Se ha entendido que las funciones básicas de la universidad son la docencia, la investigación y la extensión, las cuales cumplen tareas tales como formar al hombre, generar y recrear el conocimiento y servir a la sociedad. Estas funciones básicas tienen como unidad fundamental para su desempeño al profesor, quien realizándolas eficazmente contribuye al desarrollo de las personas y al desarrollo de la sociedad.
Podemos pensar que los fines últimos de una educación son la formación de personas que sean capaces de hacer bien su trabajo y en este sentido están contribuyendo eficientemente al mejoramiento de su comunidad y país; que sean capaces de convivir y relacionarse armónicamente con otras personas aunque no pertenezcan a su grupo, etnia o nacionalidad, y con ello están contribuyendo a construir la madeja social de modo tal que los conflictos y problemas se resuelvan armónica y democráticamente; y por último que sean capaces de actuaciones éticas de modo tal que no sólo se construyan a sí mismos como personas sino que con su actuación contribuyan a la construcción y desarrollo personal de los que lo rodean. Una educación así, integral y humana, contribuye a desterrar o a minimizar flagelos que azotan la vida social, económica y cultural de las diferentes sociedades de nuestro tiempo.
En el contexto de los países en vía de desarrollo inscritos en el eje de la economía internacional, con política de apertura y de globalización, la exigencia de calidad y competitividad se traslada no sólo al sector económico sino al educativo pues en el primero se debe tener eficiencia y eficacia avalada desde las instituciones educativas por la excelente formación de sus trabajadores, empleados y directivos. La universidad no es ajena a este compromiso, más bien es actora responsable de dichos resultados pues compete a su función formativa, investigativa y de asesoría y extensión un gran aporte para que los países se inserten con certeza y autonomía en la economía internacional. La educación superior o universitaria tiene, pues, hoy día el reto de lograr el apoyo de los gobiernos y de los sectores económicos para lograr consolidar reformas educativas en proceso – o iniciarlas -, con el objetivo de prefigurar sociedades autónomas y libres en lo cultural, democráticas en lo social y autosuficientes en lo económico. Estas reformas deben contemplar:
- Una formación integral del estudiante.
- Una respuesta sabia a las diferentes necesidades de la sociedad.
- Una mayor capacidad orientadora de los grandes proyectos de desarrollo local, regional o nacional.
- Una capacidad armonizadora para mediar y dar respuestas, desde su saber, a los diferentes tipos de conflictos que aquejan a la sociedad.
- Una autonomía universitaria en desarrollo, para mantener el espíritu de independencia del saber sin subordinarlo a las exigencias de la economía o de la política.
- Una mayor universalidad dentro de la diversidad que caracteriza las múltiples integraciones posibles dentro de la lógica de la expansión de las comunicaciones y la globalidad de la cultura, de la economía y de la ciencia.
¿Qué papel juega el profesor en este proceso?
Todo lo que en lo anterior se observa como macro se reduce a una relación biunívoca: la relación profesor alumno, pareja que en el interior del aula, o fuera de ella, y en el contexto de la relación pedagógica, deben gestar respuestas a los problemas de desarrollo preanunciados.
El profesor, en este caso el universitario, es una unidad fundamental en el cumplimiento de las funciones básicas de la universidad; sin él no sería posible ni la docencia, ni la investigación, ni la proyección social, o sea: ni la formación de los nuevos ciudadanos, ni las respuestas armonizadoras y racionales a las demandas de la comunidad, ni tampoco la función orientadora en los desarrollos de la sociedad en general. Se considera que hay mucho por estructurar, desarrollar y cimentar en la universidad para que cumpla a cabalidad sus funciones, y se considera, también, que el rol del profesor debe ser actualizado y dinamizado frente a los nuevos paradigmas que constituyen un reto para la universidad.

