Educación

El sentimiento de lo religioso matizando la ciencia y el arte

Al hablar de lo religioso en el quehacer educativo no lo encuadramos en una categoría de credo o de fe, ni en una doctrina específica o en la  práctica de alguna religión, que en mayor o menor extensión esté difundida y aceptada en el mundo, ni tampoco en alguna nueva que surja  o que esté por surgir. Nos referimos a la creencia en algo superior que permea el universo, que le da sentido y dirección, que tutela todo lo creado y que justifica la plenitud del desarrollo y la evolución del ser humano.

Frente al fracaso de todos los humanismos (Uscatescu, 1968) en reivindicar en el hombre su dimensión física, psicológica y trascendente, es necesario recuperar la conciencia de ese Ser Superior que fue y sigue siendo extrañado de la ciencia y del conocimiento por el materialismo. No se trata de recuperar los ritos o rituales de una religión y darle espacio académico para fomentar la fe y la devoción a ultranza; tampoco se trata de regresar a un teocentrismo amparado en dogmas, ciego e intolerante, e impuesto como cruzada, sin ápice de reflexión y certidumbre consciente. Se trata, más bien, de recuperar la unión del hombre con todo lo que le rodea y el sentimiento consciente de su posición en el universo y su responsabilidad para todo lo que en él existe. Hay exceso de antropocentrismos actualmente, y también de teocentrismos, y ni en unos ni en otros el hombre se encuentra ni encuentra lo superior que busca, ni lo divino que se le ha escapado.

Los antropocentrismos, mejor los humanismos, han colocado al hombre como centro al que convergen todas las realizaciones económicas, políticas y culturales, falacia esta que al paso de los años no ha podido ubicar al hombre como ente civilizado en medio de una sociedad cambiante y en desarrollo. Los “humanismos están hoy de moda, son múltiples y, cosa aún más importante, se hallan todos o casi todos en conflicto unos con otros” (Ibid.). Todos los intentos humanistas son modos de representar y aproximarse a esa realidad ignota que es el hombre; generan, como consecuencia, modelos de sociedad y de organizaciones al tamaño y con la configuración de ese conocimiento, caricaturesco a veces, que de él se tiene.

Parece raro que el hombre no pueda construir una sociedad para el hombre y con el hombre. A ese que está a su lado, o un poco más distante, lo mira no como igual, sino como alguien diferente, quizá como un enemigo potencial. La igualdad entre los hombres, que ha accedido un poco, conscientemente, al campo de la ley, no logra elevarse un peldaño más ante algo Superior pues esto “no existe” para muchos, y si de otro modo se acepta esa realidad superior y trascendente, el mismo hombre no encuentra los caminos para manifestar en su vida el sentimiento de comunidad con los que le rodean.

La ascesis del hombre está, pues, menguada, en tanto que su fin concluye en el disfrute y en el bienestar material, aplicando los recursos que hereda, consigue o escatima a otros. Es el ideal Dionisíaco el prevaleciente y en él, el hombre se agota y se extingue sin hallar sentido a su vida.

Puede ser que el camino hacia Dios vaya a través del hombre y sea necesario empezar a descubrir en el hombre lo divino espiritual que posee y que por extensión es y debe ser común a todos los hombres. He aquí un nuevo nivel de igualación, ya no ante la ley, que por ser creada y recreada por los hombres se vuelve, en ocasiones, derecho y atributo de quien ejerce el poder, sino ante lo espiritual que es una herencia común de los seres humanos.

Si en cada ser humano late como fin el acceso a un mundo superior, a una unión con lo absoluto, omniabarcante y omniconsciente, encontrará que ello es un fin común a los seres humanos, aspiración en la cual se encontrarán los escenarios para el amor y el servicio.

Singh (1972) dice: “¿Si no amas a tu prójimo a quien ves, cómo puedes amar a Dios a quien no ves?” y cita a Gentile mencionando que  una educación sin contenido espiritual es un absurdo.

La mejor educación es aquella que rescata para el hombre una condición de humildad, no por todo lo que sabe, sino por la infinitud de lo que ignora, pero además, también, porque ello le permite recrear, en mayor medida, un nicho en su interior donde crezca lo divino. ¿Cuánta falta de este sentimiento no hay hoy día en el sistema educativo en los diferentes niveles, especialmente en la educación universitaria que se cataloga de científica, racional y universal?

Si Nietzsche le dio certificado de defunción a Dios e hizo un pedestal para afirmar la fuerza y la potestad de la razón, también se observa actualmente cómo esta se halla en crisis no por ella misma sino por la atención exclusiva en uno de sus hijos: el racionalismo [Ortega y Gasset, (1970, 188)].

La ciencia y el arte, esas dos columnas en que se desenvuelve la cultura, no arrojan saldo positivo suficiente para columbrar de sus resultados un nuevo amanecer para la humanidad. Se avanza en salud, en tecnología, en comunicaciones, en formas y figuras, en modos de apreciar el mundo científica y estéticamente, pero se navega en la polaridad objetividad-subjetividad como eje de lo que es evidente para todos y lo que solo es apreciable por un individuo particular. Ciencia sin corazón y arte sin razón y cada campo se agota en sí mismo, pues, se quiere desentrañar su valor aisladamente y afirmar sus coordenadas en las leyes que los postulan.

¿Se puede ser más humano estudiando humanidades?, ¿Se puede ser más científico estudiando sólo los postulados de la física, la química, las matemáticas?, ¿Acaso en esta última, como en la física y la química no hay una abstracción que recrea nichos metafísicos?, y ¿Acaso, en lo que concierne a las humanidades, no devienen estas en una información, la mayor de las veces, que hace “culta” a una persona pero que no cultiva en ella el servicio, la amistad y la cortesía, como baluartes de un proceso de desarrollo  civilizado?. En nombre de las humanidades se ha hecho, también, la guerra, al igual que en nombre de las religiones, y qué no decir en nombre del avance de la ciencia y apoyándose en los subproductos de ella. ¿Acaso la guerra es un factor necesario para el avance y desarrollo de los pueblos?. Erigir esto como dogma sería un descalabro y llevaría a darle credencial a quien tenga más poder y fuerza de conquistador. La Figura 1 resume la relación entre la estructura del ser humano y la triple dimensión del currículum.

Figura 1: Estructura del ser humano y dimensiones del currículo

¿Cómo devienen ética y religión en la ciencia y en el arte?

La ciencia tendrá que ser ética y el arte también, y cada uno deberá ser igualmente estético y para ello ambos tendrán que abrevar de fuentes superiores a las que los nutren actualmente. La ciencia por tener hombres integralmente formados que la lideran y explicitan debe ser capaz de anticiparse con visiones integradoras al uso y la conveniencia de sus resultados. Debe saber mucho del hombre para no encadenar a sus productos una nueva generación de esclavos. Quizá el problema hoy día es que la ciencia y su hija, la tecnología, se han desarrollado a una escala superior al desarrollo del hombre y la sociedad, inclusive, en una escala superior a la madurez social para asimilar discretamente sus resultados.

Al hombre de ciencia le compete preguntarse por los fines y los usos de sus inventos y hallazgos, tiene ese deber ético y moral. No sólo es el juego del intelecto y su prepotencia lo que importa, también es importante su impacto en la sociedad y en el hombre. El hombre de ciencia no es una maquina haciendo inventos o descubriendo leyes; es también alguien que con visión de unidad y sentido de relación con el todo puede anticipar el impacto de su realización  y decidir  si se arriesga o no a abrir la puerta cerrada y herrumbrada  que puede ocultar un monstruo incontrolable. Él no está impelido a abrir todas las puertas; debe ser capaz, profesional y moralmente, de saber qué puertas no se halla capacitado para abrir, no sea que al correr los goznes un monstruo escape haciendo daño a su paso hasta que alguna ley o nuevo conocimiento lo capture. En este sentido, la cultura puede ayudar al hombre de ciencia, pero cultura con ética y estética, con responsabilidad social. El arte, por su parte, debe revestirse de su efecto armonizador capaz de relacionar al hombre consigo mismo y con lo que lo rodea.

Si bien muchas tendencias en las diferentes formas de expresión artística revelan sólo la ruptura interior que sufre el hombre moderno, es substancial al arte crear unidad, armonía y paz interior, e inclusive, contribuir a producir equilibrio y salud en el hombre y en la sociedad.

No es arte cualquier forma vulgar de expresión de capacidad humana para modelar la materia, para manejar el color o el sonido. Hay variantes internas en el arte que corresponden a connotaciones armonizadas en el hombre: el equilibrio, el ritmo, la unidad, la simetría, la belleza, que como variantes universales deben matizar la obra artística.

Es cierto que en el arte hay una expresión de lo individual pero no debe erigirse como modelo de expresión aquello que no construye, que no armoniza  y que no contribuye al desarrollo de lo humano.

Si el científico con su invento crea un impacto en el hombre y en la sociedad, el artista con su arte crea un ethos cultural que se constituye en nuevos modos de apreciar el mundo, de relacionarse con él y de interpretar la sociedad y la realidad de su tiempo. Ya Ortega y Gasset (Ibid.) en su época, escribía sobre la deshumanización del arte en tanto que dividía al público entre aquellos que lo entendían y los que no lo entendían.

Sin pretender que el arte se constituya en una masa homogénea de expresión y de revelación del mundo, y reconociendo el valor individual que en él subyace, es importante rescatar para el arte y, consecuentemente, para la vida social, la trama entretejida de la armonización del hombre. El arte no debe caer en tecnicismos, ni debe apartar al ser humano de los goces estéticos naturales a los que él, sencilla y simplificadamente, es capaz de responder. No se trata tampoco de ensalzar el arte popular contra cualquier otro arte, sino de manifestar en la expresión lo que es común al arte universal y que, por lo tanto, resuena en todos los hombres. Se trata de rescatar el humanismo en el arte y más aún, su conexión con ese fondo profundo del ser humano en donde él se descubre como hombre pero también como ser cuasi divino.

Cuanta carencia hay hoy día de arte en la pedagogía, en la construcción social, en el diseño y planificación urbana, en las organizaciones donde trabaja el hombre; y por esas carencias ¿no hay, acaso, esterilidad y necrotización temprana en el hacer humano, falta de creatividad e incapacidad de respuestas más allá de las lógicas usuales a las urgencias cotidianas en las que el hombre y la sociedad moderna se desenvuelven? Es necesario rescatar para la educación, en todos los niveles y en todo tipo de formaciones, el arte, como parte integral del currículo, bien a modo de metodologías pedagógicas, a modo de estilos y maneras de conducir y orientar la clase, o en la forma de trabajar el alumno los modelos didácticos o cursos estrictamente formativos,.

El arte debe acompañar el quehacer cognitivo, pues, aún los postulados más racionalistas pueden presentarse conectados con eso tan vital que es el arte. Ciencia y arte deben confluir en el escenario pedagógico para que en una profunda fecundación den los frutos de una formación integral para el hombre y el líder contemporáneos: ciencia con inspiración e intuición y arte con sentido de revelación para el hombre y para la sociedad. De este modo, la pedagogía, los modos y estilos de enseñanza, los qué y los para qué de la educación tomarán un nuevo rumbo: la construcción armónica del hombre y del mundo por la comprensión de la armonía subyacente en el hombre y en el mundo, y por la intuición de que el ser humano consciente debe orientar sus esfuerzos a fomentar dicha armonía y que no le cabe la posibilidad de eludir esa responsabilidad.

Hay que formar hombres de ciencia con sentido del todo y además estéticos, y de igual modo, hay que formar artistas en los que su estética contemplen la visión del todo; así ciencia, arte y religión actuarán como una mezcla formativa para la formación del pensamiento, el sentimiento y el actuar humanos. De otro modo, en la educación continuaremos impulsando una concepción puramente material del hombre y del mundo.


Referencias

  • Ortega y Gasset, J (1970): Ni vitalismo ni racionalismo, en El tema de nuestro tiempo. Revista de Occidente, Madrid.
  • Uscatescu, George (1968): Proceso al humanismo. Guadarrama, Madrid pp.275
  • Singh, Kirpal (1972): Mensaje al cristianismo de occidente. Ruhani Satsang, Beas-Delhi pp.30

Créditos

Foto de Hıdır Dedebey: https://www.pexels.com/es-es/foto/moda-mujer-rio-rock-15115256/

Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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