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La dimensión estética en la formación para el liderazgo

Hay una zona de la vida del ser humano, la vida de sus emociones y sentimientos, que facilita un acceso a niveles de conocimiento más profundo y cualitativo que el pensar racional propiamente dicho. En esta zona el ser humano expresa niveles de complejidad muy individuales en la apreciación del mundo y de las cosas que le afectan; es la zona propiamente síquica donde se desenvuelven pasiones y emociones, de las que se tiene, en la mayoría de las veces, conciencia nebulosa; sin embargo, es la zona donde nuestra intimidad aflora y donde una capacidad para develar lo que subyace tras la apariencia nos otorga el verdadero sentido y, por ende, conocimiento de las cosas. Generalmente, el reconocimiento de este territorio requiere prudencia y cautela porque allí encontraremos, por lo regular, los miedos y aprehensiones que todo ser humano tiene para ser transparente y cristalino ante el otro. Se necesita, por lo tanto, un acercamiento, una contemplación, una captación que permita que lo otro se descubra ante nosotros o nos permita entrar en su santuario y descubrir lo que subyace detrás de la apariencia. He aquí el campo propicio para una captación estética de las personas, del mundo y de las cosas.

Si lo anterior lo aplicamos a las organizaciones de diferente género, y a la sociedad en general, vemos que en ellas el ejercicio del liderazgo requiere toda la capacidad proveniente de la razón y de la lógica, para optimizar y maximizar los rendimientos de todo el esfuerzo organizacional y social con el fin de generar las necesarias y esperadas utilidades para el conjunto de las empresas y la sociedad. Pero también se requiere comprender el fenómeno organizacional y social, la vida que bulle tras de las acciones, y las relaciones que median en todo intercambio entre personas con diferentes niveles de dependencia, autoridad y subordinación; y esta comprensión, la mayoría de las veces, está más allá de las lógicas usuales y requiere captación empática para remontarse a fenómenos subjetivos propios de la vida anímica de los actores en cualquier relación. La estética es, pues, una forma de acercarse a lo humano en las organizaciones y en la sociedad.

Otro aspecto que fundamenta la necesidad de una formación estética para el ser humano y para el líder es que, necesariamente, el ejercicio administrativo media entre la tarea y quien la desempeña, y crea, además, un ámbito donde esa relación hombre-tarea se realiza: el ambiente organizacional, entendiéndolo, en principio, como todo aquello que rodea y envuelve el trabajo, no sólo física sino anímica y emocionalmente.

Algo importante a aclarar, igualmente, es la relación entre estética y arte, cosa que para la formación administrativa y la formación en liderazgo, como para la de todo profesional y ser humano, reviste la mayor importancia.

Afirmemos, pues, en principio, que un currículo para la formación del hombre y del líder debe contemplar no sólo el dominio de herramientas, instrumentos y tecnologías propias para la eficiencia en el ejercicio profesional, sino también propiciar en el estudiante una formación que le facilite desarrollar habilidades en la comprensión del fenómeno organizacional y social,  como una resultante dinámica de las relaciones e interacciones  entre personas, tareas, estructuras y objetivos, tendientes a un desempeño eficaz, y del mismo modo, también capacidad para gestionar soluciones en situaciones que van más allá de las apreciaciones puramente cuantitativas y de la operación estratégica convencional.

Estética y arte

La búsqueda de la armonía y la unidad ha sido una constante en la trayectoria de artistas, sabios y filósofos. Pitágoras, Sócrates, Platón y, en general, el mundo helénico, hicieron, esfuerzos para aclarar el papel del arte y la belleza en la educación del ser humano. Para Platón, en su obra “El Banquete”, lo bello absoluto está por encima de lo sensible; es una idea metafísica que conduce a la del bien y, por ende, a lo verdadero, es decir, una perfección humana. Según Platón, es la sensibilidad estética la que llevará al hombre a su equilibrio y a su grandeza de espíritu.

La función pedagógica del arte está ligada, en los tiempos modernos, a Shaftesbury (Véase Wojnar, 1967, 38-39) quien trataba de justificar una concordancia de lo bello moral con lo bello estético. Consideraba que una pasión por lo bello, idéntica al sentimiento del entusiasmo, conduciría al hombre al dominio de sí.

Para Kant (1985) lo bello es lo que está representado sin concepto como objeto de una satisfacción universal. La belleza humana condensa los juicios universales y es, por tanto, la expresión de la grandeza moral. Introduce, pues, el juicio estético y gracias a él, el fenómeno de la contemplación estética se torna en objeto de interés profundizado. Desde Kant, se habla del arte más que de la belleza como aquello que influye en la conducta humana.

Para Tolstoi (Wojnar, 1967) la belleza y el valor de una obra de arte solo se miden por la profundidad de la comunicación social que ejerce y realiza. Para Schiller (1969), por otra parte, el juego, identificado como arte, resume todas las cualidades estéticas de las cosas y es el mejor educador del hombre; él lo dice claramente: “el hombre es hombre solo cuando juega y solo cuando juega es hombre”.

Es claro en los conceptos anteriores que existe una relación entre estética y arte, una relación complementaria que plantea que la percepción estética conduce al juicio estético, el cual procura establecer el carácter de belleza y armonía que posee un objeto o situación dada. Al percibir estéticamente estamos mirando la configuración total en las relaciones de equilibrio, simetría, armonía, función y utilidad y estamos relacionándonos con algo que ha sido hecho, que es, o que puede ser y, como tal, es objeto de percepción por nuestros sentidos externos o por nuestros órganos de captación más profunda. Eso que estamos percibiendo tiene una connotación de arte porque ha sido realizado a partir de las destrezas y habilidades de alguien, bien sea que responda a la manufactura artesanal, a la complejidad tecnológica involucrada en su diseño y operación, o a un grado superior de abstracción.

Podemos entender, entonces, que el arte interviene en todos los procesos de la vida y que tiene consecuencias no sólo para la sensibilidad estética propiamente dicha, sino también para la vida intelectual, afectiva y moral. En realidad, la época actual busca una aproximación al hombre a través del arte y reconoce en el goce estético una dimensión de lo humano.

Adelantándonos un poco más, no todo lo que se realiza o se hace en una organización tiene que tener el carácter agregado de belleza, simplemente bastaría con que respondiera al carácter de eficiencia utilitaria tanto para el fabricante como para el usuario. Aquí estaríamos en el nivel mínimo de dimensión física de la organización y nos ubicaríamos exclusivamente en el producto o productos que elabora la empresa. Pero como una realidad primordial de la organización, a la que nos estamos refiriendo en el presente estudio, es que ella está conformada esencialmente por seres humanos y tiene, por lo tanto, el carácter social, humano y trascendente, que le es propio, se hace necesaria, en consecuencia, un tipo de relación y captación distinta: la estética.

Por otra parte, se nos podría decir que una empresa está orientada a la producción de bienes o servicios para las necesidades de una comunidad específica y que esto es posible por la aplicación de las aptitudes de las personas a la producción, pero cuando esto sucede, la empresa no sólo está generando puestos de trabajo para redituar a la economía, en verdad lo que está haciendo es crear nuevas oportunidades y espacios para desarrollar personas. Esto último es la verdad ontológica -dimensión trascendente- de la empresa que se sobrepone a la verdad axiológica mediatizada por los valores ideológicos o culturales que priman en una sociedad dada.

De otro modo, en las organizaciones empresariales, si bien es importante lo que hacen, mucho más lo es el cómo lo hacen. Aquí los modernos conceptos de calidad que van más allá del producto y se remontan a las relaciones, el trato, las políticas, la estructura, los procesos, el impacto en el entorno, la misión, etc., hablan de un concepto integral de calidad que sugiere que también la organización es formadora de personas y que comparte con las instituciones de la vida cultural un fin trascendente.

El arte, pues, en las organizaciones rebasa no sólo la producción o elaboración de productos materiales, sino que se extiende al diseño de la estructura organizacional, al diseño de las políticas en general y, más específicamente, a las de personal y las de relación con el entorno, a la habilidad para dirigir las personas y, sobre todo, a la capacidad que tiene la organización en su conjunto para validar socialmente su contribución al desarrollo de sus colaboradores y de la sociedad en general.

Por arte, en las organizaciones donde trabaja el hombre, se debe entender, pues, los diferentes modos de hacer las cosas, con el agregado de que el aporte de cada uno va más allá de la eficiencia técnica y contempla no únicamente el modo peculiar de hacerlo sino que en sus expresiones más sutiles conduce a la admiración y a la sorpresa en los demás y a la transformación y desarrollo de la situación a la que va dirigida

Además de generar eficiencia técnica en el ambiente organizacional, la empresa puede crear circunstancias organizacionales para introducir elementos que contemplen la estética como valor. El recorrido polar de la bello a lo feo, de lo atractivo a lo repulsivo, de lo agradable a lo desagradable, de lo armónico a lo disarmónico, etc. permite que la captación emotiva vaya surgiendo y pondere apreciativamente el matiz de la situación en un momento dado; eso es captación estética (percibir anímicamente el entorno y substraer la relación entre las cosas, personas y situaciones) que va desde la percepción de la forma y el carácter de la misma hasta la percepción del contenido y el carácter del mismo -percepción más profunda- especialmente en cuanto a seres humanos y situaciones sociales se refiere. En este punto la acción se va tornando arte.

