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La construcción de la vida ética en el niño: implicaciones para el liderazgo

Para dilucidar lo anterior vamos a explicar un poco lo que son las grandes fuerzas del aprendizaje y cómo orientarlas desde la niñez.

El ser humano se mueve con respecto al mundo y las cosas por dos fuerzas polares que son la simpatía y la antipatía, definidas en principio como atracción o rechazo hacia algo, o tendencia favorable o desfavorable.

La simpatía es un motor para el aprendizaje y para la construcción de estructuras cognitivas, emotivas y volitivas de acuerdo a la suficiencia del sujeto. La simpatía conduce a pensar, sentir y actuar favorablemente hacia algo. La antipatía, por lo contrario, rechaza el aprendizaje, pues crea barreras artificiales que impiden el acceso al conocimiento, aleja y, en ocasiones, distorsiona la información para acomodarla a prejuicios, estereotipos o falacias. Pero, tanto la simpatía como la antipatía nos inducen a equívocos y hay que estar alerta a ello. Si por el lado de la simpatía los móviles para la actuación están impulsados por mis pensamientos y/o sentimientos, conscientes o inconscientes para mí, pero que en el acervo de una ética universal no construyen lo humano, de nada sirve dejarme llevar por ellos. Si con ello satisfago las tendencias de un psiquismo maltrecho ¿de qué vale dejarme obnubilar por sus demandas? Lo mismo vale para la antipatía que, en general, es producto de un temor oculto e inconsciente para enfrentar nuestras propias realidades. Tanto en la simpatía como en la antipatía se produce un efecto de reflejo del yo sobre un espejo que es el otro o lo otro, el cual revela, aunque lo ignore, lo que realmente soy. Hay, pues, que superarlas a ambas.

En medio de la simpatía y de la antipatía se debe mover un interés genuino por las cosas y personas. Genuino por lo que ellas son y me revelan; genuino porque parte de una propia autenticidad y de un valor personal para superar barreras que impiden el verdadero encuentro y conocimiento. La autenticidad moral, según Steiner (1978),  emana del equilibrio, del justo medio establecido por el hombre en la lucha entre los extremos. Para Aristóteles la virtud es una habilidad humana que permite mantener el equilibrio entre el exceso y la deficiencia. Como dirían los abuelos: “ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre”.

¿Cómo, entonces, orientar la educación de modo que en el niño y en el adolescente se despierte un interés respetuoso por el hombre, el mundo y las cosas? Para ello es necesario rescatar para el niño la capacidad de admiración, asombro y sorpresa. Estas tres facultades se hallan en franco deterioro hoy día, casi a punto de extinción en la manifestación anímica de los niños. ¿Qué no decir de la de los adultos? La admiración y el asombro son formas genuinas de relacionarnos con el mundo; son elementos esenciales al propósito cognitivo y dan un toque emotivo a lo que en el niño se ha de conquistar luego por la razón. Ellas establecen vínculos reales entre el niño y el mundo y perduran como imágenes evocadoras ante situaciones parecidas o similares. Son vivencias verdaderas del alma.

La sorpresa implica una postura personal de humildad, quizá desconocimiento, que exige cierta concentración anímica ante las nuevas realidades con el objeto de atenderlas. En la sorpresa la postura personal es la de cierta invasión del pensamiento y la emoción por la novedad presente, quizá cierta exaltación anímica por lo mismo. La sorpresa viene de afuera, de lo inesperado y sorprendente, de la capacidad para dejarse impresionar y sorprender. Todo lo nuevo es sorprendente pero a veces no lo distinguimos si nuestros pensamientos y sentimientos se han fosilizado. Mantener la vida anímica joven es apertura ante lo bello, lo feo, lo bueno y lo malo, etc., y esto es sana vida emotiva.

