma.

Una mirada oriental sobre el ser humano

Aunque se ha anticipado algo en las páginas anteriores, es conveniente para nuestro propósito explicar un poco la visión oriental sobre el ser humano. A diferencia de Occidente, Oriente fundamenta su visión del ser humano en revelaciones y escrituras tan antiguas como los Upanishads y los Vedas en la India, El libro de los cambios y La doctrina de Mencio en China. Para nuestro propósito, haremos una breve revisión sobre la concepción religiosa de la India.

La India plantea que el principio supremo, creador del universo, es el Atman o espíritu puro, quien, ejerciendo su voluntad, da origen al universo. Para el desenvolvimiento de este, crea las almas que son imagen y semejanza suya, las cuales desarrollan e incorporan en su proceso evolutivo el cuerpo causal, el cuerpo astral y, finalmente, el cuerpo humano. La cumbre de este proceso es la adquisición del cuerpo humano, en el cual pueden cumplir sus deseos y realizar a Dios. El cuerpo humano es, pues, una de las envolturas que tiene el alma, uno de cuyos fines es permitir que la ley de acción y reacción se cumpla satisfaciendo deseos contraídos y cumpliendo con deberes y deudas asumidas en el pasado. Esta es la ley del karma. Además de cumplir con la ley anterior, el fin primordial del cuerpo humano es hacer la devoción a Dios para facilitar el retorno a Él. Se considera, pues, que es en el cuerpo humano y no en otro donde ese encuentro con lo divino se puede realizar.

En el pensamiento hindú, el proceso descendente del alma se realiza adquiriendo la razón, el ego y la mente y, finalmente, el cuerpo humano. Para el Occidente científico, el proceso es a la inversa; partiendo de una naturaleza biológica, se asciende a lo psicológico, lo puramente mental y, finalmente, lo espiritual. En el hinduismo, se considera, pues, que el alma adviene hombre y el hombre adviene espíritu, siendo este un ciclo que culmina con la absorción plena en el Espíritu Supremo y que se realiza de forma individual en cada ser humano.

El motor de la evolución descendente es el deseo, pues prohija la acción como potencia para realizarlo. El deseo teje el karma y configura los patrones de vida y actuaciones futuras, comprometiendo al ser a realizarlas de modo que se satisfagan. El ser humano, en términos metafísicos, es un fruto del karma y, podríamos decir, de un buen karma, pues es allí, en la envoltura humana, que el alma puede recuperar su unión con su origen, lo divino, y donde lo divino se puede manifestar. El karma configura, pues, los patrones de vida y los encuentros que cada ser va a desarrollar en el futuro en términos de tiempo, época y lugar, y también del modo como se realizará y con quién cumplirá. Todas nuestras relaciones están definidas por el karma. El karma, en consecuencia, es el que mueve el mundo. El Buda sintetiza lo anterior de una forma muy bella cuando pregunta: ¿Qué es Dios? y responde que Dios es hombre sin deseos.

Derivado de lo anterior, podríamos entender otro concepto fundamental en la cultura hindú: la reencarnación. Si los deseos y su valor potencial para ser desarrollados conforman la trama de la vida que se ha de vivir en el futuro, es posible suponer que siempre habrá razón para encarnar en nuevas formas y circunstancias que permitan realizarlos. El deseo es una semilla que se siembra en el tiempo y que, en su debido momento, brotará dando su fruto. Es necesario, pues, tener un cuerpo nuevo que permita realizarlo. Nuestra vida presente es el resultado de acciones contraídas en el pasado, y, como la despensa no se agota, pues a cada instante la estamos llenando con nuevos deseos, es necesario entonces tener otros nacimientos para lograrlo, y así sucesivamente, hasta que, por misericordia, Dios nos ponga en camino de romper ese eterno ciclo que, por nosotros mismos, por nuestros propios esfuerzos, no somos capaces de lograr. En esta concepción, los seres humanos somos presas del tiempo y quien nos rescata es la eternidad.

Otro bastión importante de la cultura religiosa de la India es el concepto de mente. La mente es una entidad que se adquiere en el proceso descendente del alma hacia la materia. Marca la separación entre el estado espiritual puro y la entronización en la materia, que se hace más densa a medida que el alma se incorpora al cuerpo humano.

