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La triple estructura del ser humano como fundamento para el liderazgo II

El Querer o Voluntad

Constituye la tercera facultad de la estructura psíquica del ser humano la cual le permite afirmarse en el mundo. La voluntad orienta al hombre hacia el futuro, o mejor decir, lo pone en el camino de lo que ha de venir; de este modo se realizan los encuentros y las situaciones con los que se teje la trama de la vida. La voluntad tiene su substrato biológico en el subsistema metabólico-motriz y este le sirve, desde el punto de vista fisiológico, de recurso energético y de apoyo para la acción.

Tradicionalmente, a la voluntad se le ha concebido como un fenómeno de concentración perceptiva hacia un objeto o situación determinada. En este caso podría surgir una disposición para actuar respecto a las situaciones concurrentes en dicho hecho o situación; por ejemplo, una madre tiene su atención centrada en los sonidos que provienen de su niño; el atleta, en el sonido del disparo que le da la largada, etc. La voluntad así concebida está en estado latente y manifiesta una disposición a informarse por lo que proviene del objeto o sujeto de su preocupación. Esta atención concentrada manifiesta una relación muy estrecha entre sujeto y objeto y es el camino para el conocimiento intuitivo.

Mirada desde otro ángulo, la voluntad también se ha concebido como la tenacidad, casi terquedad u obstinación puesta en la consecución de algo. En este sentido, la voluntad es movimiento persistente hacia algo, capacidad para no arredrarse ni escatimar esfuerzo en la tarea fijada. Lo anterior no significa que lo perseguido o anhelado se logre, sólo señala la potencia del impulso y la profundidad y amplitud de la acción.

El fruto del esfuerzo necesariamente le pertenece al hombre, pero no su disfrute, y aquí cabe, entonces, resaltar la connotación de intencionalidad que posee la voluntad. La voluntad es intención y allí reside su valor ético que sintetizada, en la máxima de Confucio, implicaría no intentar hacer a los demás lo que no nos gustaría que se nos hiciese a nosotros.

Si bien se reconoce que los hechos son los que valen y no las intenciones, en estas se revela todo el fermento volitivo y valorativo que los sustenta y, a veces, constituirían ellas mismas, el mejor método para juzgar a los hombres, salvo que no son tan evidentes como sí lo son los hechos realizados.

La voluntad impregna toda nuestra constitución biológica y anímica y, si como seres vivos queremos manifestarnos, ella es el fundamento de la supervivencia que permite realizar los movimientos propios al mantenimiento de la vida. Pero también, y más esencialmente, ella es el motor de nuestro desarrollo, del logro de la evolución y del destino particular de cada hombre.

A través de la voluntad el ser humano realiza su misión y papel en el mundo y para ello no sólo es necesario el soporte biológico sino, más aún, el soporte psíquico que le define metas, objetivos y aspiraciones y que le impulsa a actuar en consecución de sus logros. Si vemos un poco más profundamente, nos damos cuenta que el ser humano es voluntad activa en tanto que, consciente o inconscientemente, aparece en la escena temporal para realizar una misión en la vida y desaparece de dicho escenario cuando parece haber cumplido su tarea.

Niveles de la Voluntad

Existen en principio dos niveles de voluntad; el primero se refiere a la voluntad inconsciente, o sea aquella que está inscrita como automatismo en el funcionamiento de gran parte de nuestras funciones fisiológicas que son soportadas por el sistema nervioso autónomo y que definen patrones de acción fijas y que gracias a ese carácter nos permite acceder a niveles superiores de expresión como es propiamente el pensamiento. Realmente, como seres humanos evolucionados, en alguna fase de este proceso diferentes órganos como por ejemplo el corazón, el estómago, los pulmones, adquirieron autonomía relativa y empezaron a funcionar automáticamente sin que tuviésemos que ser conscientes de ello. Quizá este desatenderse de la actividad normal de nuestra fisiología dio la posibilidad para que nuestro yo se encaminara a la realización de actividades tendientes no sólo a capturar y a aprehender el mundo sino también a volcar al sujeto sobre sí mismo como objeto de la propia reflexión.

Otro nivel de la voluntad sería el consciente, o sea, aquel en el que el individuo se sabe poseedor de intereses, ambiciones, proyectos o propósitos en la vida a los cuales se puede referir como propios y los cuales son generadores de acciones en la consecución de su logro. Si bien este nivel abarca en principio, menos espacio que la voluntad inconsciente, especialmente en los primeros años de la vida, el objetivo de una buena educación y autoeducación es ampliarlo en la medida en que el ser humano crece y madura, de este modo, quizá, no se cumpla el enunciado de Fromm (1979) de que el ser humano muere sin haber nacido completamente, refiriéndose al estado de inconsciencia permanente en que transcurre la vida de la mayoría de los seres humanos en los tiempos modernos.