La admiración y el asombro son movimientos anímicos internos que proceden de una apertura personal ante sí mismo y ante el mundo que nos rodea; son un punto de encuentro entre nosotros y el mundo exterior. Si se cultivan sanamente implican cierto refinamiento de la vida emotiva que nos hace saludablemente receptivos a las experiencias de la vida juvenil y adulta. Podremos ser viejos pero estas facultades nos conservan jóvenes anímicamente. Para su logro es necesario una apertura permanente a las diferentes experiencias que la vida trae y una flexibilidad mental para asimilarlas creativamente. Para lo anterior, el silencio, la reflexión y la humildad son importantes y necesarios. Al niño de hoy se le ha negado ese modo de acercarse al mundo que le rodea. A través de la noticia escueta, a través de las percepciones equívocamente asimiladas provenientes de los medios, especialmente la televisión, la realidad se le presenta desnuda, a veces desgarradora o disfrazada de modo tal que es imposible descifrarla en su contexto real. El niño y en menor grado el adulto, están sometidos a la aceptación de un mundo construido desde afuera y en el que participan como receptores pasivos, indemnes e inconscientes. Guidicisi (1976) lo afirma cuando dice que “la televisión está penetrando de tal modo el ambiente de los hogares que los desarticula, empobrece la calidad de la vida interpersonal, cautiva y enajena al televidente, especialmente al niño, dándole modelos que imitar y pautas a seguir conformando así la sociedad”. Es formadora de opinión y actúa, en gran medida, a nivel emotivo, aunque a los niños los induce a la acción imitativa y a la emulación. La exposición continua y prolongada a la televisión genera niños nerviosos y de difícil concentración, las pesadillas son comunes a ellos y su adormilamiento es visible en el aula, el sueño no les ha servido suficientemente para digerir la sucesión múltiple y variada de imágenes las cuales deambulan semiconscientes produciendo en ellos una especie de logorrea excitada y sin sentido, que a veces es difícil acallar. Por otra parte, el exceso de programas violentos percibidos conlleva a que los niños se tornen poco compasivos y se acostumbren a resolver los conflictos vía violencia. En general, la televisión desordena lo que la escuela hace y actúa bajo el modelo económico de la rentabilidad contribuyendo al pasatiempo y al entretenimiento, alejando al ser humano del esfuerzo por comprender desde adentro de las situaciones, qué es lo que realmente sucede; se capta imágenes mas no su significado ya que esto exige, por lo general, mayor inteligencia abstracta que la que posee el televidente promedio. En muchos países la televisión pública está caminando dentro del mismo modelo económico de rentabilidad y no presta un servicio verdaderamente educativo.

Mucho pueden hacer los padres y educadores para preservar a los niños de una excesiva exposición a la televisión: reducir el número de horas ante el televisor, organizar las actividades del niño de modo tal que ocupen creativamente su tiempo, conservar el aparato de tv  en el cuarto del adulto solamente, bajo su dirección y control, mantener un ritmo en las actividades diarias del niño y procurar que se conserven. Todo esto contribuirá a una mayor armonía y salud en el niño y establecerá, en consecuencia, un campo más propicio para su desarrollo creativo.

Si observamos el efecto de la televisión y las diferentes tecnologías al alcance en la vida física y anímica de los niños, podemos llegar a la conclusión de que la exposición temprana y prolongada a ellas enflaquecen el yo o, de otro modo, impiden su sano desarrollo, lo cual puede ser la causa de las respuestas compulsivas de la juventud, incluso de los adultos, guiadas por motivos baladíes y casi pueriles ante las demandas de compromiso personal y social. El mundo actual deriva realmente hacia un proceso anónimo de masificación en el pensar, en el sentir y en el actuar, difícilmente reversible, salvo que surjan procesos de reeducación de la colectividad, a partir de modelos de pedagogía social orientados al desarrollo individual y social.

En la ascesis hacia el amor, como fondo ante el cual se despliega toda vida ética y los valores que conducen a ella, no hay camino fácil; es necesario el sacrificio permanente del ego y la dedicación incondicional a la causa del hombre y la humanidad sin distingo de raza, sexo, credo o religión. Pero si no somos capaces todavía de amar, por lo menos podemos empezar a escalar los peldaños que conducen a su logro.

¿Cómo superar el apego apasionado hacia el mundo y las cosas sin pasar a su extremo opuesto que es la apatía y la indiferencia? Para ello hay que empezar por relativizar el cúmulo de relaciones que nos vinculan con lo externo, no volverlas un absoluto tal que suframos exageradamente con su pérdida o estemos dispuestos a luchar encarnizadamente por conservarlas. Pero esa relativización no nos debe llevar a una carencia absoluta de contacto y vínculo con el mundo y a un desapego de modo que perdamos nuestra autosuficiencia. Significa un desapego progresivo al poder, a la fama, a la propiedad y a las pertenencias, no tanto porque renunciemos a ellas materialmente sino porque, aún, poseyéndolas, sabemos del valor relativo de las mismas y les substraemos el poder determinativo en nuestras vidas. Es un modo de alcanzar el auto gobierno y no la sumisión a todas las cosas que nos rodean; ellas están a mi servicio y no yo al servicio de ellas. Este es un modo de cultivar el desapego.