Hay una tendencia en Occidente a asimilar mente y cerebro, sobre todo cuando se establece la dualidad cuerpo-mente. En la filosofía hindú, a la mente se le concede las funciones de asociar y disociar, de análisis y de síntesis. Es una entidad que se apoya en los órganos de los sentidos para captar el mundo exterior y realizar sus funciones. Informa al sujeto sobre las características de los objetos y precisa en la memoria las imágenes que permiten asociaciones y recuerdos posteriores. Actúa a través de las coordenadas de espacio y tiempo y utiliza su función intelectual para la discriminación y el conocimiento. Por su acción, las características de la cultura son asimiladas en cada individuo y le permiten orientar su conducta y responder conforme a los patrones establecidos por ella. De este modo, ella es la que agencia la cultura, que representa a su vez los patrones de condicionamientos propios y la tradición. Se comunica con el mundo exterior a través del cerebro y por medio de los órganos de los sentidos.

Parece que, en una concepción racional de la evolución del hombre, el carácter dado al cerebro y su importancia en dicha evolución se exagera. Casi se llega a considerar el motor de la transformación y el cambio que ha sufrido el cuerpo humano y la actividad psíquica a lo largo de la escala evolutiva. Casi por un principio mecanicista se ve al cerebro dictando sus propias líneas evolutivas y dando forma a eso que es el ser humano. De este modo, podría pensarse que el hombre se ha producido a sí mismo y que el motor de esa producción ha sido y seguirá siendo el cerebro.

No se le quiere restar importancia al cerebro ni a las funciones superiores que en él se desarrollan, pero quizás por una exageración biologicista se le han concedido todas esas atribuciones y no se reconoce la presencia de elementos superiores en el individuo como el yo y la mente, o cuando más, se supone que toda la actividad psíquica es el resultado de procesos bioquímicos presentes en el sistema nervioso o en el endocrino y manifiestos a través de hormonas y neurotransmisores que producen estados de depresión, actividad y, en general, estados emocionales diversos en los individuos.

Para la ciencia médica es difícil ver en la biología expresiones psíquicas del mismo modo que para la psicología es difícil ver en el individuo la expresión de su ser superior, el alma. Esta última ha sido desalojada por no tener substrato físico o anímico que la sustente. La antigua psique de los filósofos se transformó en la mente, en el yo o el ego de los psicólogos, y la psicología se convirtió en la ciencia del estudio del alma sin alma. De este modo, lo espiritual ha sido reducido en el hombre a las huellas de la cultura manifiesta a través de los diversos sistemas educativos que cada sociedad adopta para sus ciudadanos.

Aunque la neurociencia moderna califique el comportamiento del individuo con base en la mayor presencia o ausencia de neurotransmisores, todavía no se puede asegurar que no existan otros agentes que intervienen en él. La física cuántica está dando señales de ello. Cerebro y mente no son lo mismo porque el primero es el receptáculo biológico de la segunda. Utilizando el sistema neuronal y a través de los órganos de los sentidos, la mente se manifiesta y hace uso de los procesos fisiológicos que en el cerebro son posibles. De allí que la función intelectual tenga su substrato nervioso.

En la moderna neurociencia se dice que la oxitocina es la hormona del amor, que ella se secreta cuando hay afecto y se inhibe cuando hay carencia de él. También se dice que solo se produce en pequeñas cantidades. De igual modo, la dopamina y la serotonina como neurotransmisores están presentes en la satisfacción inmediata de los impulsos o en su continencia en función de logros posteriores. Parecería, entonces, que el comportamiento de una persona se da en función del neurotransmisor dominante o la hormona secretada. Esta es la base de la moderna química cerebral (Solano, 2015, pp. 65–84).

Al ser humano lo podemos apreciar desde diferentes ópticas, por supuesto, pero una visión reduccionista lo aleja cada vez más de una captación total. Mirarlo desde la óptica neurológica en exclusiva es reducir su comportamiento a procesos fisiológicos autodefinidos, sin tener en cuenta otros agentes que intervienen. Es casi una caja negra donde la información química determina los resultados.

Es bien sabido, por otra parte, que toda emoción despierta en el cerebro respuestas eléctricas posibles de medir, al igual que en la piel. Basados en esta reacción, se conjetura que es posible medir el grado de satisfacción e insatisfacción que ciertas experiencias causan en el individuo, lo que lleva incluso a prefigurar perfiles de respuestas relacionadas con las características de los individuos. Se pretende así tener suficientes perfiles estándar que faciliten la acción del mercadeo y el control individual y de masas.

Con respecto a la mente, la visión oriental plantea más específicamente las siguientes consideraciones (véase Krishnamurti, 1995).

