Educación,  Formación,  Habilidades,  Sociedad,  Universidad

El liderazgo como arte

Inicio este tema con una inquietud: si concebir al liderazgo como arte, o si constreñirlo a una expresión del arte como tal. Prefiero concebirlo como el arte de la dirección de las personas que conduce a realizar a través de ellas, y con ellas, unas metas prefijadas de acuerdo a sus necesidades y más caros anhelos. Obvio, esto incluye y exige parámetros racionales, pero, en mayor énfasis,  los soportes de la imaginación y la inspiración para sus logros.

El liderazgo, definitivamente, no es una profesión, ni el ejercicio o aplicación de una técnica o instrumentación específica para alcanzar un objetivo deseado. Si tal fuera bastaría con asumir una o varias teorías, una o diferentes herramientas, o ser diestro en una técnica señalada para alcanzar los resultados esperados.

Puede haber, sí, liderazgo racional, con exclusividad, pero corre el riesgo de quedarse corto ante las veladas necesidades y demandas ocultas de los seguidores. El liderazgo excesivamente racional apela con exclusividad a la información proveniente de los sentidos y de los hechos narrados o explicitados a través de procesos históricos. Es un liderazgo altamente intelectual en tanto procura establecer las lógicas presentes en los hechos o situaciones, basadas en la información externa o abiertamente manifiesta en los conflictos y, a través del análisis, tomar lo que se considera decisiones correctas. Podría remitirse exclusivamente al manejo de las cosas inanimadas o, propiamente, a la administración de las cosas más relacionadas con el ámbito de la gestión.

El liderazgo como arte empieza a manifestarse cuando se pasa del campo propiamente administrativo, que es altamente racional y referido, especialmente, al manejo de las cosas, al campo de la dirección o conducción de personas donde, en la mayor de las veces, no rigen las mismas lógicas, o mejor aún, gobiernan parámetros distintos y no tan evidentes para los actores en conflicto o para el mismo líder.

 Una cosa es administrar y otra es liderar; en la primera por lo general el relacionamiento es con cosas materiales, inorgánicas, a las que hay que considerar cuando se planea, se organiza y controla. Pero liderar connota una relación específica con otros seres humanos a los que hay que considerar en su integralidad: los seres humanos piensan, sienten y actúan y para un líder es conveniente asumirlos en esa triple dimensión. El ser humano es un ser vivo y la vida hay que enfrentarla con imaginación, quizá fantasía, pero sobretodo con inspiración, para que ella nos revele  su plenitud. Es aquí donde se empieza a manifestar el liderazgo como arte.

En la china antigua  la preparación del gobernante requería, entre otras cosas, ser capaz de enfrentarse a su propia soledad y en ese ámbito aguzar tanto  sus sentidos que fuese capaz de ver y oír lo que otros no podian hacer fácilmente. Se dice, entonces, que un emperador de ese tiempo con el objeto de preparar a su hijo para sucederlo en el trono lo envío sólo al bosque, durante varios días, y a su regreso le pregunto cuales experiencias había tenido. Su hijo le contesto “Padre, al principio me sentí muy turbado y con miedo, casi me regreso, pero poco a poco empecé a tranquilizarme y me divertí mucho viendo la copa alta de los árboles y el pasar de las nubes entre ellas. También vi algunos animales que huían ante mi presencia, también había mucho silencio en mi alrededor”. Su padre le dijo:” hijo mío, regresa de nuevo al bosque y pon más atención a lo que pasa y me lo cuentas a tu regreso”. El joven volvió al bosque, ya no tenía temor en adentrarse un poco más pero no captaba nada, solo silencio y ruidos desconocidos. A su regreso le conto a su padre la experiencia y le dijo: Padre al principio experimente mucho silencio pero poco a poco empecé a escuchar el sonido del viento entre el follaje del bosque, oí  el sonido del agua al caer y el de los arroyos al correr. También me sentí fascinado escuchando el canto de los pájaros y el sonido de otros animales”. “Bien, hijo mío, le dijo su padre, todavía no es suficiente, debes regresar de nuevo al bosque y prestar más atención, con oído fino y vista aguzada, a  lo que pasa a tu derredor y a tu regreso me cuentas”. El príncipe regreso un poco triste al bosque pero como conocía la sabiduría de su padre se dispuso a sacar la mayor experiencia de esta nueva visita. Estuvo atento con todos sus sentidos y sobre todo con su corazón y su espíritu a lo que pasaba a su derredor y cuando regresó al reino su padre le pregunto: “Bueno hijo mío, cuéntame que has observado en esta ocasión”. El joven le contesto: “Padre, al principio solo veía y escuchaba lo mismo que la ocasión anterior, pero poco a poco empecé a sentir el sonido de las flores al abrir y el de las nuevas semillas al germinar, el canto de las abejas al polinizar y el de la yerba al crecer, las melodías de los pequeños arroyos al correr y los infinitos aromas de las plantas y árboles que allí crecen”. Bien hijo mío, le contesto el padre, ya estás preparado para gobernar, porque solo un gobernante que es capaz de escuchar los ocultos y silenciosos clamores de su pueblo, sus más recónditos  anhelos y esperanzas; que es capaz de ver su angustia y soledad, puede dar respuestas adecuadas para que la paz y la armonía sean el terreno donde todos sus gobernados puedan avanzar en amor y sabiduría hacia un bien común.”

