Sociedad

La importancia de una visión integral del ser humano

Como se puede observar, es necesario llegar a una visión integral del ser humano. Para lograrlo, hay que indagar por otros métodos diferentes a los raciocinios usuales que permitan conocer lo esencial. Para su logro, los dirigentes deben cultivar otras vías de conocimiento (véase Sevilla, 1995, p. 102). Ese conocimiento es necesario tanto para la vida social, económica y cultural de un país, como para la comunidad más amplia que incluya a todos los seres humanos que habitan el planeta. Una visión amplia del ser humano es muy importante para aquellos que toman decisiones en función del hombre en las diferentes sociedades, comunidades, organizaciones e instituciones donde este se manifiesta. Es importante para aquellos que real o supuestamente se abrogan el derecho y, a veces, el deber de dirigir las comunidades y definir los destinos de la humanidad. Lo es a un nivel micro y a un nivel macro porque la escala del desarrollo humano está representada a todos los niveles, incluso cuando pensamos que nuestras decisiones solo afectan a un sector extraño a él. ¿Qué no está relacionado con el hombre? En una concepción holística y sistémica, cualquier acción sobre el ambiente, la sociedad, la cultura, la tierra implica efectos sobre el ser humano, y estas son acciones producidas por el ser humano. El mundo está siendo organizado cada día para el servicio al hombre, aunque a veces esto se convierta en manipulación y dominio. El hombre trabaja para el hombre, aunque para muchos esto represente el egoísmo de pensar que trabajan para sí mismos únicamente. Solo si se posee o construye una imagen plena del ser humano, el hombre servirá realmente al hombre, a la naturaleza y a la sociedad y terminará la depredación general que existe. Esa imagen del hombre debe tener los tres constitutivos que le pertenecen, que le son propios, y que lo hacen humano, diferente al animal: lo físico, lo psicológico y lo espiritual. De este modo, quizá se entienda que al relacionarse con otro ser humano nos hallamos ante alguien que potencialmente tiene estos constitutivos para su desarrollo, que él es en sí humano, como lo son los demás, porque esos son sus atributos y que su máxima aspiración es realizarse en toda su plenitud. No siempre es culpa del individuo que no pueda realizarse como ser humano, a veces es la sociedad, con todo lo que ella integra, la que pervierte el desarrollo humano, que lo lastra o minimiza. Dicha sociedad es educación, economía, cultura, política, vida social, y cuando hay carencia de lo verdaderamente humano en una sociedad o en una parte de ella, toda ella se convierte en un atentado contra el desarrollo del hombre y cunde la violencia en sus múltiples manifestaciones. Se presenta como consecuencia el deterioro del planeta y, según Large (1981), una iatrogenia social en la que la sociedad se enferma por la forma en que está estructurada y organizada.

Es necesario para todos los fines de la sociedad reconocer y aceptar lo material, lo anímico y lo espiritual del hombre y, más aún, atender y dinamizar esos potenciales en cada uno de los encuentros. De ello, todos los seres humanos son responsables, especialmente los dirigentes, líderes y gobernantes.

Se podría asegurar que la ola de violencia que recorre actualmente el mundo es producto de la visión puramente material de la vida, de una ignorancia o desconocimiento de sus fines superiores y de una falta de humildad, especialmente de los dirigentes, políticos, empresarios y líderes en general. Al ser humano se le trata tal como se lo concibe, e igualmente, del mismo modo, el ser humano se trata a sí mismo; es una acción refleja. En el fondo es una proyección de las propias identificaciones, especialmente de aquellas con las que inconscientemente no se está de acuerdo. Al otro se le ve como igual en la medida en que comparte idénticos valores, metas y atributos, que son importantes para los demás; de lo contrario, se tiende a verlo como alguien diferente y se establecen barreras al encuentro y a la comunicación. La humanidad se ha dividido en clanes, etnias, comunidades, agrupaciones raciales, políticas, económicas, religiosas y culturales. Quizás el lenguaje haya contribuido a ello y genere distancias a veces insalvables, pero más allá de estas barreras está la realidad esencial de que todo ser humano es igual a todos los demás seres humanos porque comparte con ellos un cuerpo físico, un reservorio anímico y un anhelo espiritual. Cada sociedad o cultura puede matizar las expresiones de estos constitutivos, pero no puede alterar esa igualdad esencial que hermana a toda la humanidad. La ciencia, en lugar de unir, ha tendido a separar al hombre de los otros hombres. Cada disciplina, especialmente en las ciencias sociales, está preocupada por destacar la diferencia y, cuando asimila igualdades, las refiere por lo general a rasgos superficiales de las colectividades o agrupaciones que estudia. El objeto de estudio de cada una, sus métodos de investigación y sus paradigmas alejan a cada una del conocimiento total del ser humano mostrando así realidades parciales o quizás caricaturescas. El humanismo enarbolado en la modernidad está llevando a un énfasis exagerado del individualismo en el cual escasamente el hombre se reconoce a sí mismo y como consecuencia ignora a los demás. Difícilmente puede acceder al sujeto único, individual e irrepetible que es cada ser humano, pues es precisamente en esto que yace su universalidad. La ciencia busca lo genérico, entendiendo por ello lo que es externo y común a los hombres, y obtiene conocimiento y aproximación a lo humano, pero  niega a su vez lo universal que lo relaciona con los demás hombres. En un sentido trascendente, cada ser humano es un alma que busca el camino de regreso a su fuente y, para ello, se reviste de múltiples formas acumulando experiencias y realizando los encuentros necesarios a fin de hacer los ajustes en su balanza de pagos kármicos. Es esta ley (véase Singh, 1995) la que lo trae al lugar preciso, en la época precisa y en relación con las personas o situaciones específicas que permitirán cumplir el propósito fijado de antemano de acuerdo a sus deseos y compromisos contraídos en épocas anteriores.

