El autoconocimiento es importante en tanto sugiere un principio valioso para el eficaz y efectivo ejercicio del liderazgo y consiste en que sin un buen conocimiento de sí mismo no es posible dirigir a los demás. La formación en liderazgo requiere, pues, que de diversas maneras y modos pedagógicos el líder tenga acceso a sí mismo, se comprenda, resuelva congruentemente sus conflictos y, en consecuencia, armonice su pensar con su sentir y su actuar de modo tal que en sus acciones se exprese íntegramente como ser en desarrollo, con preocupación por alcanzar lo mejor de sí mismo y posibilitar lo mismo en los demás. El saber que le corresponde es el saber de sí mismo.
Para fortalecer el desarrollo del hombre y del líder es necesario, en consecuencia, el autoconocimiento. El líder que no se enfrenta a sí mismo en el proceso de construcción y de reconstrucción de su personalidad y carácter, puede estar sometido a engaño respecto a su capacidad real en el ejercicio de su liderazgo. Puede incluso, al tenor de falsos supuestos sobre sí mismo, construir o intentar construir castillos de arena o imaginarias fortalezas que se derrumban fácilmente arrastrándolo a él mismo y a sus seguidores. Las falsas percepciones de los hechos y las cosas, las equívocas interpretaciones y la ignorancia de sí mismo pueden llevar a desastres económicos, sociales, y políticos. De esto tenemos suficientes ejemplos hoy día.
Autoconocimiento y vida ética pueden y deben ir de la mano si hay compromiso en el cambio y en la transformación personal. La formación del ser humano requiere fortalecer a través de diferentes experiencias educativas la capacidad para “mirarse a sí mismo”, interiorizar en el propio ser, develar virtudes y defectos presentes en el comportamiento y en el sentimiento, conocer los modos propios de pensar, sentir y actuar con respecto a sí mismo, los otros y el mundo que nos rodea. El autoconocimiento debe ser una agenda personal abierta al cambio a través de toda la vida, necesaria para fortalecer la capacidad de autogestión y autonomía del líder. En nuestro modo de ver, la educación formal puede contribuir al autoconocimiento a través de la figura del profesor tutor o director de grupo: aquel que es capaz de hablarle al estudiante no sólo del campo académico en que el se desenvuelve sino también del contexto de las facetas propias de la personalidad en resonancia con los múltiples escenarios en que actúa el estudiante, v. gr. sus compañeros, la institución, el hogar, la sociedad, etc.
El autoconocimiento es un paso necesario en la generación y desarrollo de consciencia, la que se traduce en respeto y responsabilidad por la totalidad de las actuaciones del líder. Es necesario, entonces, desarrollar capacidad para escuchar la voz interna que orienta las acciones y atenderla, por supuesto, no distorsionarla ni interpretar equívocamente sus mensajes, y consecuentemente, hacer lo correcto. El autoconocimiento enriquece la vida moral de las personas y en el caso del líder conduce a tamizar sus actuaciones con los valores y virtudes más significativos del ser humano. De allí que al líder se le exija una permanente transformación personal y autoeducación que lo conduzca a una conciencia de la multiplicidad de redes interrelacionadas existentes, no sólo a nivel interpersonal y social sino también en la naturaleza y en el cosmos. Todo lo anterior es un logro a través de un largo, prolongado, sostenido y duro esfuerzo que requiere la plena atención del líder y que lo hace ser no sólo consecuente con su época sino capaz de trascenderla y quedar en la memoria de generaciones posteriores como ideal digno de imitación.
Es difícil enfrentar los propios fantasmas, los diferentes egos que se hallan soterrados en nuestro comportamiento. Si bien esta es una exigencia para el hombre moderno, lo ha sido y lo es, más aún, para el líder contemporáneo. Significa en el fondo penetrar en la naturaleza de nuestro verdadero yo y abrir la caja de Pandora para domeñar aquello que no sea congruente con nuestros más caros ideales.