El liderazgo como arte de conducción de las personas es un paradigma que reclama una permanente transformación del líder en tanto ello le permite acercamientos más próximos a la realidad humana. Significa pasar de lo propiamente estructurado, rígido y programado a lo flexible, abierto y creativo, espacio adecuado para develar claves e informaciones ocultas e inaccesibles para el entendimiento común.

El arte del liderazgo consiste en inspirar, motivar, transformar a los seguidores, de modo que ellos mismos se conviertan en dueños de la causa que los vincula. La inspiración que viene del líder  hacia sus seguidores es posible porque el líder mismo ha captado profundamente los anhelos de su comunidad y los hace propios y se siente inspirado a realizarlos; con plena atención el líder  los ha descubierto, como patrimonio y necesidad personal, al identificarse con las necesidades de  su pueblo o comunidad y es capaz de transmitir ese conocimiento inspirado a sus seguidores. El inspira porque esta inspirado y con ello moviliza la voluntad de quienes lo siguen. El siembra en ellos la convicción acerca de los propósitos y objetivos  a perseguir. Este tipo de liderazgo, inspirado e inspirador,  exige una total atención a las personas y a la situación económica, política y cultural que las envuelve. Con  esa fina atención el líder es capaz de captar con certeza, y como una totalidad estructurada, los diferentes elementos que constituyen el problema o situación planteada. Adquiere así la visión y la intuición de lo que puede ser, a largo plazo, la meta de su accionar. El liderazgo inspirado y que inspira va más allá de la motivación porque la sustituye cuando esta empieza a desfallecer. En este caso una fuerte convicción en torno a las creencias es el sustento que mantiene su accionar y si la transmite a sus seguidores consigue con ello movilizar la voluntad de ellos. Demás está  decir que el  logro de las metas es consecuencia también de los recursos y de las capacidades adicionales que el liderazgo requiere.

Atención, inspiración y visión son características del arte del liderazgo.

Si pensamos un poco la relación entre liderazgo y arte encontramos que una obra de arte debe reunir, en términos clásicos, las características de ritmo, armonía, proporción y equilibrio. Hay algo en la obra de arte, trátese de pintura, música o poesía, que contribuye a mejorar la salud física, anímica y espiritual del que la contempla o de quien la realiza. De algún  modo  introduce en el espectador, y en su autor, nuevos ritmos y armonías; equilibra emociones y ayuda a mejorar su capacidad de mantener las proporciones adecuadas en su manifestación plena como ser humano. Esto sucede no solo en el que contempla la obra de arte sino también en quien practica alguna de las artes clásicas. Joseph Basille dice que el líder debe interesarse en las elevadas aspiraciones de la estética y de la poesía (Basille, 1975). El arte permite relacionarse con un nivel que trasciende lo físico y lo psíquico del ser humano: es comunicación superior. Las resonancias del ritmo, la armonía y la belleza de las actividades artísticas, se traducen en movimientos propios  que impulsan  a la voluntad hacia lo bueno, lo correcto, lo verdadero. Su ejercicio enriquece al líder y establece conexiones cerebro-voluntad significativas, ayuda también a descansar al cerebro y a todos los circuitos lógicos con los que trabaja la mayor parte del tiempo.

Hablemos especialmente del arte de la pintura y su relación con el liderazgo.

