Sociedad,  Universidad

El liderazgo social universitario

Además de que la universidad forma profesionales para el desempeño eficiente de sus tareas en los diversos ámbitos del actuar humano, también debe contribuir a formar seres humanos capaces de convivir armónicamente en los diferentes conglomerados sociales donde se desenvuelvan. Lo anterior dimensiona el contexto social para la actuación universitaria, y le plantea el reto de ir más allá de la formación instrumental, técnica o profesionalizante.

De esta manera se logra que los derechos  y deberes  se respeten y se cumplan, las relaciones  humanas se armonicen, y los conflictos se resuelvan de manera constructiva para los actores involucrados. Así, el carácter de ciudadano se afirma con procesos participativos y democráticos que confluyen en la madurez política de la sociedad. Esta, por lo tanto, no es una tarea adicional, es parte del proceso global de formación integral que tanto reclaman los individuos y la sociedad.

¿Cómo puede la universidad asumir esta responsabilidad?

En primer lugar, debe trascender la formación “profesionalizante” a la cual ha tendido en los últimos decenios. Lo anterior significa que debe formar profesionales con gran capacidad para el desarrollo eficiente de sus tareas, con potencial para desarrollar experticia, y crecer con el enriquecimiento y las innovaciones tecnológicas en el campo de su saber. Debe dotar al currículo con las herramientas, técnicas e innovaciones tecnológicas, procesos y modos de investigación consecuentes con las exigencias de competitividad internacional. Con todo lo anterior, la universidad contribuye a que la economía del país mejore, y se inserte en el orden global moderno, y a que el índice de desarrollo humano se eleve. Pero esto es sólo una parte.

En segundo lugar, es necesario enriquecer el currículo de las diferentes disciplinas con contenidos sociales provenientes de las ciencias humanas, de las ciencias sociales y del arte. Esto constituye un apoyo valioso para generar en el estudiante visiones que trasciendan el marco puramente económico de la profesión,  del trabajo y del desarrollo personal.

Aquí la universidad penetra en la arena de lo político y en la preocupación por desarrollar categorías sociales útiles para el afianzamiento de la democracia, tales como tolerancia, armonización de intereses, conocimiento, respeto por el cumplimiento de derechos y deberes, solución negociada de conflictos y búsqueda incesante de la paz. Esto le permite a la universidad construir sociedad, pues empodera a los  individuos para resolver eficázmente diversidad de situaciones que se presentan  en el camino hacia una verdadera democracia.   

Todo lo anterior requiere como columna central del proceso formativo el apoyo de los docentes, quienes deben, igualmente, tener una formación social que les permita comprender los procesos políticos, tanto de las organizaciones como de la sociedad en general. Si el profesor no posee dicha formación, la universidad puede ofrecerla mediante seminarios y programas de formación docente con una buena porción de contenido social.

En la medida  en que  la docencia, los métodos de enseñanza y la conducción del grupo, generen  espacios curriculares para la discusión, el debate,  la disensión y los acuerdos, para la solución de conflictos, el aula universitaria se puede considerar  una “arena de lo político”.

Pensemos que en gran medida la sociedad está representada en el aula, y que  el resultado neto y medible de la presencia en ella, no es solo aumentar el conocimiento útil y pragmático para la eficiencia laboral, sino también la capacidad y la madurez para la eficacia social.

Si la universidad cumple a cabalidad un proceso formativo para la vida social, está aportando al desarrollo anímico y emocional del estudiante, ya que esto constituye un camino hacia el autoconocimiento y el autodesarrollo. El ser humano no es sólo un intelecto que podamos instrumentar  a través de las tecnologías  y de la información estadística y matemática. Es también emoción y sentimientos, que se expresan en el campo de los valores, de las decisiones éticas y de las aspiraciones morales; el ser humano existe en relación con otros,  crece y madura en esta relación. Por lo tanto, la universidad tiene la obligación de contribuir a educarlo para elevar su categoría de ciudadano en cada decisión personal.

Crecer  y desarrollarse como ciudadano es una tarea cumbre que la mayoría de las veces queda ignorada, y casi siempre sometida a los vaivenes de la formación intelectual para la comprensión y dominio del mundo de las cosas. Pero  la vida social no es solo el dominio de  dichas  cosas, sino  el manejo eficaz de relaciones en gran parte invisibles: poder, sumisión, sometimiento, narcisismo, intereses, sentimientos de inferioridad o superioridad, extensión de los territorios, miedos y temores. Toda una panoplia de emociones y sentimientos en juego que solamente seres humanos bien formados pueden develar en la arena de las relaciones sociales. Además, existe una gran ignorancia sobre los derechos y deberes que relacionan a los seres humanos entre sí.

Como consecuencia, los encuentros se dan en términos de confrontación, a veces  de negociación, y casi nunca de colaboración. De ahí que en las sociedades violentas e inmaduras solo unos pocos socavan el derecho de la mayoría, y ejercen dominio sobre las personas. Pero lo que se constituye en un problema se convierte en oportunidad para crecer y madurar en la construcción de soluciones. La solución  es solo la educación, no solo para los estándares de la economía global, sino para la solución de los problemas endógenos, y para el avance civilizado hacia sociedades democráticas

Si la universidad da un paso en el sentido hacia la formación de ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes, capaces de agenciar sus propias necesidades y requerir su cumplimiento, podrán exigir rendición de cuentas a aquellos a quienes han delegado su representación.

Si sus egresados son hombre y mujeres formados con una visión universal, estarán  conscientes de los paradigmas de  la sociedad moderna, y comprenderán cómo el ethos propio de su cultura afecta las decisiones  de ultramar. Si se insertan en el mercado laboral sin convertirlo en un santuario para el disfrute egoísta de sus necesidades, sabrán que hay otro mundo que reclama su vocación de servicio. Si son conscientes de sus derechos y deberes, no pretenderán soslayar los derechos de los demás por más que les beneficien. Si lo anterior se inserta  en el currículo abierto y oculto entonces  podemos decir que la universidad está formando ciudadanos,  y está cumpliendo  con el liderazgo social que la sociedad le reclama.


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Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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