El yo como elemento unificador e integrador del desarrollo personal
Al referirnos al desarrollo humano contemplamos no sólo su aspecto físico o biológico sino su componente psíquico y trascendente. Si bien es cierto que a primera vista lo biológico parece tener su cauce natural y que el soporte alimenticio y nutricional le bastara, también sabemos que la biología se ve afectada en su desarrollo no sólo por las alteraciones que devienen de la herencia genética sino también por los factores fortuitos o permanentes en el medio ambiente social y cultural en que se desenvuelve el ser humano. De otra parte, la vida psíquica es algo que se va construyendo desde la niñez a partir de las experiencias tempranas y del modo de asimilarlas, y continúa a lo largo de la vida. Sin embargo en los primeros años de la vida, biología y psicología van de la mano y las estructuras psíquicas de la percepción y la motricidad corren casi paralelas con el soporte del desarrollo del sistema nervioso; del mismo modo las experiencias derivadas del contacto con los padres y adultos generan mayor o menor salud biológica y mental en el niño. Conocemos suficientemente el efecto de la deprivación afectiva en la madurez física y mental en los primeros años de la vida del niño. Sin embargo el niño navega en la inconsciencia desde que nace y objetivo de su vida es el logro pleno de una conciencia que le sirva de referente en la relación consigo mismo, con los otros y con el universo.
Desde el plano biológico no existe una entidad que cuestione e interrogue la razón de la existencia o devenir, sólo en la psique humana empieza, desde temprano, a generarse preguntas acerca de la existencia, sus fines y propósitos. El animal no es capaz de hacer este ejercicio. El ser humano sí, y aunque esto aparece en el escenario del pensamiento y/o en la emergencia de sentimientos y emociones, su origen real está más allá de lo puramente neuronal del pensar y de lo físico-químico del sentir.
Hay una entidad que es el referente para el cuestionamiento interno permanente que construye al individuo, y a esa entidad la podríamos llamar Yo, Alma, Self o Espíritu, aunque cada denominación tiene su particular connotación. Aceptemos, pues, en orden a una mayor claridad, al Yo como ese elemento que en el ser humano gesta y orienta todo el proceso de desarrollo y de individuación que, poco a poco, lo diferencia no sólo de los animales sino de los otros seres humanos y de lo colectivo, y que conduce en último término a que el ser humano tenga autodominio y posesión de sí mismo. Este se halla estrechamente ligado con la trascendencia que orienta y provee las líneas de desarrollo individual y personal y que a través de un proceso educativo construye la consciencia que hace de cada ser humano alguien responsable, libre y autónomo.
Es cierto que antes de que el proceso de individuación se logre está la educación como facilitadora de procesos adaptativos a las normas necesarias para convivir y participar en la colectividad. Es el mínimo necesario en la niñez, y persiste en la infancia, aunque en la juventud y en la adultez deben estar firmemente instaurados como hábito y representación en el psiquismo humano. Sobre ese mínimo adaptativo se puede construir la individuación que es en últimas un enorme acto creativo.
Pero el Yo ha de crecer fuerte porque de lo contrario los embates del curso vital de cada uno lo harán incapaz de apoyar los procesos de reconstrucción de la personalidad y la vida psíquica cuando estas fuesen afectadas. El Yo nos confiere el carácter de únicos e irrepetibles en relación con los demás seres humanos.
Cuando en el decurso de nuestra formación quedamos enganchados con los aspectos aparentes y externos que vivimos, o con equívocas apreciaciones de nuestro propio ser el Yo, entonces, tiende a ser frágil y a identificarse con todo ello creándonos ilusiones y fantasías. Nace así el ego y respondemos y actuamos en el mundo conforme a la imagen artificial que los demás nos han construido o a la empobrecida y distorsionada que nosotros hemos fabricado. Si bien todo esto es un primer nivel de relación con el mundo y consigo mismo, es por lo tanto el nivel más pobre puesto que está sujeto a cosas relativamente transitorias y frágiles: belleza, propiedades, atributos físicos o intelectuales, condiciones sociales, poder o fama que luego se pierden; ¿Porque, entonces, identificarse con ello?
En realidad construimos ese yo ilusorio para evitar sondear la profundidad de nuestro ser, bien porque le temamos o porque carecemos de habilidad para hacerlo, y cuando se viene abajo lo apuntalamos acudiendo a mecanismos de defensa como la racionalización, la proyección, o en los peores casos, la regresión y la represión que nos conducen a quedar anclados en el pasado infantil sin poder avanzar hacia la madurez propia del adulto. En el proceso de construcción de un yo sólido debemos enfrentar, no sólo el mundo multivariado de las máscaras con que nos revestimos en nuestras relaciones con otros, sino también con aspectos más profundos que revelan odios, temores, infatuaciones, irracionalidades, envidias, desconfianzas, que nos pertenecen y que negamos, aceptamos a medias o soslayamos; el gran problema es que si no somos conscientes de estas emociones y sentimientos ellas pueden escalar inconscientemente un rango mayor y dañar a otros y a nuestras propias vidas.