Tengamos en cuenta que nuestro ego está representado en todo lo que nos vincula y nos identifica. La palabra  “mi” como ente posesivo nos distancia de los otros y del mundo y crea una atmósfera en la que no caben los demás y aunque estamos firmemente adheridos a nuestras pertenencias, en verdad estamos separados del todo con barreras artificiales que hemos creado para saborear el placer efímero de nuestro disfrute. Por los “mis” peleamos y luchamos, depredamos y destruimos, engañamos y dañamos con efectos nocivos en la naturaleza, en la vida social y en nuestras relaciones interpersonales. Aquí, de nuevo, un interés auténtico y genuino que parta de las profundidades de nuestro ser puede otorgarnos un vínculo real con el mundo sin que medie relaciones de posesión o dominio.

Si lo anterior empieza a ser claro en la conciencia de cada individuo puede empezar a surgir un verdadero deseo de servir a los demás, servir desinteresadamente en la medida en que se reconoce el carácter esencial de cada persona, su individualidad, pero también lo común, lo que nos vincula universalmente como seres humanos. De ello puede germinar el valor personal, la valentía, para enfrentar las situaciones o procesos que supuesta o realmente nos afectan.

El valor personal, ser valiente, es una cualidad escasa hoy día. Por su carencia una parte de la humanidad atropella a la restante, quebranta sus derechos e incumple sus deberes; por su escasa presencia en el escenario de la vida civil una población puede ser sojuzgada de muchos modos. Ante la cobardía de unos, la prepotencia de otros irrumpe dañando la trama de la vida social, magnificando los conflictos o acallándolos con la estridencia de sus recursos de poder. Por la carencia de valor la corrupción avanza y las relaciones entre los hombres se tornan falsas, manipuladoras y enajenantes.

El valor personal como virtud se halla a medio camino entre la temeridad y la cobardía y está, podríamos decirlo, orientado por la prudencia; sin ella se convertiría en temeridad y arrojo ciego.

Los grandes héroes han sido temerarios; más que valor, han tenido arrojo para entregarse a sus causas sin mediar consecuencias ni resultados previstos. En el temerario existe cierta obnubilación de la conciencia que impide reconocer la magnitud del peligro y se entrega a la acción, más por el desespero que por la posibilidad real de obtener el logro o la victoria esperada. Por lo general obtiene el éxito, más por suerte que por conquista real, o, también, el fracaso, por ignorar por completo las limitaciones y circunstancias propias de la situación en la que se halla comprometido.

Del otro extremo se encuentra la actitud cobarde, pusilánime y sin compromiso, defendiendo más su seguridad personal que la entrega real a las responsabilidades adquiridas. El cobarde se aleja y aísla emocional y racionalmente de la situación y a pesar de que aparentemente la pueda comprender, niega su participación en la solución de los problemas presentados; su comportamiento está orientado por el temor y carece de la confianza personal en la capacidad de su propia gestión ante las situaciones planteadas. En la temeridad lo humano se pierde dejando de lado la individualidad, en tanto que en la cobardía el espíritu se anquilosa y se desvincula del mundo y de las personas; la primera es de entrega arrobada y la otra es de ignorancia inconsciente de la situación.

Si el temerario subestima la situación, el cobarde la sobredimensiona imaginariamente, y ambos son presos de sus propias fantasías que los alejan de la realidad. La confianza personal, por lo contrario, es algo que alimenta el valor y que justifica la prudencia.

La persona prudente espera con cautela, no teme sino que observa, analiza y juzga con certeza la situación, establece una síntesis de las variables presentes en el hecho y toma decisiones razonadas o sopesadas. La prudencia es una virtud que nace del conocimiento y se arraiga en la fortaleza para soportar y superar con madurez situaciones críticas.

¿Cómo alimentar estas virtudes o valores?; ¿cómo facilitar que ellas calen en el alma y en el psiquismo de hombres y mujeres?, De nuevo hay que plantear que la educación es un factor de primer orden en este propósito y debe empezar con la educación de los niños. Recordemos que el patrón de aprendizaje en la niñez es la capacidad imitativa y si alrededor de ellos hay adultos que manifiestan, en su comportamiento, estas cualidades o valores, los niños los imitarán y asimilarán y, a través de este proceso, nuevos hábitos de pensar, sentir y actuar surgirán, fijándolos para el resto de su vida. Si los adultos actúan con confianza, valor personal, prudencia, fortaleza y conocimiento, el niño actuará de la misma forma. La responsabilidad en el acto educativo recae, pues, en el adulto y si este no posee las virtudes o las tiene escasas, debe hacer todo un proceso de reeducación, de desaprendizaje, de cambio de hábitos para apropiarse de ellas. Esto es una gran exigencia y es necesario acudir a diferentes modelos de pedagogía social que coadyuven a este cambio de actitudes ante la vida, ante sí mismo y ante el mundo.