Estética y ética

Si rescatamos las dimensiones humana, social y trascendente de las organizaciones, podemos concluir que la estética conlleva un fermento ético que es necesario explicitar. Toda relación estética debe conducir a una relación ética si ha logrado la armonización o si la busca; pero, más aún, toda ética contiene una estética que, en nuestro caso, apelamos a que armonice al hombre consigo mismo y con el conjunto vital, social, humano y trascendente del cual forma parte.

Cuando el ser humano se enfrenta a una relación de conocimiento en el mundo sensible externo se puede quedar en la apariencia y captar únicamente lo superficial del asunto. Este es el caso del modo de conocer científico de la época, altamente racionalista y apoyado por esquemas mecanicistas. Lo anterior es propio, quizá, del mundo de lo inorgánico.

En las relaciones en que el ser humano se enfrenta a lo vivo y a expresiones cualitativas de lo vivo manifiestas a través de su pensar, su sentir y su actuar, el modo científico de conocer, propio de las ciencias exactas, no es el vehículo apropiado; requiere la fuerza de la inspiración y de la intuición para penetrar en los significados latentes y ocultos de lo que aparece en el campo de su conocimiento. Solamente la capacidad de abrirse a la información oculta y la capacidad de indagarla en lo interno de lo conocido, le revelará sus secretos. Aquí yace el fermento ético del que queremos hablar, pues, este tipo de conocimiento será posible únicamente con una actitud respetuosa al sujeto por conocer.

Una actitud tal de contemplación requiere haber vencido en sí mismo las barreras que limitan el acceso al otro, darse tiempo para que lo externo se nos exprese en su interioridad, vencer temores y amenazas en el territorio de aquellos que nos rodean y tener la suficiente serenidad de espíritu para no afectarnos por los descubrimientos.

Si contemplo con profundidad algo, ello ya no me será indiferente y tampoco seré extraño para lo contemplado. Sólo que si quiero avanzar en su conocimiento tengo que tener el suficiente valor para profundizar en mí mismo, pues, allí encontraré las profundas resonancias de lo hallado. Todo lo anterior deviene en un proceso ético que pide que primero tengo que ser transparente para mí mismo como condición para bucear en las profundidades del otro y no utilizar, en consecuencia, las racionalizaciones ni las proyecciones con las que se escuda nuestro yo cuando se siente amenazado o siente temor de los demás. Por lo tanto, el camino ético avanza hacia sí mismo y luego se proyecta a lo demás, en tanto que el camino estético surge de nuestro contacto con el mundo y exige volcarlo a nosotros mismos para encontrar la fuerza y el valor necesarios para continuarlo, con respeto, hacia los demás.

Kierkergaard (1970) resume lo anterior afirmando que el individuo ético se conoce a sí mismo, pero ese conocimiento no es una simple contemplación, pues el individuo sería determinado según su necesidad; es una reflexión sobre sí mismo.

De la estética se puede llegar a la ética si me tomo como sujeto de auto-construcción, si valoro mi ser como paradigma a conquistar, si estoy permanentemente representándome en mis alternancias anímicas y percibo las tendencias dominantes en mi pensar, sentir y actuar y si calo hondo en mí mismo y veo mi configuración como una totalidad que me representa y que me identifica. La tendencia avanza en la construcción de lo armónico en mí y, si obtengo logros, deviene, entonces, la percepción de lo mismo en los demás y consecuentemente aprendo y conozco lo que es bueno para ambos: armonía, sintonía, conjunción y unidad. Construyo, así, un camino ético hacia los demás.

Por otra parte la ética construye la estética del modo en que los valores y, más aún, las creencias, correspondan a universales de la cultura, y a partir de allí, se asuma la relación con el mundo (su captación e interpretación) de manera que desde esa óptica me autoconstruya y me relacione con lo externo. Si en mi escala de valores han calado hondamente valores trascendentes y humanos que tiendan a dignificar lo existente, lo vivo; si aún por encima de una religión aceptada o promulgada tengo creencias x, y, o z, con ellas construyo mi percepción del mundo y, en consecuencia, mi estética. Por lo anterior, la ética y la estética tienden a ser individuales, casi personales, pero ganan el espacio colectivo en la medida en que la cultura las construye, las forma y las perpetua. Pero hay éticas de éticas y estéticas de estéticas. Hay que llegar a un nivel trascendente y aplicar valores trascendentes y universales para construir una ética por encima de ideologías y culturas que conduzca a una estética de la armonía y la integración como baluartes de una sociedad madura y desarrollada.

La relación jefe-subalterno como relación estética

Un principio que podemos considerar válido en las organizaciones es que todo encuentro humano debe contribuir al desarrollo y madurez de los participantes; debe ser, por lo tanto, un encuentro pedagógico. Lo anterior significa que en una relación cada uno de los actores puede aprender del otro y madurar a partir de la armonía o conflicto presenten en ella.

Si entendemos que el pertenecer a una organización es una oportunidad para nuestro desarrollo y madurez, que la tarea que media entre jefe y subalterno es la excusa para poner a dos personas en una relación de crecimiento y desarrollo, que las personas se vinculan a una organización no para trabajar sino para realizarse con todo el potencial expreso o latente que poseen, nos damos cuenta que la organización está configurada para el desarrollo de sus miembros.

En las organizaciones empresariales de las que nos ocupamos y queremos resaltar en este estudio no existen, en verdad, relaciones hombre-máquina; estas no son posibles, sólo son una falacia. Lo que existe siempre es una relación de jefatura-subordinación que define el carácter jerárquico de la relación, jerarquía que no está definida basada en la función sino en la autoridad que cada uno representa como poseedor de un saber. Saber o saberes necesarios para realizar las dimensiones propias de la organización.

Cuando la relación jefe-subalterno se expresa, generalmente está mediada por la tarea que realizan los dos; tiene que ver con el cumplimiento de las funciones asignadas a cada uno. Alrededor de la tarea se estructuran todas las posibilidades que el papel de director permite: mando, asesoría, orientación, guía, etc. y, en general, las connotaciones de pedagogo, compañero, comunicador y líder. Pero no es la tarea en sí lo importante; lo importante es la relación y la connotación que esa relación tenga, y con toda seguridad el rol de jefe exige la capacidad de percibir en el subalterno cuál es su situación concreta en un momento dado y, consecuentemente, desempeñar el papel que más conduzca a su crecimiento y desarrollo.

Saber mirar, oír, escuchar y comprender al subalterno, reclama del jefe una relación estética que le permita interpretar a través de los comportamientos y gestos de éste, las verdaderas situaciones que lo envuelven. Es ir más allá de la envoltura, de las apariencias con que el otro se nos acerca; es capacidad de percibir el verdadero estado, el verdadero yo del otro. Significa, por parte del jefe, capacidad para integrar informaciones dispersas y formarse un cuadro más real de su colaborador. Es, en definitiva, todo un arte de administrar y liderar.

En realidad, todo encuentro con el otro requiere de una atención tal que facilite captar las sutiles corrientes que fluyen a través de lo aparente y superfluo. Requiere, igualmente, tiempo y tranquilidad de ánimo no sólo para captar sino para permitir que el otro se exprese desde lo íntimo y nos muestre su realidad. Pero exige, sobretodo, un ambiente de confianza en el que los temores de uno o ambos desaparezcan.

Cuando las relaciones se perciben como amenazantes por uno o ambos interlocutores, la resultante es la defensa y, como consecuencia, aparecen los yelmos físicos o síquicos que guardan nuestro cuerpo o nuestro ser; las relaciones son, entonces, falsas, manipuladoras e instrumentales, pero nunca auténticas. Son dos sujetos con máscaras los que se enfrentan y cada uno está dispuesto a salvaguardarse lo más posible del otro, nunca a mostrarse tal como son. Una relación auténtica, por lo menos por parte del jefe, plantea que él debe acercarse al colaborador sin aprehensiones, estereotipos o supuestos; con transparencia, de modo tal que el colaborador lo perciba como es. Lo anterior supone que el jefe es alguien maduro, capaz de tener armonía personal y con suficiente empatía para comprender y ponerse en la situación del subalterno. Significa que ha vencido en sí mismo sus temores y aprehensiones y, en general, se comprende a sí mismo y es capaz de proyectar esta imagen a su colaborador dándole confianza en la autenticidad de la relación. Una relación estética de tal naturaleza va por el camino del autoconocimiento y conduce a ampliar la capacidad de penetrar en los demás con sutileza y respeto. El camino hacia el otro va por la vía de la aceptación incondicional bajo el supuesto de que si percibo la totalidad de la persona y no un fragmento de ella, soy capaz de ejercer una verdadera influencia en su comportamiento que afecte no sólo su circunstancia inmediata sino su actuación futura. He aquí la acción pedagógica propiamente dicha, manifiesta en la captación comprehensiva del otro a partir de una fina atención dada por la capacidad de relacionarnos estéticamente con los demás.


Referencias

  • Kant, Emmanuel (1985): El juicio estético, Hermann Blume
  • Kierkergaard, Soren (1970): Estética y ética, Nova, Buenos Aires, pp. 237.
  • Schiller, F (1962): Cartas sobre la educación estética del hombre, Aguilar, Madrid, pp. 165.
  • Wojnar, Irene (1967): Estética y Pedagogía, Fondo de Cultura Económica, México, pp. 248.

Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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