  1. Nuestra mente es un reservorio de las experiencias, recuerdos y memoria adquiridos en el pasado.
  2. El papel de ella es fantasear, imaginar, evocar, etc., a partir del cúmulo de cosas allí guardadas.
  3. Siempre nos mantiene ocupados y parecería que la mayor parte de nuestra actividad cerebral está dedicada a ello.
  4. El presente, en consecuencia, lo vivimos como una reproducción del pasado y una actualización de todo lo que en la mente está en germen.
  5. Así, la mente no sirve para proyectar futuro, pues solo trata de imitar los esquemas del pasado y nos impide aprovechar la realidad única del presente.
  6. Una función clara de la mente es el análisis, la separación, la disgregación.
  7. A través de ella no es posible la síntesis, que es función superior.
  8. La mente se apodera del ego y de otras pasiones para expresar la individualidad en el mundo.
  9. El conocimiento verdadero, que no es experiencia, ni recuerdo, ni memoria, y que es equivalente a la percepción inmediata, no es posible adquirirlo a través de la mente.
  10. Para lograr esa percepción inmediata, es necesaria una mente quieta y silenciosa y un total desapego de los contenidos de esta, aunque sean momentáneos.
  11. Hoy día, que los ordenadores están supliendo con creces las funciones básicas de nuestro cerebro, es necesario impulsar en el ser humano una búsqueda de la verdad que trascienda a la mente y que persiga la unidad y no la dualidad.

De nuevo el dilema

Planteadas las dos influencias, naturaleza y sociedad, aparece el hombre, determinado por la herencia genética recibida de sus padres o por la sociedad en la cual nació y se desarrolla; es decir, ¿es producto de la herencia o es producto del ambiente? O, como se ha logrado entender actualmente, ¿es producto de la interacción de herencia y ambiente?, lo cual es más comprensible en tanto que reconoce que el ser humano nace con condiciones físicas, constitutivas y estructurales determinadas por el genotipo, y a esto se le agrega la interacción de estas con las variables sociales, económicas y culturales de la comunidad o sociedad en la cual nació.

Pero la pregunta de fondo ante los determinismos anteriores es: ¿Quién es ese ser humano que está siendo influido por su naturaleza biológica y por sus condiciones sociales? O, dicho de otra forma, ¿quién es ese que al ser fecundado recibe una dotación genética específica, procedente de sus padres, y además nace en una sociedad determinada? ¿Cuál es ese tercer vector, según la teoría personalista (véase Maslow, 1998), que está mediando entre lo biológico y lo social y que constituye el marco propio de la construcción de lo humano?

Se habla entonces del self, del yo, del sí mismo, y se asegura su aparición bien en el momento de la fecundación o posteriormente y se le adjudica la función constructora de la personalidad.

Más allá de las corrientes personalistas están las manifestaciones de las diferentes religiones y corrientes esotéricas que aseguran la existencia del alma e incluso afirman su preexistencia a la fecundación y consideran que ella es el vector principal en ese encuentro entre materia y sociedad. Esta alma es de naturaleza divina y se incorpora al soma para realizar en él una experiencia vital. El caso más claro es el de la religión hindú, que expresa que el alma es de la misma esencia que Dios; es eterna, nunca muere y en su proceso migratorio ha adquirido las vestiduras causal y astral antes de incorporarse al cuerpo físico; trae, pues, la información de sus vidas anteriores y, una vez presente en el soma, desarrolla el paquete etérico con el que la nueva criatura ha sido dotada (Singh, 1977, pp. 16-19; Radhakrishnan & Raju, 1964, pp. 281-298).

Para Maturana (1991), en dirección contraria a lo anterior, lo típicamente humano es fruto de la cultura: es en la interacción feto-ambiente donde se enuncia y se desarrolla lo humano, cuyo punto máximo de prefiguración se encuentra en la adquisición del lenguaje.

Sin embargo, objetamos que, a pesar de que la psicología moderna no niega, al igual que la biología, dicha interacción y le concede consecuencias en el desarrollo posterior del embrión, ninguna de ellas se asoma a una realidad transepigénica. Y es que la ontogénesis empieza antes de la fecundación. Según las religiones orientales, especialmente la hindú, plantean que el etérico humano ya está preformado antes de que el físico aparezca e incluso prefigura en gran parte las características del soma en el cual ha de desenvolverse (Singh, 1995).

Por otra parte, y de acuerdo con Maturana, se puede aceptar que no existe determinismo genético, pero, como se entiende, lo genético es el escenario para que otros determinismos se manifiesten; así, el cuerpo es tan solo una envoltura donde el transcurrir de la vida del ser humano se hace posible marcando los hitos de su desarrollo vital. Dice Maturana también que la humanización del feto no está inscrita en su desarrollo; que esta humanización surge por interacción con el medio ambiente como parte de la vida cultural de este. Pero hay que entender, y en esto el autor difiere, que quizá lo humano sea cultural en tanto la cultura es el escenario para que la potencia inscrita en el embrión emerja. Pero cuando, por una razón u otra (falta de amor, aborto, etc.), se impide que esa potencia emerja, lo real y verdadero es que se impide o limita el alcance de lo humano a un alma que se manifiesta en el plano físico precisamente para realizarlo.

Al resumir un poco toda la anterior exposición sobre la naturaleza y devenir del ser humano, se puede pensar que la visión filogenética solo puede hablar de él dentro de la corriente evolutiva y su consecuente contexto natural-orgánico-material, pero no se atreve a discutir la individualidad ni el desarrollo del ser. Solamente la genética, que navega entre la filogenia y la ontogenia, podría encontrar o suponer un trasunto común a todos los seres humanos en la cadena de nucleótidos y aminoácidos presentes en su origen. Pero difícilmente, por el camino del rigorismo científico, capturaría, a través de sus métodos y experimentos, lo esencial del ser humano: su espíritu.

Por otra parte, la visión reducida de la ontogénesis por parte de las ciencias sociales y humanas circunscribe el desarrollo del ser a su naturaleza propiamente biológica o, fundamentándose en ella, lo entiende como derivado de procesos mutacionales al azar, o como un subproducto de las adaptaciones al medio, derivando de lo último que el ethos cultural específico de cada agrupación humana ha contribuido a conformar los grandes sistemas de pensamiento, sentimiento o actuación motivados.

Por otro lado, al hablar del origen del psiquismo en el ser humano, se remite a la interiorización arcaica de imágenes parentales y de autoridad, hechas en forma individual o colectiva, dando a lo último una base supuestamente firme para asegurar que la cultura sea el contexto determinante en la construcción del pensar, el sentir y el actuar humanos. Les queda así, pues, el camino expedito para afirmar que la ontogénesis solo es captable y desarrollable dentro de la relación biológica (física, material), cultural (sociedad, agrupación, etnia) y que, en consecuencia, lo psicológico es una resultante de lo social y colectivo. Queda así también definido, por parte de las ciencias sociales, que el Onto es producto del Socios y que es necesario transformar la sociedad para transformar al hombre.

Si se hace referencia, como se ha hecho en páginas previas, a una visión espiritual del ser humano, se puede ver, en contradicción con lo anterior, que el fundamento de las grandes religiones plantea con mayor o menor matiz que:

  • El Ser (Onto) existe antes que el cuerpo (Soma).
  • El Ser precede al cuerpo y lo sucede después de que desaparece este.
  • El Ser se manifiesta completamente espiritual en su origen y pasa por diferentes grados de materialización hasta adquirir el cuerpo donde lo material es mayor y lo espiritual es menor.
  • El cuerpo deviene de un mundo material y está sujeto a la evolución en el contexto de las leyes de la naturaleza
  • Para el caso del desarrollo del universo vale el mismo proceso de evolución de lo espiritual hacia lo físico-material.
  • En el caso específico de lo humano, lo espiritual, como potencia, puede desarrollarse de modo tal que alcance su logro máximo: la unión con Dios, su origen.

Referencias

  • Cornford, F. M. (1964). Sócrates y el pensamiento griego. Madrid: Ed. Norte-Sur.
  • pp. 101.
  • Jones, E (1984): Freud, Barcelona: Salvat editores, Tomo1. (p. 269).
  • Jung, K. G. (1998). Arquetipos e inconsciente colectivo. Barcelona: Paidos Ibérica S.A. pp. 184.
  • Krisnamurti, J. (1995): Conflicto entre el hecho y la imagen. Ed. Furugugu, Medellin, Colombia. pp. 261
  • Maslow, A. (1998). Toward a psychology of being: John Wiley & sons, (p. 322)
  • Maturana, H. (1991). ¿Cuándo se es humano? , en: El sentido de lo humano. Santiago: Hachete (p.318).
  • Rhadakrishnan, S & Raju, P.T. (1964). El concepto del hombre. México: Fondo de Cultura Económica. (p. 482).
  • Singh, K. (1995): El misterio de la muerte. Bogotá: Asociación El Bosque de Kirpal. (p. 111).
  • Singh, K. (1977). La corona de la vida. Tilton, New York: Segunda Edición. Sant Bani Press. (p. 266).
  • Solano, Francisco (2015): “La química que nos enamora, nos entristece, nos motiva”, en La aventura del cerebro. Farre, Jose Ma., Gomez R., Carrulla, L.S. Siglantana, España. pp 302.

Créditos

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Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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