Educación,  Formación

Parábola del liderazgo

El arte de elevar cometas

Hay tres cosas que debe aprender quien pretende ser diestro y hábil en el arte de elevar cometas:

  1. Aprender a hacerlas
  2. Aprender a elevarlas y a disfrutar con ellas en el aire
  3. Aprender a recuperarlas completas o por lo menos reparables para iniciar el proceso de nuevo

El aprendizaje  del arte de elevar  cometas empieza desde la niñez, aunque se puede adquirir en la vida adulta; pero se requiere  tener alma de niño para disfrutar este arte.   Una poesía que escribí en un “Calendario Intimo” dedicado a mi esposa, refleja un poco el modo en que los pequeños se aproximan a este bello y apreciado arte.

¡ Auuuffffffff¡ sopla el viento

y en sus caminos va elevando

la cometa de mis niños.

“¡Un mensaje le enviaremos

a las nubes!”,

-¡pero, mira, si te envuelves en tus alas

de crisálida, en un soplo tu solito

allá te subes!-,

“¡¿y si me caigo?!”

-¡Inmediatamente en la cometa

Tú te sientas y envolviendo la piola

En el ovillo, en la tierra

Muy pronto estas de vuelta!-

En agosto sopla el viento

Y en sus acentos voces lejanas

De otras tierras trae,

Alrededor del globo tejen

Una cinta, con grabaciones

Perennemente cósmicas.

Uno puede comprar una cometa, si quiere, hecha por un fabricante, y con seguridad, si es diestro,  entregará una bien diseñada  y con las condiciones que aseguren su propósito, pero hay tanto gusto y sabor en hacerla uno mismo, y en hacerla bien, que quien dicha tarea emprenda debe saber de materiales, de diseño, de tamaños y proporciones, de formas y quizá del viento y de las nubes y otras cosas.

Para empezar, el constructor debe tener una imagen de lo que quiere: una cometa?, un barrilete?, un… ¿de cuál tamaño?, ¿de qué material?; debe precisar las características aerodinámicas de la misma: es conveniente imaginarla, soñarla, abstraerla y concretarla. Todo lo anterior requiere el dominio de una técnica: la de hacer cometas. Se debe pensar que tanto una cometa grande como una pequeña pueden ir tan lejos como la habilidad de quien la eleva, incluso hay que probarla, ensayarla y corregir los defectos antes de entregarla a alguien para su disfrute. ¡Es una enorme responsabilidad la que tiene este fabricante de cometas!, pues ¿de qué otro modo podría asegurar el éxito y el disfrute de ese ejercicio de elevarla?, y si es él mismo quien la eleva qué regocijo o frustración no se obtendrá al observar los resultados?

Una cometa bien hecha está lista para el vuelo, para surcar el aire y el espacio y remontarse a alturas desconocidas, para liberar sus ansias de territorios vírgenes y otear desde allí nuevas fronteras superables con un poco más de altura; una cometa es una criatura del aire con un sostén en la tierra. Para elevarla, quien lo hace debe buscar el lugar y  el terreno apropiado, aquel que asegure el mayor impulso inicial y distancia suficiente para el corretaje de elevación, es decir cada cometa requiere su propia pista de decolaje, solo que en este caso es quien la guía o sostiene quien debe iniciar el ejercicio que la impulse.

Antes de elevarla y quizá en el camino hacia el lugar,  el Cometero (llamémoslo así mientras la real academia de la lengua le busca un nombre más apropiado o consagra el nuestro como el único y suficiente para designar a aquel que conduce, guía o manda a las cometas desde el suelo, es decir las eleva) se deleita imaginándose cómo va a hacerlo y la ve ya encaramada en el cielo. A las cometas las amamos demasiado, mucho más si son las nuestras, las que hicimos, pues ya llevan nuestra energía y nuestro anhelo; en ellas se reflejan nuestras aspiraciones más elevadas. Al elevarla ella lleva el calor  y la ternura de su guía, y desde mucho antes, y más cuando la eleva, crece una relación íntima con ella y a través de ella él expresa recónditas emociones; entre los dos empieza a desarrollarse una compenetración y amistad únicas, necesarias para enfrentar los vaivenes, infortunios y exigencias de su vuelo mágico.

También hay quienes hacen de la cometa expresión de su dominio y soberanía  y las tratan como a cualquier cosa. De todos modos al iniciar el vuelo tanto la cometa como su guía saben que el trabajo hay que hacerlo juntos  y solo si inician una buena e íntima comunicación podrán tener éxito.

Desde su base el guía impulsa la cometa hacia el vuelo, es una invitación para que entre en nuevos territorios. Al elevarla no hay tensión, solo le pide que se atreva, que se arriesgue, que conquiste el espacio e inicie el recorrido por los meandros misteriosos del viento y de la luz; que abandone su timidez dejando que la brisa la bese, que el viento la azote y acaricie, que en lo alto se mesa y se acune.

Poco a poco, si los vientos son favorables, ella va elevándose e inicia su ruta hacia las alturas, esa es su aspiración y su ideal; hay un sentimiento de libertad aflorando en sus primeros intentos por conquistar la ingravidez pero su avance es tímido y requiere del impulso de su guía,¡ mira aquí estoy , no te preocupes que yo te sostengo mientras cobras altura!, ¡no temas que no dejare que te dañes!, ¡animo!, ¡animo!, ¡tú puedes, eres capaz!, ¡solo necesito ponerte en tu propio terreno y veraz lo bien que te vas a sentir!, y corre delante de ella avanzando en el espacio terreno lo que ella debe conquistar en el aire, ¡nunca el hombre fue tan intuitivo geómetra como ahora! Y ambos se regocijan trazando miles de triángulos captables con el hilo invisible de la imaginación.

¡Ya es hora de irle soltando piola, pero ojo que no tiene mayor altura, elevémosla un poco mas¡, ¡Vamos!, ¡Vamos!, pero, ¡espera!, dice la cometa, ¡me siento como una gelatina, blandengue y sin piso!, no hallo todavía ningún soporte, ¡tenme fuerte, por favor!, y el hombre reinicia su carrera para elevarla unos metros más, recoge la piola, casi toda, la sostiene, le suelta un poco, la sostiene otra vez, la arrea, quisiera él mismo soplarle el aire de sus pulmones, casi entregarle su hálito de vida para que ella culmine su peregrinar por los caminos del viento.

Entretanto la cometa ha rebasado las copas de los árboles y en su camino se cruzan avecillas de diferente color y tamaño, siente que una suave brisa está inundándola toda y ve venir la promesa de nuevas revelaciones; su guía empieza a largarle más piola  y con suaves, a veces, y en otras, fuertes tirones, le insta a cobrar más altura, mas visión, mayor alcance a su óptica. La felicidad de la cometa es incomparable pero tanto igual o mayor es la de su guía quien la ve alejarse para librar batallas más serias y fuertes en nuevos territorios. Hombre y cometa son uno solo unidos a través del arco, casi invisible, del hilo, pero, ¡cuidado!, parece haber entrado en un torbellino de aire  pues desde abajo su guía siente que se agita y la ve voltear y desplazarse a derecha e izquierda con insistencia. ¡Tranquila!, ¡de esta salimos, no te preocupes¡, ¡que tu estas hecha para sortear eso y mucho más y yo te tengo bien agarrada con mi corazón y mi mente¡, ¡animo!, ¡todo está bajo control!.

Pintura "Elevado Cometas" en acuarela por Leonel Monroy
Elevando Cometas
Todos los Derechos Reservados, Leonel Monroy 2008

Poco a poco la cometa va recuperando la confianza y siente que hay alguien allá abajo que palpita con sus infortunios y alegrías, que la sostiene y la guía  mientras ella va encontrando los caminos que la conducen más arriba, quizá cerca del sol que empieza ya a mirar para otro mundo. Mientras esta en este estado  hay una quietud  y tensa calma  que tanto la cometa y su guía aprovechan para ocuparse en sus propios pensamientos, en sus particulares preocupaciones. La tensa quietud del hilo le transmite al guía la calma relativa en que se halla la cometa y él se regocija, mirándola desde su distancia, cómo ella se sienta serena sobre el viento que corre raudo por sus flecos sin perturbarla; ella está enseñoreada del espacio y  desde la altura contempla lo que pasa a su alrededor y lo que ha dejado atrás, ¡solo le queda futuro por conquistar! Entretanto su guía se ha sentado sobre la hierba y con calma segura y confiada mantiene en sus manos el hilo, pasándolo, de cuando en vez, a las de su hijo, el pequeño, con el que ha ido a elevar la cometa. ¡Mira hijo!, ¡tómala ¡, ¡agárrala bien fuerte para que no se te vaya¡, ¡no la sueltes!, ¡sí!, ¡sí¡, ¡está halando, pero tú no debes dejarla escapar de tus manos por que la perdemos!; pero, ¡papi!, ¡me esta arrastrando!, ¡no aguanto más!, -¡aquí estoy!, ¡tranquilo!, que yo sostengo el hilo detrás de ti , tu solo tócalo, siéntelo como se templa, como pide más, como nos dice que quiere, que anhela, escaparse hacia el cielo , que quiere subir más y más!-, y le suelta más piola. ¡Vamos, cometa!, ¡vamos¡ ¡sube!, ¡sube!, ¡que quiero verte bien alta!, ¡quiero transportarte al confín del universo si es posible pues tu dicha es la mía!; vamos, ¡sube!, ¡sube!, y le sigue soltando piola y más  piola. La cometa se siente desfallecer por un momento, como si un vacío hubiese anidado en su estómago. -¿Qué me pasa?! ¡Me falta la firmeza que tenía!, ¡algo me arrastra!, ¡¿adónde iré?! pero ¡calma!, ya conozco estas situaciones y sé que son pasajeras- y siente que la halan desde abajo con insistencia y que recupera altura y que la vuelven a soltar y que la vuelven a recoger y se da cuenta que se esta aproximando a nuevos territorios,  y entra en un mar de calma y tranquilidad nubosa que ya casi siente sueño. Fatigada por el ir y el venir, por el subir y el bajar,  la cometa se deja llevar por la suave brisa y se extasía con la claridad luminosa que reina en ese espacio, incluso si mira hacia abajo a veces pasan nubecillas que hacen casi invisibles a su guía y al niño, siente como si estuviese sola, como si fuera autónoma y libre, como si ya no dependiera de nada para remontarse en el cielo, siente como si hubiese encontrado al fin su hogar. Ya ha librado varias batallas y la tranquilidad es justa y necesaria, el esfuerzo no ha sido en vano, “aquí estoy, cual si fuera nube, cual si fuera sol, cual si fuera el mismo aire, ¡aquí estoy como verdaderamente soy!”

Pasaron muchos minutos, el tiempo parecía eterno y fijado a las reflexiones y fantasías que se tejían en la mente del hombre y del niño; la cometa se mecía en lo alto y la suave tensión del hilo transmitía el calor y la ternura que los embargaba, sus mensajes eran mutuamente dulces y tiernos, de reconocimiento, de apoyo y de agradecimiento. El hombre  sentía que la cometa era una prolongación de él, una proyección de sus propios anhelos y deseos, algo que el siempre perseguía y que en muchas ocasiones lograba, un triunfo, una superación, una elevación por encima de las mezquindades, una ascesis misteriosa de su espíritu hacia niveles de mayor conciencia y libertad; la cometa era su corazón lleno de fuerza y vitalidad, presto tanto a la lucha como al amor, dispuesto a la batalla , a la compasión  y a la paz, la cometa era su fiel representación.

En estas cavilaciones estaba el hombre cuando sintió una tensión exagerada en la piola, unos tirones misteriosos, unos como gritos de angustia de la cometa que parecía pedir auxilio, fijó entonces su vista en la distancia, con mayor agudeza, y vio que  en lo alto la cometa se sacudía, parecía como si fuertes vientos la azotasen y cabeceaba de un lado a otro en su ansía loca por encontrar un camino, una ruta de salida de aquel remolino que la envolvía y que quería tragarla. En momentos ella se erguía y se empinaba hacia la altura ascendiendo con rapidez, en otros  descendía en picada queriendo llegar al suelo casi  en un instante pero de inmediato gestaba una curva y se elevaba rauda  de nuevo y danzaba trazando elipses misteriosas a su paso, el hombre solo la sostenía y ella se esforzaba por los meandros del viento encontrando la ruta de salida a aquel percance en que se hallaba envuelta. El viento la hería con furor en sus costados, sus flancos gemían  de dolor cuando este la azotaba, se sentía casi desgarrada e impotente, sin embargo se sostuvo y con firmeza vadeo las orillas del viento, ascendió a su lomo y viajo aupada en él hasta que este empezó a disminuir y se fue suavizando poco a poco, la batalla estaba ganada aunque algo había perdido en ella, una pequeña rasgadura en su costado inferior derecho empezaba a perfilarse y era necesario cuidar de que no aumentara. Era conveniente  no exponerse a corrientes fuertes de viento que pudieran agrandarlo.

Pasaron otros instantes , no se supo cuantos, y la  cometa reinaba en lo alto como lo hace el ganado cuando pace tranquilo en una estepa o llano, con absoluta tranquilidad y sosiego; desde abajo solo se veía un pequeño rombo casi estático, inamovible, erguido sobre un hilo perpendicular a la tierra que en su extremo era invisible; la cometa parecía o más bien era una estrella que colgaba del cielo; su guía clavó entonces, oblicuamente a la tierra, un trozo de palo afilado en la punta y asegurándose de su firmeza y su fuerza envolvió varias veces la piola en su base y le hizo un nudo y se acostó sobre la hierba a mirarla, con las manos recogidas detrás de su cabeza, mientras su pequeño correteaba entre otras personas que se habían sumado  a disfrutar del placer de elevar cometas. Se estaba hundiendo en sus propios sueños cuando oyó el grito del niño, ¡papi!, ¡papi¡, ¡mira que bonito se ve el cielo lleno de cometas!, y en verdad, el firmamento aparecía surcado por barriletes, cometas, zumbadores, pájaros de tela  e innumerables tendidos de piola cruzándose en todas direcciones; miró a la distancia para ubicar su cometa y vio que otra estaba muy cerca, con su hilo subtendido  casi a punto de enredarla, se dio cuenta entonces del enorme peligro que sobre ella se cernía y se levantó con rapidez tomando el hilo en sus manos e inició el trabajo defensivo para evitar que se enredara o que la enredaran las demás cuerdas que por allí estaban surcando; todo iba bien cuando de repente miró que un barrilete que estaba por encima de su hilo, aunque más cercano, dio un giro imprevisto y cayó sobre la piola dando una vuelta completa sobre ella; la cometa dio un grito de pánico sintiendo que el peso del barrilete la halaba hacia abajo desaforadamente, si él hubiese estado más cerca habría  observado cuan pálida se puso y el gran temor que la embargó, pero él, que era consciente del peligro, empezó  a maniobrar y la retuvo mientras gritaba al que conducía el barrilete: ¡tenlo fuerte!, ¡no le sueltes más piola¡, ¡espera a que él se estabilice para que empiece a recobrar  su posición original y luego le ayudamos a que se desenrede, ¡espera¡, ¡espera!, y, en efecto, ambos se estuvieron quietos sosteniendo sus respectivas cometas durante un rato mientras el barrilete a veces giraba sobre sí mismo queriendo arrastrar la cometa  que se tensaba, casi hasta romper el hilo, queriendo escapar de este abismo inexorable que parecía esperarle…, poco a poco el viento amainó, y nuestro cometero le dijo al otro: ¡vente y pásate por encima de mi cuerda y regresa por debajo a tu punto de partida y así mi  cometa y tu barrilete quedaran libres!; así se hizo y de nuevo la cometa respiró amplio y profundo y se irguió con más velocidad  a recuperar el camino perdido en el descenso, en verdad ella quería quedarse reinando en las alturas por siempre jamás y aprendió que aunque en las alturas el espacio es tan amplio es necesario delimitar un territorio que permita moverse a sus anchas para no ser afectado por ni para afectar a los demás ,” ni tanto que queme  al santo ni poco que no lo alumbre” reflexionaba y se decía: “todas  podemos caber aquí pero tenemos que aprender a tratarnos y a respetarnos y eso si a no herirnos unas con otras porque eso puede ser nuestro fin”.

Empezaban los rayos del sol a retirarse detrás de las altas montañas y el cielo iba cogiendo un tono azul grizaceo, una amplia estela de colores se insinuaba por el  poniente, mientras un poco alto en el oriente la luna todavía delgada mostraba su cara de bruma plateada. Las demás cometas ya habían sido recogidas y solo ondeaba en lo alto serena e imperturbable la de nuestro cuento, la noche se veía venir y nuestro cometero sintió la urgencia de iniciar el regreso, pero cómo hacerlo de modo que la trajese a tierra sana y salva,  es decir completa y sin rasgaduras?; empezó  a halar suavemente el hilo pero notó resistencia, sin lugar a dudas la cometa no quería volver, en un instante pensó cortar el hilo y dejarla por completo al arbitrio del viento, al fin y al cabo ese era su elemento y por qué no podía ella ser libre y disfrutar a plenitud del goce inmenso de vagar por los caminos del viento sin rumbo y sin preocupación?, ¿no era acaso ese su más recóndito sueño? ¿Importaría, quizá, si ella después de vagar por valles y montañas, por riscos y llanuras, después de cruzar ríos y sembrados, se posara mansamente en la copa de un árbol donde posiblemente un niño la estaría esperando?, ¿no seria esa su entrega, su donación, después de haber logrado su cometido y su  sueño?, ¿ acaso en la renuncia no hay un goce interno? En verdad nuestro hombre penso soltarla y estuvo a punto de hacerlo pero una voz interior  le recordó de su pequeño que disfrutaba inmensamente con el vuelo de la cometa, sintió entonces que hombre y cometa, que niño y hombre eran uno solo, inseparables, que la cometa es nuestro niño que siempre permanece, que en cada hombre hay un niño que no es preciso sofocar y que en cada niño hay siempre un adulto en germen, que hay que construir, que hay que levantar, al que hay que abrirle caminos y quizá hacernos de lado para que lo ande solo. Pensó también que conservar la cometa era una nueva oportunidad para lanzarse siempre a la aventura y el riesgo, que la vida era eso, y que cada día traía  sus más y sus menos cotidianos; pensó también que en el fragor de la batalla el adulto conduce pero el niño pelea y que en los períodos de calma el niño disfruta mientras el adulto reflexiona y construye futuro, ¡realmente era mucho lo que aprendía cuando elevaba cometas!

Continuo, pues, halando la piola, que se tensaba en sus manos escarbando en su piel casi a punto de lastimarlo, recuperaba así, poco a poco, el hilo y la cometa se veía cada vez más clara y perfilada a la luz azul grisácea del cielo vespertino. Ya llevaba un buen montón de metros de piola esparcidos  en el suelo cuando su pequeño empezó a envolverla engordando inmensamente el ovillo; el niño se esforzaba por envolver tan  rápido como podía pero sus manos escasamente alcanzaban un palmo por muchos de los de su padre, pero la cometa halaba y halaba, parecía a punto de reventarse y empezó a dar giros y giros sin fin aproximándose rápidamente al suelo. -¡deja el ovillo en el piso!, ¡hay que soltarle piola o la perdemos!-, grito el padre al pequeño y dejó que la piola se escabullera cual arena entre sus dedos durante un momento, la volvió a asir y a recuperar, le largaba y la recogía  y así fue llevando a la cometa a otra posición y lugar donde los vientos la mantuviesen en calma, poco después procedió de nuevo la operación para traerla a tierra.

En estas estaba, mientras ella se dejaba arrastrar suavemente, cuando el hombre diviso a la distancia, perceptible ya, que su cometa tenía un roto y que corría riesgos de regresar herida y  maltrecha; más aún,  si otro viento la azotaba quizá no sería capaz de sobrevivir. Ideó pues su plan maestro para que esto no sucediera: primero que todo la iba a recoger despacio y suavemente, luego evitaría que en el descenso pasara cerca de la copa de los árboles y si se presentaba una ráfaga de aire imprevista  le soltaría  piola hasta que se estabilizara en un territorio sereno;  bueno con este estratégico plan estaba seguro que la cometa estaría a salvaguarda de mayores percances. Continuo pues con su tarea y mientras recogía suavemente la piola presentía la caricia de la cometa finalmente en sus manos, el hilo le transmitía afectos y ternuras recónditas y sentía el valor del esfuerzo en conjunto, ya había comprendido que también la cometa lo elevaba a él, que en sus giros, ascensos y caídas también se enmarcaba su vida y que después de tan mutuo esfuerzo ambos, cometa y él, deberían regresar triunfantes del campo de batalla: había pues, que librar la última para quedar contento y satisfecho.

La cometa se hallaba  a unos escasos ochenta metros de él cuando una ráfaga de viento imprevista y mansalvera la cogió y la tiró sobre el follaje de los árboles, nuestro hombre dio una exhalación  y un grito ahogado  salió de su garganta : ¡la voy a perder!, ¡la voy a perder!, ¡se me va a dañar¡, pero al instante la cometa se alzó y él la contempló de nuevo, suspiró profundamente, pero noto que el hilo se había enredado en la copa de uno de los árboles que mediaban entre los dos, la cometa daba giros, se hundía y desaparecía y luego emergía, se estabilizaba por un momento y luego iniciaba el ciclo de vaivenes y zozobras que no se sabe en qué iba a terminar. La noche se acercaba  circundando con sus sombras las copas de los árboles y a la distancia  la cometa parecía más un presentimiento de existencia que una realidad. El no podía halar la cuerda porque podía romperse, ni tampoco soltarle hilo porque no tenía objeto y si se demoraba mas  ya no podría percibirla, ¿qué hacer?…, de repente su cara brilló y casi con clamor le dijo a su hijo, ¡ve¡, ¡súbete pronto a ese árbol en que ella esta enredada y suelta la piola con cuidado para que ella se eleve un poco y yo pueda traerla de regreso!, ¡ve pronto!, ¡ve!. El niño corrió tan raudo como se lo permitieron sus piernas y su estatura y en un soplo se subió a la copa del árbol donde estaba enredada la cometa y con cariño aparto una rama para que quedara completamente liberada, inmediatamente  ésta se elevó y el hombre sintió encender sus ojos de alegría, el niño regresó donde su padre y ambos a una sola mano halaron poco a poco  la cometa a tierra. Ya la tenían muy cerca y antes de que cayera definitivamente el niño se acercó a ella cogiéndola entre sus manos tiernamente, hubiese deseado que fuese un oso de felpa para acercarlo a su mejilla y sentir la suave ternura que ella le inspiraba, su padre exclamo, ¡bravo!, ¡bravo!, ¡hemos librado una buena batalla hoy  y hemos ganado¡, ¡has sabido responder!,  y viendo el roto que ella tenía dijo:  no te preocupes,  yo sé cómo arreglarlo, quedaras como nueva y lista  para nuevas aventuras; bueno hijo, vámonos, ha sido suficiente por hoy, y juntos, los tres, emprendieron el regreso.

En su camino, la luna marchaba un poco más adelante que ellos y los arboles dibujaban formas extrañas, el niño se colgó de la mano de su padre y este lo acerco a su cuerpo, acariciándolo, ¿cual es la diferencia entre el adulto y el niño?, se preguntó internamente, la cometa zumbo en ese momento, ¿quizá la capacidad de juego?, ¿el afán lúdico de explorarlo imaginativamente todo?, ¿será acaso que los niños juegan mientras nosotros peleamos?, ¿y las peleas de los niños continúan siendo juego mientras las nuestras se convierten en batallas?,… y en el fondo  ¿no es todo esto un juego?, bueno, realmente necesitamos de los niños, si no, no podríamos elevar cometas, ella nos permite ser seres humanos completos, quizá. En estas estaba cuando el niño lo saco de su reflexión diciéndole: “¡papi, papi, tu sí sabes elevar cometas”!

Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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