Si el profesor facilita la adquisición de un saber técnico, profesional o instrumental en el alumno, está contribuyendo al ejercicio de la autosuficiencia en el alumno y facilitando respuestas a las demandas sociales por ese conocimiento; si un profesor hace de su relación con el alumno, y de la interacción con todos sus alumnos, un espacio para el diálogo, la disensión, la discusión constructiva, el trato respetuoso, la tolerancia reciproca, la comprensión de las múltiples afinidades y la superación de las diferencias, entonces ese profesor contribuye a una mejor convivencia social, a una construcción solidaria y responsable de la sociedad. Y si el profesor facilita, a través del contacto pedagógico con el alumno, que este se descubra y se conozca, reflexione sobre sus capacidades y deficiencias, se valore y fije metas más reales de desarrollo, este profesor está contribuyendo a que florezca en el alumno la autoestima, el autorespeto, la responsabilidad y la ética. Tiene pues, el profesor esa triple tarea: investigar y conocer lo propio de su profesión, ser una persona capaz de generar convivencia y armonía en su entorno de modo tal que la sociedad se estructure con firmes bases democráticas y civiles, y, finalmente, desarrollarse como una persona culta y universal capaz de su propia autoeducación.
Se entiende, en este marco de referencia, que aquel profesor que orienta su relación con la institución y más específicamente con el alumno en la triple dirección antes formulada, dicho profesor ejerce una función de liderazgo, de guía, de conductor, de orientador, y es en este marco donde el ejercicio docente se inscribe como modelo de liderazgo.
Lo anterior significa que el profesor debe estar en capacidad de atender no solo la vida intelectual del alumno sino también su vida emotiva y su voluntad. Para la primera le basta enseñar las lógicas propias de su disciplina o saber, los métodos de acceso a ese conocimiento y las herramientas para su aplicación. Pero ello no es suficiente a una educación integral. Es necesario que el profesor dirija la relación pedagógica de modo tal que el aula, el espacio académico, connote un ambiente tal, que las simpatías y antipatías, los intereses y los conflictos, las diversas manifestaciones de valores, actitudes y creencias se expresen de modo que se incremente la tolerancia, se acepten las diferencias y se actualicen los derechos y deberes, los mutuos compromisos y la vocación del educador para generar en ella mayores espacios de autonomía, libertad y responsabilidad para el alumno. Es igualmente necesario que el profesor se erija a si mismo en un proyecto de vida que le implique conciencia de su propio desarrollo, sus éxitos y fracasos, sus barreras y limitaciones, de modo tal que sea capaz de aproximarse al alumno con suficiente respeto, estimación y consideración, para generar circunstancias que faciliten al alumno saber de sí mismo, y decidir, con mayor libertad y responsabilidad, frente a las diferentes opciones que la vida le plantea. En este sentido el profesor mismo debe ser capaz de autodirección y liderar su propio desarrollo.
Consecuente con las ideas anteriores la formación del docente debe estar orientada en primer lugar a hacerlo diestro en el manejo de las herramientas, técnicas, métodos y procedimientos propio de su disciplina o campo de saber, con esto se habilita en su saber profesional. En segundo lugar, el esfuerzo formativo debe centrarse en hacerlo hábil en la comprensión y manejo del alumno y del grupo, en el dominio de lo humano social, y para ello las ciencias humanas y sociales deben estar permeando significativamente el currículo. Por otro lado, y finalmente, la formación del docente para que sea tal, debe facilitar el conocimiento de sí mismo, la profundización en sus propias características y valores, actitudes y aptitudes, intereses y tendencias, y, sobre todo, generar, en él, el valor para enfrentarse a sí mismo y aceptar la información significativa y relevante sobre sí, que proviene de los demás. Una formación docente tal se constituye, igualmente, en programa de capacitación permanente para los educadores, en cualquier nivel educativo y para cualquier programa, disciplina o campo del saber.
¿Cómo se manifiesta el liderazgo en la triple relación enunciada?