Enseñarle al niño valores de respeto a la vida incluso, a la que está entretejida en minúsculas formas; afirmarle la convicción de que somos huéspedes en este planeta y que hay que tratarlo bien y dejarlo mejor cuando partamos; que lo que nos rodea como naturaleza es un bien prestado para nuestro goce y disfrute respetuoso; que la experiencia de la vida es una experiencia de armonía a la cual hay que acceder con el sacrificio del ego y el servicio desinteresado a la gran causa de la humanidad; que todo encuentro humano es y debe ser una gran oportunidad de crecimiento y desarrollo para que las personas avancen en madurez. Todos estos y muchos más son principios que deben inscribirse en los planes y programas de enseñanza, en el currículo abierto y en el oculto, en las metodologías de aprendizaje, para que calen honda y profundamente en los niños y en los adultos; quizás, así mejoremos la sociedad en la que vivimos, y si cada persona actúa así a nivel de su grupo inmediato, la familia o el trabajo, con seguridad el encadenamiento de la acción abarcará a toda la comunidad y a la nación entera.

Si enseñamos al niño a tener confianza en el adulto y en el mundo; si la confianza es reforzada por actos del adulto que la afirmen; si a pesar de las vicisitudes de la vida el adulto mantiene una fortaleza interior que le impide romperse anímicamente; si la fortaleza interna le da impulso para actuar con valentía ante los hechos estableciendo el equilibrio de poder necesario para la convivencia y la armonía; si a pesar de las exigencias y retos de las situaciones en que está involucrado es capaz de mantener una sana prudencia, una contención de su espíritu para evaluar, para juzgar y para tomar decisiones correctas; si al actuar procede con base en el conocimiento cierto y no en los prejuicios, estereotipos o supuestos, todo lo anterior representa una gran madurez y adultez ejemplar. ¿Por qué el niño y el joven no van a querer imitar y emular tales ejemplos de conducta?

Kirpal Singh decía: “Si la gente mala no deja de hacer las cosas malas ¿Porque la gente buena ha de dejar de hacer las cosas buenas?” (Singh, 1990). Y si la bondad se extiende y se universaliza ¿para qué, entonces, la lucha fratricida entre pueblos y naciones? Esto puede sonar un tanto romántico, sin embargo, es el escenario al que debe tender la humanidad para evitar una colisión destructiva que aniquile no sólo al hombre sino a todo vestigio de vida en el planeta.

¿Cómo juega el liderazgo en este contexto?

Aparece, de nuevo, la exigencia del liderazgo moral, del liderazgo ético.

Un liderazgo moral, auténtico, implica capacidad humana para responder no sólo a las demandas de una época, comunidad o agrupación específica sino, en muchas ocasiones, para estar por encima de ellas, sin desconocerlas ni evadirlas, sino más bien, para ubicarlas en un contexto más amplio en el que concurran necesidades y derechos humanos universales. De dicha visión pueden surgir en el líder los paradigmas que enmarcan su acción en la cadena evolutiva y dan campo para acciones transformadoras en la comunidad a la que representa. Este tipo de liderazgo es transformador, pues, reclama del líder continua y permanente auto educación y renovación tanto para conocerse y comprenderse a sí mismo como para calar profundamente en las raíces causales del estado de inequidad, desigualdad u oprobio en que se halle su comunidad y concertar, proponer y ejecutar soluciones al respecto. En este tipo de liderazgo el líder conduce y guía a sus seguidores y, no al revés, es conducido por ellos.

Sucede, en muchos casos, que en función de mantener las prebendas derivadas de la posición de liderazgo, el líder se amaña y se acomoda a las visiones equivocadas de sus seguidores, a sus sentimientos y pasiones dominantes; puede que así contribuya a logros inmediatos, de carácter temporal, mas no construye desarrollo ni madurez en su pueblo; puede ser “amado” y venerado en tanto sea un títere en las manos desbordadas de sus seguidores; entonces, ¿quién conduce a quién?