El ser humano no es un hecho fortuito en el proceso evolutivo, cada individuo tiene su misión que se reduce a cumplir los fines para los cuales encarnó en un cuerpo y en las circunstancias que le permiten realizarlo. De este modo, cada ser humano es presa de sus propios anhelos y deseos y este es quizá el único determinismo que define su existencia. Desde el nacimiento hasta la muerte, cada uno de los hitos en que transcurre su vida está marcado por este signo: realizar aquello para lo cual nació y las elecciones que se hacen están dirigidas a realizar dicha misión; del mismo modo, las circunstancias económicas, sociales, políticas y culturales en que se desenvuelve son precisamente las que le permitirán realizar su papel existencial. Al igual que en un drama donde cada actor tiene su papel y lo desempeña entrando en escena en el momento oportuno, se relaciona con aquellos con los que su papel define y sale del escenario cuando su papel termina, incluso antes que otros quienes continúan hasta que el drama concluye, así es la vida del hombre en la tierra.

Con toda seguridad, la historia no ha llegado a su fin ni el progreso del hombre y de las sociedades se detendrá. El ser humano continuará escribiendo los hitos de su desarrollo y no cesará en la búsqueda de soluciones a los grandes enigmas y a los grandes problemas. Estos últimos creados en su mayoría por él mismo y aquellos, acolitados por la ciencia, pero lo que parece cierto es que la ciencia tendrá que cambiar sus paradigmas o navegar en métodos y caminos distintos a los trasegados para hallar verdaderas respuestas. De lo contrario, se contentará con lo superficial, con verdades a medias o con la cáscara de los frutos del verdadero conocimiento.

El conocimiento del ser humano se yergue como una exigencia de la época y, para ello, es necesario incluir lo que la ciencia dice, pero también es necesario complementarlo con las visiones de las grandes religiones y los aportes del arte en sus múltiples expresiones. Ciencia, arte y religión son una triada que integradas y vivenciadas pueden contribuir a un conocimiento superior del ser humano (véase Monroy, 2011, p. 236): la ciencia por su carácter positivo, el arte por la inspiración que lo elucida y la religión por el camino intuitivo que le permite entrar a la interioridad de esa realidad que se designa como hombre. Exterioridad e interioridad intrincadas en el laberinto del conocimiento humano. ¿A quién le es posible sustraerse a este conocimiento?, ¿alguien podría negarse a su obtención?, ¿quiénes son responsables de ofrecerlo? Se podría pensar que su carencia es un defecto de la cultura, específicamente de los modelos educativos prevalecientes en ella; de igual modo, de los énfasis en visiones fragmentadas que aprovechan la capacidad de alienación y enajenación útiles a sistemas políticos, sociales, culturales y económicos específicos. También es culpa del hombre mismo en cuanto su apetito por conocerse está disminuido por los temores que suponen los hallazgos esclarecedores que asignan mayor responsabilidad para consigo mismo, la sociedad y la naturaleza. El ser humano teme conocerse porque ello supone una ética y responsabilidad hacia el futuro; es más fácil ser consecuente con visiones reduccionistas y estereotipadas porque ello justifica la inmadurez en la que se halla la sociedad humana. Justifica y permite la explotación del hombre, su sumisión y dominio. Nadie que asuma responsabilidad por otras personas, que esté en un puesto de dirección, o de mando, o de liderazgo, debe sustraerse a la responsabilidad de conocerse más cada día y de aumentar el conocimiento de lo humano en sus múltiples relaciones con la sociedad, con los otros hombres y con la naturaleza. Este puede ser el eje articulador del currículo para la formación gerencial y para el desarrollo del liderazgo con sus consecuentes aplicaciones a las diferentes áreas de la empresa y a la sociedad con su efecto globalizador en la naturaleza y en la cultura.

La atomización del estudio del hombre en múltiples disciplinas impide una visión integral del ser humano. Dicha fragmentación hace que la interdisciplinariedad sea difícil, por lo cual se hace necesario un eje transdisciplinar que vincule las diferentes concepciones en una unidad que contemple lo físico-material del ser humano, lo psíquico-mental y su dimensión espiritual. El trato humano, que es una consecuencia de la visión que se tenga de él, debe corresponder a esa visión integrada de modo que en los encuentros jefe-subalterno, gobernante-gobernado, líder-seguidores surja, como premisa, la orientación hacia el desarrollo de ambos. Para lo anterior, todo jefe, líder o dirigente debe estar capacitado no solo en su área profesional, sino también en un acervo amplio de conocimiento humano, social y en su propio autoconocimiento. De este modo, se podría avanzar en hacer de las organizaciones y de la sociedad en general, un espacio en que las relaciones entre humanos propendan por el crecimiento y desarrollo en responsabilidad, libertad y  conciencia de cada uno de los miembros que las constituyen.


Referencias

  • Large, M. (1981). Social Ecology. Exploring post industrial society. London: M. H. C. Large. (p. 162).
  • Monroy, L. (2011). Formar al hombre formar al líder. Cali, Colombia: Facultad de Ciencias de la Administración, Universidad del Valle (p. 315).
  • Sevilla, A. (1995). La educación empresarial universitaria. Cali, Colombia: Facultad de Administración de Empresas, Universidad del Valle, (p. 185).
  • Singh, K. (1995): El misterio de la muerte. Bogotá: Asociación El Bosque de Kirpal. (p. 111).

Créditos

Image by Ylli Bajrami from Pixabay

Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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