Basado en Steiner (1976, 35-44) La voluntad se manifiesta más en detalle si la observamos como un impulso que va desde lo más inconsciente e instintivo, con diversas gradaciones, hasta los actos más conscientes del ser humano. La voluntad se manifiesta en siete niveles, los tres primeros los comparte el ser humano con los animales y los tres últimos hacen referencia a cualidades propiamente humanas. Ellos son los siguientes:

El Nivel propiamente Instintivo

En el que el organismo actúa automáticamente en orden a satisfacer las demandas que aseguran su supervivencia y mantenimiento como individuo y como especie. En este sentido el instinto inscribe en el organismo conductas o comportamientos automáticos, casi mecánicos tendientes sobre todo a satisfacer las necesidades primarias o fisiológicas del organismo las cuales se realizan, por lo general, con una certeza sabia en orden a preservar la integridad y la continuación del mismo; tales son las necesidades de apareamiento, de alimentación, de descanso, etc.

El Nivel Apetitivo

Está muy ligado al anterior pero se distingue en tanto comporta una manifestación de gusto selectivo que, de un modo u otro, complace al organismo más allá de la pura necesidad instintiva; tal es el caso de satisfacer el hambre con un tipo de comida específica y no con otra, aunque el organismo no la rechaza.

El Nivel de Deseo

Es el tercer nivel que el ser humano comparte con el animal y en el cual se manifiesta más claramente un tinte emocional en la voluntad y un regocijo preanunciado de la satisfacción que producirá el logro o realización de lo anhelado. El deseo actúa de una forma inconsciente y está arraigado en lo más profundo de nuestra instintividad; por ello podría decirse que en el deseo existen imaginarios, no del objeto del deseo sino del goce y del disfrute en su obtención; hay, pues, un elemento anímico más desarrollado que en los dos niveles anteriores. El deseo arrastra de un modo inconsciente hacia su realización y marca una tendencia fuerte y angustiosa que en algunos casos sólo se calma cuando se ha logrado el objeto que lo satisface o bien, si ello no es posible, por las diferentes limitaciones que existan en su logro, el deseo queda en un estado de latencia posible de activar en nuevos imaginarios o cuando se evidencia la posibilidad de su realización. El deseo no asegura, pues, ni el logro ni el disfrute por cuanto pueden existir innúmeras barreras que así lo impidan.

La Motivación

Es el término con el cual se conoce en psicología la conducta que se halla orientada hacia un fin específico, o sea, el impulso a actuar con respecto a un objeto determinado. Es quizá la forma, académicamente aceptable, para hablar de la voluntad y se refiere a la razón, consciente o inconsciente, que existe tras de cada una de las acciones humanas o animales. Cuando la conducta motivada no se logra realizar sobreviene la frustración generando en el individuo u organismo un estado de ansiedad que debe ser resuelto bien de manera consciente o bien de manera inconsciente. Para el primer caso se acude a reacciones adaptativas de ataque, huida o substitución y, en el segundo caso, se apela al uso de los mecanismos de defensa cuyo objeto es descargar la ansiedad sin resolver eficientemente el problema o la frustración. Tras las teorías motivacionales (Maslow, Hezberg, etc.) está el fundamento de las necesidades fisiológicas o sociales, o de otras clasificaciones que impulsan a la voluntad a manifestarse en pro del equilibrio orgánico de modo tal que el individuo pueda ocuparse, después de satisfecha la necesidad, de la satisfacción de otra u otras que se hallen en el umbral de su motivación. El objetivo es el logro de un equilibrio homeostático.

La Aspiración

Este nivel volitivo y los siguientes son expresiones exclusivamente humanas; aquí ya no se comparte con los animales los modos instintivos o inconscientes de satisfacer las necesidades básicas y, sobretodo, fisiológicas del organismo. La aspiración es un modo auténticamente humano de proyectar deseos y anhelos que contienen, en lo posible, elementos nobles en cuanto realzan el desarrollo de cualidades potenciales del hombre. Al aspirar a algo, el ser humano se inserta en el mundo imaginario de sus capacidades y de los logros que piensa realizar con ellas; con su aspiración tiende un puente entre el presente y el futuro y lo enmarca con visiones y metas que son hitos en pro de la conquista de sus más caros sueños.

Lo característico de la aspiración es que cuando ella se manifiesta como impulso volitivo, la vida anímica del ser humano se transforma y se estructura en pro de las acciones que orientan al logro de la misma; le da, pues, hasta cierto punto, una visión de la certeza de sus motivos y de la posibilidad de sus logros. Hay, no obstante, individuos con un escaso conocimiento de sí mismos y en quienes sus más claras aspiraciones aparecen nubladas por la escasa capacidad personal de resolverlas, bien por debilidad caracterológica o por deficientes habilidades para alcanzarlas. El cruzar el puente se entiende aquí como tener conocimiento de las propias capacidades, de la distancia entre el presente y el futuro y de los hitos intermedios que hay que salvar para alcanzar a cruzarlo con éxito. Por capacidad nos referimos no sólo a las derivadas de su constitución física y biológica sino a las intelectuales, sociales y morales.

El Propósito

Es el sexto nivel de expresión de la voluntad y corresponde a la posesión de una meridiana claridad de lo que se quiere alcanzar y, sobretodo, conlleva una decisión más firme de lograrlo. Los propósitos aparecen a la conciencia como algo que no es posible aplazar, incluso, reclaman participación real en actos conducentes a su alcance; quien está impulsado por propósitos, podemos asegurar, ya está caminando hacia ellos, no aspira sino que actúa en función de su logro.

La Resolución

Es el último nivel de expresión de la voluntad y define una firme convicción acerca de la urgencia de conquistar la meta o logro que se persigue. Con la convicción el individuo está implicado completamente y ello lo induce a no cejar en el empeño por alcanzar el objetivo propuesto. La persona resuelta es temeraria, a veces obcecada y puede llegar a ser ciega en sus acciones, es decir, en ocasiones no reconoce el peligro y sucumbe ella misma en el camino de sus logros.

Definidos así estos siete niveles de la voluntad, es necesario aclarar que los tres primeros se comparten con los animales en tanto que los cuatro últimos, a nivel consciente, son exclusivos del ser humano. Por otra parte la voluntad animal tiende a la satisfacción de las necesidades primarias de conservación, procreación y defensa y si no se realiza de inmediato la vida biológica perece, en tanto que con respecto al ser humano la situación parece paradójica, pues, si bien parece tener un equipamiento instintivo para los mismos logros que el animal, aspectos culturales o valores específicos pueden llevarlo a desviar el propósito de dicho equipamiento. Parece de otra manera que la civilización y la cultura han ido adocenando dicha voluntad inconsciente en el ser humano en tanto que en los animales ella está automatizada y funciona con cierta certeza cuando de conseguir sus fines se trata.

Respecto a los niveles específicamente humanos la voluntad late como germen en la aspiración, casi en calidad de ensueño, preanunciando lo que está en el horizonte y que reclama del individuo preparación y entrenamiento para acometerla con rigor cuando adquiera el carácter de propósito o resolución. El propósito o la resolución, por otra parte tienen el carácter de perentoriedad y si bien se pueden aplazar por las limitaciones o barreras, cualesquiera que estas fuesen, si no se satisfacen a la larga producen la muerte psíquica del ser humano, es decir la impotencia de su capacidad productiva y creadora y la parálisis de su vida anímica.

Por otra parte, es importante resaltar que en general los siete niveles de la voluntad aquí descritos no tienen carácter moral -esto es más claro en los tres primeros-, pero en el caso del ser humano todos ellos están sometidos a las corrientes culturales de su época y sociedad particular y consecuentemente están matizados no sólo por la moral propia de su comunidad sino por la escala de valores y la ética personal con que cada individuo reviste sus acciones. En la voluntad, como veremos, subyace un substrato ético que posibilita el desarrollo y la construcción de lo humano y es en la voluntad donde se ejercita la real responsabilidad del sujeto ante los hechos que movilizan su comportamiento.

Dimensión Trascendente del Ser Humano

Toda educación es o debe ser educación del espíritu, de lo contrario es instrucción o entrenamiento. Al espíritu se le habla, se le generan los espacios de diálogo para que el hombre, dotado como lo es, de vida espiritual, reflexione y se moldee cual escultor, configurando de sí mismo la mejor forma.

La educación es sólo circunstancia para el desarrollo libre y creativo del individuo y debe, por lo tanto, ser la mejor y más óptima circunstancia. La educación es un acto de toda la vida y rebasa las fronteras geográficas y los espacios institucionales y formales que el estado o nación crea para su ejercicio. Por lo general se constriñe a ese espacio interior, íntimo y privado, en el que el ser humano dialoga con sí mismo, donde se amasa y moldea al calor de sus más recónditos sueños y visiones.

Dado que en el ser humano late un afán por ser mejor, por actualizar sus potencias y aptitudes, por realizarse como ser en el mundo, y por darse respuesta a los grandes interrogantes sobre su origen y destino, cabe, entonces, la pregunta: ¿qué puede hacer la educación, cómo puede ayudarle?.