El yo y el proceso de individuación
Existe una creencia casi generalizada de que tenemos idea clara y precisa de quiénes somos y qué queremos alcanzar en nuestras vidas. Ante la pregunta ¿quién soy? la respuesta inmediata, por lo común, se refiere a los roles y papeles sociales que desempeñamos y que supuestamente nos dan identidad y sentido de pertenencia a una comunidad, sociedad o familia. En este proceso de definición recurrimos a optar por algún extremo de polaridades que reflejan la dualidad en que se debate la construcción de nuestra personalidad; somos, entonces, buenos o malos, inteligentes o torpes, amorosos o rencorosos. Si por acaso no logramos ubicarnos en algún extremo, caemos, entonces, en ambigüedad y en angustia. Si nos ubicamos en la polaridad positiva entonces somos optimistas, de lo contrario nos tornamos melancólicos y deprimidos. En general existe un desconocimiento de sí mismo y el concepto del propio yo tiende a ser equivocado.
En el proceso de valorarnos y hallar nuestra identidad tendemos a desconocer nuestra relación e interdependencia con lo que nos rodea, como si fuéramos autoexistentes y autosuficientes. Es importante pensar, por consiguiente, que hacemos parte de un sistema mayor en el que cada parte se halla íntimamente relacionada con el resto y en el que cada acción de cualquier índole y por pequeña que sea, repercute en el sistema total; así se va expandiendo nuestra consciencia abarcando no sólo mi cuerpo, mi psiquismo, el ámbito social inmediato, el sinnúmero de mis relaciones sino también mis “invisibles” o desconocidas conexiones con la sociedad, el mundo y el universo. Pero nos falta atención y concentración en nosotros mismos y en las cosas importantes de la vida; nuestro estado de consciencia es pobre y vagamos por el mundo en un estado casi de ensueño. Es difícil estar despierto totalmente, pues, los automatismos y los acondicionamientos nos llevan a través de un mundo ilusorio y sólo vemos “realidades” fabricadas por nuestras fantasías y sueños; “realidades” creadas por los medios, por la moda, por el mercado y la publicidad.
El gran enemigo de nuestra individuación son nuestros hábitos, nuestras rutinas, el mundo estable y mecanizado que hemos creado o que hemos heredado de los adultos y de la sociedad. Es obvio que muchos automatismos son necesarios y no necesitamos reaprenderlos; algunos condicionamientos nos permiten la supervivencia y no debemos olvidarlos o bloquearlos, pero el lastre de aquello que nos impide superarnos es grande y hay que vaciarlos a través de procesos conscientes de autoeducación para así superar temores, miedos, desconfianzas, antipatías, falsas presunciones, equívocas identificaciones, impotencias y sobreestimaciones; más aún, hay que superar los narcisismos, y las tendencias paranoides presentes en muchos de los actos que llamamos de dirección y liderazgo.
Para caminar hacia el ser es importante conocer lo que se es, enfrentarlo, desmitificarlo, superarlo o potenciarlo; quizá así empecemos el verdadero camino hacia nosotros mismos y hacia la libertad la cual no debemos entender como expresión física sino como la posibilidad del pensamiento propio y racional, del sentir armónico y justo y del actuar correcto en el sentido de hacer lo que es bueno para mí y para los demás. Esta es, quizá, la medida de la individuación la cual debe pasar según Jung (véase Fadiman y Frager, 1975) por un mejoramiento de sí mismo como condición previa para mejorar al mundo. He aquí una verdadera y necesaria exigencia para el ejercicio del liderazgo. Jung mismo plantea unos pasos necesarios en el proceso de individuación (véase Cencillo, 1971,142), así:
- Ganar en amplitud de miras.
- Altruismo.
- Desegoización.
- Desensualización.
- Ponerse al servicio de cometidos colectivos y desinteresados, con calidad, tenacidad y perfecta justicia hacia todas las realidades interesadas en la tarea.
- Trascender lo regional y particular, lo estrechamente individual de modo que lo colectivo y universal se identifique con el propio individuo, se individualice.
- En la individuación no tiene cabida el placer, tampoco la represión. Es una totalidad constructiva, integradora y unitiva de todo en todo.
Individuación y autoconocimiento
“¡Hombre, conócete a ti mismo!” fue la inscripción en el templo de Apolo en Delphi y sigue siendo el mandato moderno. En la actualidad es un imperativo dadas las múltiples barreras y cortinas que impiden el acceso a sí mismo. Si nos orientamos con las fuerzas del ego caemos en la ambición y en la competencia que daña el tejido de las relaciones sociales e interpersonales, o, por medio de nuestro sentido de posesión, nos absorbemos en el fanatismo y en el autoritarismo, lastres que impiden ver claramente y que dificultan unas relaciones auténticamente humanas. El ego es en realidad una fuerza que separa a hombres y mujeres entre sí cayendo en la incomunicación y en el automatismo social; incluso, ese ego no nos pertenece, otros se lo han apropiado y lo manipulan a su antojo para derivar de ello beneficios haciendo, de los caprichos y veleidades, verdades morales y modos de comportamiento convenientes y respetables. El ego es conducido por la propaganda comercial y la publicidad.