Cuando el pintor se enfrenta al lienzo encuentra un plano vacío, una inmensidad de blanco que debe ser ocupado con sus líneas, sus trazos y sus manchas para lograr un cuadro. En algunos esta situación engendra temor, en otros se constituye en un reto a superar. El acto creativo no significa, necesariamente, trasladar al lienzo lo que existe en la imaginación; es parte, pero más allá está la posibilidad de que en el encuentro con el lienzo, con los materiales, y con su habilidad como pintor, recree algo nuevo y trascienda los límites de la imagen por él configurada. Allí empieza la libertad en el acto creativo. De lo contrario puede quedar preso de la estructura o de la forma que va surgiendo. El líder, del mismo modo, se enfrenta ante la incertidumbre de sus retos y demandas de sus seguidores y debe asumirlos con entereza de ánimo, inspirarse para no cejar en el esfuerzo. Ante el conflicto, manifiesto o larvado, debe proveerse de toda la información, de los hechos y narraciones sobre el asunto en cuestión, y empezar a navegar hacia su solución capoteando los meandros y corrientes que lo alejan de su objetivo, pero no debe permitir que las ideas fijas lo apresen  y le impidan ver realidades que subyacen ocultas en la situación.

Algunos pintores tiemblan ante el lienzo vacío; Vang Gogh decía que el lienzo temblaba cuando él se le enfrentaba. Para él todo cuadro era un campo de batalla en que jugaba su ser entero.

Cuando el artista empieza a desarrollar su trabajo tiene por lo general una imagen aproximada de lo que quiere lograr; para algunos esto es más claro pues han desarrollado bosquejos en un papel (otros lo hacen  en el mismo lienzo); otros, como técnica, empiezan a diagramar líneas y manchas, a borrar  y rehacer segmentos de lo que se esta configurando. Aquí hay una búsqueda permitiendo que el cuadro empiece  a hablar por si solo y que diga lo que quiere revelar. En este caso hay esperanza o sea capacidad de espera para que la imagen se revele poco a poco. El pintor abre espacios estableciendo puentes, redes,  entre diversas partes del conjunto. En ocasiones se olvida de lo que ya se ha prefigurado y permite que nuevas imágenes y posibilidades surjan, de lo contrario puede quedar encerrado y limitado en los contornos de lo que ya se insinúa. Lo importante es que en el proceso el pintor se pueda sostener, apoyarse con consistencia  y ello lo logra generando acciones, movimientos nuevos, guardando el equilibrio y la armonía. Si lo alcanza y se sostiene en ese proceso, la obra va poco a poco alcanzando su madurez. Sostenerse significa tener la percepción de la totalidad y percibir cómo el nuevo movimiento, que abre y conquista espacio, queda integrado y es consistente con la totalidad. Significa certeza en el trazo, en el color, en el equilibrio tonal; significa integración total con el cuadro. El artista debe percibir las fuerzas, las tensiones, manifiestas en el cuadro y a partir de allí trabajar afirmando y creando respuestas equilibradoras y armónicas.

Todo lo anterior se encuentra manifiesto en el ejercicio del liderazgo. Ante el panorama del conflicto en que se envuelve  junto con sus seguidores, el líder debe hacer aproximaciones al problema, intentos de comprensión de los factores que se hallan allí envueltos: deseos, esperanzas, anhelos, quizás camuflados bajo otros ropajes. Debe hacer intentos para esclarecer la situación y conocer tanto las necesidades expresas como las motivaciones ocultas involucradas. Quizá sea necesario que haga cuadros gráficos o mentales de su comprensión aunque deba desecharlos posteriormente cuando profundice en el problema. Debe tener poco a poco conocimiento cierto de los diferentes actores involucrados en el conflicto y del papel que desempeña cada uno en el cuadro total del asunto. Y debe sopesar el impacto y la influencia que cada uno guarda en la escena total. Su conocimiento de lo humano social lo debe conducir  a certeza en el juicio, en la observación, en la insinuación, en la decisión, en el consejo, en la expresión anímica que se muestra al compartir un sentimiento.