El liderazgo moral corresponde, sin embargo, más a la cultura específica de una comunidad, pueblo o nación y se enmarca dentro de los parámetros que esa cultura permite; tiende, por tanto, a ser restringido y tiene enorme impacto a nivel de los seguidores. El liderazgo moral tiene su eclosión cuando a juicio de los seguidores el líder ha hecho un sacrificio, ha superado una prueba que lo enaltece y distingue de aquellos que quieren emularlo. Este reconocimiento catapulta el liderazgo convirtiéndolo en un mito que congrega a los seguidores en dinámicas propias de cambios y transformaciones sociales, políticas y culturales; pero si no trasciende a valores más universales y, pedagógicamente, no los hace asimilar por su pueblo, este, a pesar del logro de sus demandas puede quedar girando alrededor del mismo patrón de conducta que motiva sus reclamos. Es importante, entonces, resaltar el carácter pedagógico del liderazgo siendo éste, quizá, el bastión último en el ejercicio del mismo.

Hay que calmar el hambre pero hay que enseñar a cultivar; hay que resolver el problema de vivienda pero hay que enseñar a construir sociedad; hay que defenderse o agredir, quizá violentamente al otro pero hay que destacar la bondad de la fraternidad entre los hombres y los pueblos; hay que rescatar lo enajenado pero hay que enseñar a compartir y a servir al otro; hay que solucionar el problema o la necesidad más acuciante del presente pero hay que crear visiones más amplias del futuro; hay que ser eficiente y efectivo en el ahora pero hay que crear eficacia hacia el mañana.

La actividad del líder es oscilar entre el ahora y el mañana, entre el presente y el futuro y responder adecuadamente a las necesidades derivadas de los dos. Debe ser capaz de tender un puente entre las soluciones a las necesidades del ahora y la superación definitiva de las  mismas en el futuro.

El liderazgo moral se mueve entre el egoísmo y el espíritu de servicio y genera dudas, desencantos, crisis y frustraciones, de todo lo cual él sale, si hace lo correcto, más maduro en todo sentido.

Un interés genuino en la comunidad contiene como germen la compasión, lo que conduce a dolerse por el sufrimiento del otro y tratar de aliviarlo. Pero antes de la compasión debe surgir la comprensión como capacidad de ver, desde adentro de la situación, qué es lo que verdaderamente sucede, sus causas y sus consecuencias. Esa capacidad comprensiva es importante a fin de percibir las concurrencias en un conflicto o problema y como resultado, discernir con claridad las más adecuadas opciones a tomar. La compasión no debe concluir en asistencialismo porque puede ser denigrante y humillante; debe derivarse de la comprensión que permite actuar, si es del caso, sobre las causas remotas y cercanas como también prevenir consecuencias inmediatas y futuras. De la comprensión compasiva puede brotar el germen del amor que puede saturar de bondad la actuación humana. La correcta acción moral surge, entonces, de un acercamiento comprensivo hacia el mundo, las personas y las cosas y ese acercamiento constituye el mínimo de sabiduría para discernir con acierto los valores que están en juego en una situación dada. De este modo surge la apreciación y la conciencia ética.

Permitamos entonces  que los niños sean los pequeños sabios que son y aceptemos y alimentemos su sabiduría; evitemos que al ir creciendo la pierdan y se conviertan en adultos estériles para apreciar el verdadero sentido de las cosas e incapaces de discernir entre lo real y lo aparente, entre lo importante y lo secundario; facilitemos que en la medida en que crecen y maduran sean más capaces de tomar decisiones sabias; permitamos que su alegría y candor no se marchiten para que continúen llenando sus actuaciones con la frescura y el amor; no permitamos que el odio anide, crezca y explote en su interior.

El liderazgo moral es necesario en todos los campos de la vida pública y privada, en todas las instituciones de la vida económica, política y cultural de una comunidad; va desde el seno de la vida familiar pasando por las instituciones educativas formales, las empresariales y culturales hasta ocupar un espacio pleno en las instituciones de gobierno que regulan las relaciones entre seres humanos; su punto cumbre está en la función pedagógica de padres, educadores, dirigentes, empresarios y gobernantes.

¿Qué hacer, entonces?

Es necesario potenciar la responsabilidad del hombre con todas las relaciones en que se desenvuelve o podría desenvolverse; es vital aumentar en él la comprensión de su íntima conexión con el todo visible u oculto que constituye la universalidad; es importante que el ser humano desarrolle la convicción de que el hombre, la sociedad  y la naturaleza serán sólo un reflejo de la comprensión que de ellos él posea y que si él no se educa bien o se auto educa ese reflejo será únicamente una pobre caricatura de la riqueza que ellos mismos contienen. Deberá, igualmente, comprender que las comprensiones caricaturescas producen horror y temor y son, en consecuencia, una barrera real para la convivencia, la armonía y el desarrollo.

La palabra responsabilidad implica capacidad para dar respuesta y para asumir las consecuencias de ello; ella exige, entonces, por un lado, un conocimiento correlativo de las circunstancias y sabiduría para tomar decisiones, lo cual implica valor personal. El responsable, si ha sido educado integralmente, si es ético y tiene en su corazón enclavado el amor al hombre y a la humanidad, buscará el desarrollo del conjunto total en la acción y establecerá el equilibrio de poderes para que todos puedan avanzar y madurar. El responsable tendrá mucho respeto por todos y quizá considere que la tarea, la función, el papel, es algo que se le ha confiado para hacer el mejor uso de ello vía al desarrollo de todos los actores involucrados en el conflicto o problema.

Pero el equilibrio de poderes no basta a una sociedad para que tenga estabilidad, crecimiento y desarrollo, porque hay algo en la naturaleza humana que tiende a romperlo ganando más suficiencia a costa de la deprivación del otro. De este modo la humanidad se mantiene librando sus batallas a diversas escalas para poder sobrevivir y mantenerse con ciertas ventajas en el escenario de la vida. Es aquí, donde podemos ver que casi todos los humanismos fracasan y que la idea de que el hombre a través de la investigación, el conocimiento y la ciencia   pueda llegar a conquistar la humanidad que se requiere para establecer la armonía, la convivencia y la felicidad, es difícil de concretar en hechos.

El hombre para el hombre y por el hombre per se no basta; es necesaria una comprensión de algo superior que lo trascienda, algo que si bien está en el interior de él mismo, se erige como el paradigma de todos los grandes paradigmas para el desarrollo de la humanidad. El ser humano debe buscar y fundirse en la divinidad que lo identifica como hermano de todos los demás seres humanos y en buen administrador y usufructuario de los bienes que la naturaleza le prodiga

Con respecto a lo anterior, y por el carácter moral y pedagógico que tiene el liderazgo, conviene citar apartes de la carta circular de Kirpal Singh, de Mayo de 1974, titulada “Sobre la Unidad del Hombre” en la que claramente fundamenta una visión del hombre y la humanidad basada en principios universales. El texto es como sigue:

“El hombre, el más alto peldaño de toda la creación, es básicamente el mismo en todas partes. Todos los hombres nacen en la misma forma, reciben todas las dádivas de la naturaleza de una manera similar, tienen la misma estructura interna y externa, son controlados en el cuerpo físico por el mismo Poder, llamado diferentemente “Dios”, “Palabra”, “Naam”, etc. Todos los hombres son lo mismo como almas, veneran al mismo Dios y son entidades conscientes; al ser de la misma esencia de Dios, ellos son miembros de Su misma familia y de esta manera emparentados como hermanos o hermanas en El.” (Singh, 1989, 399-402).

Parece ser necesaria, entonces, para los líderes de hoy, una comprensión profunda de la igualdad básica de todos los seres humanos que los conduzca a ejercitar un liderazgo ético, un liderazgo moral. Sin ello el ser humano y quienes ejercen liderazgo, encontrarán siempre barreras para servir a la humanidad como un todo, para deponer egoísmos y ambiciones particulares, bien sean personales, geográficas o territoriales. Superar esto lleva a una postura necesariamente humilde en la que decantando nuestros falsos egos sintamos nuestra vulnerabilidad y nuestra temporalidad y reconozcamos que hay principios superiores que orientan la evolución y el desarrollo del hombre y del planeta como también del universo y que el papel del ser humano es colaborar en el proceso de madurez y evolución del hombre mismo, de la sociedad y del planeta entero.


Referencias

Guidicisi, Romano (1976): Los peligros de la televisión. Rudolf Steiner, Madrid, pp.20
Singh, Kirpal (1989): The way of the saints, segunda edición, Sant Bani Press, New Hansphire, pp. 402
Singh, Ajaib (1990): Arroyos en el desierto. Sant Bani Ashram, Bogotá, pp. 461
Steiner, Rudolf (1978): El alcance de la ética antroposófica, segunda edición, Antroposófica, Mexico, pp. 40

Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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