A través del ego buscamos poder, reconocimiento, elogios, pero si nos quedamos sólo en eso, ¿entonces? Si nos descuidamos nuestra vida interior queda llena de baratijas, cosas sin valor que pueden ser estorbo para la realización personal. Si no estamos atentos nuestro yo se irá contaminando y nuestra alma se irá cubriendo con el sinnúmero de bagatelas impuestas por las autoridades anónimas que tienden a orientar nuestros gustos y comportamientos, nuestro modo de pensar y de sentir. Sólo una verdadera autoeducación nos puede rescatar de una enajenación completa. Estamos presos de los manipuladores de la opinión pública, quienes a través de estadísticas derivadas de sondeos superficiales, procuran afirmar supuestas realidades existentes.
Uno de los ataques más fuertes al crecimiento y madurez del yo proviene de los psicofármacos y alucinógenos, y en general, de las sustancias psicoactivas que separan al hombre de la realidad y lo convierten en dependiente, sumiéndolo en un extrañamiento del mundo y las realidades circundantes.
Los sistemas educativos deben fortalecer las fuerzas del alma para que los seres humanos, consciente y responsablemente, asuman compromisos con sus vidas y con la dirección de su desarrollo personal; para que el interrogatorio acerca de sí mismo no cese sino que se convierta en impulso permanente para clarificar el horizonte y alcance de la actuación personal; para que el ser humano se afirme bajo la consideración de que puede manejar las riendas que conducen a sus propias metas y que, una vez alcanzadas, le faciliten la satisfacción por la plenitud humana del esfuerzo hecho y los resultados logrados. ¿Cómo avanzar entonces?
Para empezar hay que fortalecer una educación que no esté centrada en el ego exclusivamente sino que facilite el desarrollo de las fuerzas del yo o del alma para que el ser humano sea capaz de discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo aparente; una educación que supere la envidia y la avaricia y que enfatice y haga vivo el amor entre los seres humanos llevándolos a superar la escalada de violencia que nos afecta; una educación centrada en el respeto por la verdad y la sinceridad. La misma educación debe impulsar la capacidad de servicio a los demás como bastión para resolver desigualdades, injusticias e inequidades.
A través del servicio a los demás se puede, quizá, vislumbrar el amor como una fuerza cohesiva que inspira a la compresión, a la tolerancia, a la convivencia.
Si por medio del proceso educativo o auto educativo surge el valor para enfrentarse consigo mismo como objeto de búsqueda y autoconocimiento, podemos suponer que se trilla el camino para hacer personas más auténticas, autónomas y responsables, todo esto bajo la mano de una sinceridad y honestidad consigo mismo fincadas en la certidumbre de que la veracidad es un pilar para la libertad y autonomía personales.
Educar en la comprensión de que hacemos parte de un gran sistema y que nosotros y todos los demás, junto con todas las criaturas vivientes, somos necesarios para el equilibrio del mismo, expande en consciencia y responsabilidad nuestro pensar, nuestro sentir y nuestro actuar. Esto también nos lleva a ser más éticos, pues la comprensión de que una partícula del todo, si es afectada, afecta al todo, nos hace más prudentes y reflexivos, más abarcantes en la comprensión de nuestras múltiples interrelaciones e interdependencias y nos hace sentir, también, que no somos solos, ni estamos solos, por el contrario la familia, la sociedad, el mundo y el universo palpitan a nuestro ritmo creativo y mantenedor de vida.
Si reconocemos que hay algo superior, llamado de la forma que queramos, que gobierna, organiza y dirige el acontecer humano, nace en nosotros la devoción lo cual nos hace más humildes y menos prepotentes, con menos ego y más espíritu para facilitar la tarea del desarrollo humano y de la vida en nuestro planeta. Así crece también nuestra libertad, no constreñida al movimiento físico sino que se expresa por igual en nuestro pensar, creando armonía y paz.
Referencias
- Cencillo, Luis (1971): El inconsciente, Marova, Madrid, p.p.331
- Fadiman, James y Frager, Robert (1979): Teorías de la personalidad. Harla, Mexico, p.p. 271.