Una de las dificultades que encuentra el líder en la solución de conflictos es adelantarse a hacer afirmaciones apresuradas sobre el proceso o sobre la conducta de los actores, igualmente adelantar conclusiones sobre el resultado sin agotar el tratamiento del asunto. Esto conlleva a desviaciones que entorpecen el desarrollo de la negociación o la solución del problema. El líder, por lo contrario, debe tener cierta capacidad de espera para que el asunto se clarifique y muestre sus verdaderas aristas. No significa indiferencia, ni apatía hacia el tema, más bien es la forma  en que el líder conserva y recupera energías, especialmente mentales, para identificar con solvencia las nuevas informaciones que van apareciendo en la escena. Debe ser, si, lo suficientemente hábil para introducir nuevos elementos que jueguen en la discusión o en el tratamiento del problema de modo que ello incite a las partes a revisión de sus posturas y a un mejor encuadre de la situación. Aquí es necesario que él conserve una visión o imagen de la totalidad del asunto de modo tal que mantenga el equilibrio en el proceso  o lo recupere si este corre riesgo de perderse. Debe ser capaz de percibir cómo lo nuevo, lo extraño se integra en la totalidad de modo que se conserve la armonía en el conjunto. Igualmente, con atención fina, debe percibir las tensiones que se suscitan en el escenario y con habilidad trabajar para crear nuevas respuestas que afirmen el éxito buscado.

Otro campo del arte en el que se puede identificar rasgos y atributos de liderazgo es en la música y específicamente en la conducción de orquestas.

Al dirigir una orquesta filarmónica, el director puede comportarse como conductor para lo cual debe armonizar la participación de los miembros de la orquesta, concertando con ellos aspectos de la interpretación. Significa afinar la interpretación de la partitura de modo que satisfaga la comprensión de su grupo y la aceptación y gusto del público que la escuchará, busca también que todos cumplan plenamente el papel asignado en la totalidad de la obra y que sin renunciar a su individualidad se sometan a la armonía del conjunto. Aquí el factor confianza es importante. Si el director la tiene y la transmite a su grupo todos se involucraran en la tarea de realizar lo mejor en conjunto. Esto es armonización de las diferentes individualidades con el objeto de producir un resultado común. En la música, según Baremboim (2008) “todo debe estar constante y permanentemente interconectado; hacer música significa integrar todos los elementos inherentes  a la propia música” (p. 24).

En muchas ocasiones el director puede comportarse como miembro del grupo y contribuye con su especialidad y en forma colaborativa a completar cada una de las tendencias armónicas del conjunto.

En estos dos comportamientos del director hay que resaltar la capacidad inspirativa del mismo: debe dotar de aliento y de vida cada una de las notas para que ellas vivan en cada uno de los intérpretes, más aun, para que ellos se inspiren produciendo así una expresión conjunta dotada de armonía y belleza.

La virtud de la música, como de muchas otras obras de arte, es que transforma a las personas que la contemplan o la escuchan. Una característica de la belleza y la armonía que las obras de arte tienen es su poder transformador porque penetran capas vitales e internas del público, producen revelaciones que en otras circunstancias no afloran fácilmente, e invitan a cambios anímicos y espirituales.

En esta expresión del arte podemos ver, como se ve en la pintura, manifestaciones significativas de liderazgo.

Si bien el líder puede y debe tener la visión que direccione la actividad del grupo, esta debe ser compartida  e incluso ajustada con la participación del mismo. Hay mayor involucramiento cuando los miembros aportan al todo unificador de la visión y, más aun, cuando la hacen propia. En esto la confianza que irradie el líder es importante ya que ella es asimilada por el grupo y orienta con solvencia las actuaciones de cada uno. Al igual que en la interpretación musical todos deben escuchar a los demás, al mismo tiempo en que ellos actúan, en las grandes decisiones el líder debe lograr que cada uno de los miembros, sin menoscabar su papel personal, identifique y armonice con el papel de los demás miembros. En muchos casos el liderazgo requiere ponerse al lado de sus seguidores o subordinados para realizar en conjunto con ellos la tarea propuesta. Esto es altamente motivador especialmente cuando las personas involucradas son jóvenes en proceso de aprendizaje pues ven que el líder no solo dice sino que hace en plena membrecía con ellos.

Algo que puede resumir la actividad propia del artista y su connotación en el campo del liderazgo nos lo expresa Andres Sevilla (1996) en su opúsculo titulado “El ocaso del director, la emergencia del gerente y el renacimiento del empresario”:

“¿Cómo es la dinámica operativa del artista? El artista contempla con toda atención todos los elementos que  podrían integrar su creación. Atiende con tal intensidad que nada se escapa a su atención. Una vez que ha reconocido todos los elementos integrables, imagina su integración. Con su imaginación, contempla todos los elementos descubiertos por la atención, de una forma integral y armónica, sin dejar nada fuera. Y finalmente ejecuta, pone en acción lo que ha imaginado. Por ejemplo, el pintor capta con su atención todas las luces, colores y sombras que están en su entorno, después, con su imaginación, los integra y armoniza; y finalmente con su inspiración, ejecuta toda la obra pictórica. El compositor musical con su atención capta todos los sonidos integrables, con su imaginación los armoniza entre sí; y finalmente, con su inspiración, realiza, ejecuta la obra musical”.