El profesor, por tener un saber profesional, tiene algo con qué relacionarse con el alumno; esta es la excusa válida, y ella le permite el ejercicio inicial de intercambio y proceso de influencia en él. Pero si se queda, exclusivamente, en este dominio formativo, la preparación del profesor es y seguirá siendo monodisciplinar, instrumental y con tendencia a la experticia, buscará la eficiencia educativa, (que termina siendo entrenamiento) tanto en el alumno como en él mismo. Cada día, observamos cómo este dominio profesional empieza a ser compilado en paquetes informáticos que pueden sustituir con creces, al profesor, en la tarea de transmitir conocimientos, técnicas o manejo de herramientas. Esta, es verdad, la primera relación de liderazgo, pero es un liderazgo pobre, quizá instrumental, más ubicado en el rol de la disciplina que se maneja que en el campo más basto de la formación integral del alumno.
Por otro lado si el profesor maneja un saber humano social y tiene la sensibilidad necesaria para acercarse con ópticas complementarias a la formación del alumno, el profesor empieza a develar mucho de ese currículum oculto o subyacente que complementa la formación del alumno; interpreta con suficiencia los comportamientos de los alumnos y del grupo en general y los observa en términos de contextos más amplios, allende el aula y el espacio escolar: la familia, la cultura, la sociedad, la generación, etc. Es capaz, se nos ocurre, de enlazar la eficiencia instrumental del conocimiento con la eficacia social de la formación porque ha superado la monodisciplinariedad diluyéndola en las circunstancias sociales y humanas que la soportan. Este saber humano social es el que le permite a un líder captar los anhelos profundos de un pueblo y las vertientes que confluyen en la nacionalidad, la identidad y el arraigo, de ello surge la capacidad para interpretar las concurrencias sociales y, de modo sintético, tener una imagen de lo que sucede y se espera. Para el caso del profesor, en el aula y con el grupo, el sentido de liderazgo anterior prevalece: significa captar las corrientes culturales manifiestas en el aula y en el sistema educativo en general, las idiosincracias, valores, comportamientos y actitudes, y la carga emocional presente o latente en el aula, significa saber interpretar todo o parte de esto y orientarla dándole soluciones armónicas y creativas.
En tercer lugar, el saber de sí mismo es un imperativo ético para la función de liderazgo profesoral, pues el autoconocimiento es una condición necesaria para conocer a otros y no proyectar en los demás nuestros prejuicios o asumir falsas identificaciones. Quien sabe profundamente de sí mismo es capaz de vislumbrar en sí, con mayor o menor intensidad, la universalidad del psiquismo humano. En él se condensa, como en todo ser humano, la multidiversidad del hombre. La función de liderazgo, orientada al desarrollo de otros, a la guía, orientación y conducción de otros, exige saber de ellos y sólo un líder que no se ignore y se oculte a sí mismo puede penetrar en el recinto oculto de sus seguidores.
Esta triple relación del educador con el alumno, con el conocimiento y con la sociedad, está amparada en los fines y misiones de la universidad, la cual de un modo más extenso y como ente institucional realiza la tarea educativa en un nivel superior.
Debe ser, entonces, preocupación de la universidad generar circunstancias para que sus profesores realicen a plenitud su tarea educativa; para ello debe propiciar el acceso al conocimiento facilitando la investigación, la profundización en los diferentes campos del saber que la distingue. Debe, también, tener una constante preocupación por conocer e investigar la sociedad para así servirla mejor y facilitar que la tarea educativa esté imbuida por ese conocimiento y contribuya a la armonización de los ciudadanos y a la convivencia social. Debe, finalmente, saber del hombre para que sus profesores manejen una relación con el alumno que contribuya a su desarrollo por medio de la conquista de mayores espacios de libertad, conciencia, autonomía y responsabilidad; así, de este modo, la universidad cumple con sus funciones de formar al hombre, investigar el conocimiento y servir a la sociedad, lo cual, en una esfera más reducida se refiere a la triple relación pedagógica del profesor con sus alumnos. He aquí una auténtica función de liderazgo universitario y profesoral.