Si la educación estuviese solamente orientada al mantenimiento de la vida biológica, el centro de su atención sería únicamente el cuerpo físico y quizá con una concepción de sistema abierto mantendría relaciones con su entorno más inmediato: la naturaleza, el ecosistema. Sería educación para la salud o entrenamiento para el mantenimiento de la vida, para la reproducción. En esto los gimnasios para el físico-culturismo y la nutrición estarían llenando plenamente su cometido. Ya sabemos que este nivel educativo está rebasado, no porque en la modernidad se haya logrado plenamente, incluso, existe mucha ignorancia acerca de ello, sino como consecuencia de saber que lo biológico está íntimamente ligado tanto a entornos naturales como a entornos sociales o psicológicos.

El cuerpo del ser humano es una estructura en la que se expresa su ser, es el campo para las manifestaciones psíquicas del pensar, del sentir y del actuar, y debido a esto el ser humano se constituye en un ser social. Obligación de la educación es crear las condiciones para que logre cada día mayores niveles de conciencia, libertad y responsabilidad, paradigmas que caracterizan el proceso de lograr la adultez.

Objetivo de la educación es transformar al niño en el adulto que se halla en su interior, con todo lo denotativo y connotativo que la palabra adulto pueda contener, e igualmente, con toda la trascendencia que ello puede significar.

La estructura psíquica del ser humano es el escenario propio de la acción educativa y ésta debe generar las circunstancias adecuadas para que el ser humano armonice el pensar, el sentir y el actuar y se manifieste como totalidad única, individual e irrepetible en cada una de sus expresiones y asuma cada vez la responsabilidad de su desarrollo y evolución. A la educación adviene siempre un ser en proceso de formación que posee dichas facultades. Nada sabe la educación de sus fines y misiones, incluso el propio sujeto las ignora, pero él entra en el proceso educativo para formarse, hacerse adulto, convertirse en persona.

Nadie se educa para médico, abogado o economista: estudia lo correspondiente a dichas disciplinas pero al margen de las mismas se dan las variables educativas para que cada uno trascienda los limites profesionales y técnicos de su saber y se dimensione como ser humano capaz de pensar correctamente, sentir armónicamente y actuar conforme a lo ético; capaz, en últimas, de poner el fruto de su saber al servicio de la comunidad y del hombre.

La educación debe propiciar en el ser humano la comprensión de que su cuerpo es el terreno donde su psiquismo se expresa y que éste es, del mismo modo, el ámbito donde su ser se desarrolla. He aquí la trascendencia de la función educativa y he aquí también la dimensión trascendente del hombre: pensamiento, sentimiento y voluntad entrelazados y orientados a facilitar en el hombre la comprensión y la convicción de sus fines y misiones.

Educar como un fin trascendente, porque el ser humano es trascendente, es abrir las vías y caminos para que él se interrogue, se descubra y se conozca más allá de lo físico-biológico y de lo anímico–psicológico, para que encuentre el sentido de la unidad sin la cual continuará siendo un depredador de sí mismo, de los otros y de la naturaleza.

El ser humano se manifiesta, pues, como una totalidad en cada expresión de su ser, confluyendo en ello con mayor o menor presencia los procesos del pensar, del sentir y del actuar. Se puede ser un ser humano orientado predominantemente a uno de ellos pero los dos restantes estarían ausentes del proceso anímico global; así, podríamos entender que hay personas orientadas exclusivamente hacia una comprensión lógica y racional del mundo, mientras que otras lo son hacia una vivencia plenamente emotiva con la vida, en tanto que unas terceras se hallan relacionadas muy activamente con el mundo en derredor. Es posible que por causas y déficits educativos, culturales y fisiológicos predomine un aspecto pero el verdadero ser humano es aquel que armoniza esas tres expresiones psíquicas y le da la importancia relativa a cada una de ellas según las circunstancias.

Toda educación, en consecuencia, debe atender la plenitud y la totalidad del hombre y es él mismo quien posee en su constitución los fundamentos físicos, biológicos, psicológicos y trascendentes que hacen posible y exigen el acto educativo. En consecuencia, un fin de la educación es formar seres humanos que, utilizando integralmente sus facultades, sean capaces de pensar lógica y racionalmente, sentir saludable y armónicamente, y capaces de actuar haciendo lo bueno y lo correcto.


Referencias

  • Fromm, Erich (1979): El arte de amar. Paidos, Buenos Aires, pp.155
  • Steiner, Rudolf (1976): La educación y la vida espiritual de nuestra época. Antroposófica, Mexico

Créditos

Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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