Vemos entonces la importancia de la atención, la imaginación y la inspiración en el proceso creativo y, obvio, en el arte del liderazgo.

El arte del liderazgo podría quedar ejemplificado en el caso de Lyautey, general francés, según la biografía de André Maurois (citada en De Peretti, 1971, pp. 103-104):

 “Lyautey llega en 1912 a Fez como general residente cuando esta villa estaba cercada por cien mil Bereberes, revolucionarios. Hay unos quince a veinte mil soldados franceses. La situación es dramática. Lyautey reúne a todos los generales y los coroneles, los cuerpos de infantería, artillería, caballería e ingeniería; toma con ellos las disposiciones de combate, definiendo el conjunto de operaciones para rechazar a las tribus; él procura que los objetivos estén bien claros, los roles bien definidos, los métodos firmemente fijados y los medios de acción repartidos juiciosamente. Tiene cuidado de que se establezcan las comunicaciones. La norma consistía en estar en la cohesión más fuerte y las sanciones son, sin duda alguna, íntimas. Una vez terminado de fijar el plan de batalla y la redacción de las instrucciones, Lyautey se vuelve a un capitán de su estado mayor y le dice: Drouin, usted es poeta, a usted le gusta la poesía, ¿quiere recitar un poema?”.

En el comportamiento de Lyautey se mostraba que precisamente la función de un jefe o líder es distribuir la autoridad y regular el mando, y para ello planea, organiza y dirige; cada uno de sus colaboradores debía, en su esfera particular, en cuanto a comandante responsable, actualizar esa autoridad, o sea, poner en práctica los comportamientos motrices y volitivos que permitan que dicha autoridad esté presente en todas partes, hasta en la iniciativa particular de cada individuo combatiente. El papel de él como jefe y líder era hacer que cada uno estuviese en su puesto, que dispusiera de los medios útiles y de los poderes necesarios para ejercer el mando con el fin de asegurar el crecimiento de las variables del grupo. Por ello, entonces, después de cumplido su papel Lyautey le dijo a Drouin: “Capitán, ¿Quiere usted declamar un poema?”

Liderar, en el contexto que manejamos, es realizar no sólo la dirección de las personas, sino también contribuir a, o definir las metas y objetivos, al igual que establecer los recursos y distribuir los medios, empoderar a cada uno de los miembros del grupo para que realicen con autoridad,  y en conjunto con el líder, el proceso completo hasta lograr la misión y la visión trazadas como proyecto final.

En esta concepción del liderazgo como arte también podemos concebir al líder  como un arquitecto social, como alguien que posee el arte de la construcción de la sociedad, que logra que los procesos sociales estén nutridos de vida, de fuerza vital, que no se vuelvan estériles ni languidezcan. Para ello la creatividad es importante. El líder como arquitecto social imagina, diseña, construye la arquitectura de la sociedad a través de nuevas instituciones, nuevas estructuras, nuevas formas de relacionamiento para resolver los conflictos vigentes o subyacentes. Al estar apoyado por un amplio conocimiento de lo humano social y poseer un buen conocimiento de sí mismo  es capaz de prefigurar nuevos modos de  solución a los diferentes problemas que afectan a la comunidad. Cuando el líder se expresa de este modo artístico esta manifestando sus características más nobles  y sutiles. En ese ejercicio se enlaza con  los seres humanos y su acción produce resonancias en lo anímico de los demás. Su liderazgo es inspirativo.

Referencias

  • Baremboim, Daniel (2008). El sonido es vida, el poder de la música. Norma, Bogotá, Colombia
  • Basille, Joseph (1970). La formación del líder 1980. Euramerica, Madrid
  • De Peretti, André (1971). Libertad y relaciones humanas, Marova, Madrid
  • Sevilla, Andrés (1996). El ocaso del director, la emergencia del gerente y el renacimiento del empresario. Revista Cuadernos de Administración No. 23. Facultad de Ciencias de la Administración, Universidad del Valle, Cali.

Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *