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La administración: ciencia, arte, técnica o tecnología

Hablar de administración significa referirse a algo que, en su extensión, abarca muchos significados, las más de las veces complementarios antes que contradictorios.

La discusión se plantea casi siempre en términos de los enfoques supuestamente polares, que incluyen, cada uno, con significados particulares, los enfoques restantes.  Esos enfoques miran a la administración bien como ciencia o bien como arte y en medio de los dos, la técnica y la tecnología ocupan igualmente un sitial en la discusión.

¿Por qué es importante discernir la naturaleza científica o artística de la administración?

En primer lugar la administración como campo de saber práctico es tan viejo como la humanidad; poco a poco ha ido adquiriendo carácter disciplinar en la medida en que el ejercicio, la experiencia y las aplicaciones han validado conceptos, ideas y sistemas de pensamiento para configurar teorías, técnicas y/o procedimientos que permiten sistematizar el trabajo y la actividad humana con modos y maneras, estilos y formas de administrar en relación con los contextos sociales, geográficos y culturales donde se ejercita; ha respondido más a variables humanas propias de la comprensión que se tiene del hombre y más definitivamente, del autoconocimiento y/o, conocimiento que el administrador o dirigente posea sobre sí mismo y sobre los demás. Las discusiones siempre se han dado en torno a estas dos polaridades y si bien el presente artículo no la va a resolver en forma absoluta, pretende, si, esclarecer elementos importantes para el enfoque con que observamos el ejercicio administrativo.

Definir la administración como ciencia o como arte es importante para saber desde el punto de vista de la formación de administradores y de la enseñanza de la administración en dónde hay que poner el acento, y esto, para una facultad de administración, puede ser la clave de su identidad y supervivencia. De otro modo en principio no excluimos que la administración pueda tener elementos de ambos.

La ciencia de la administración

La administración enfocada como ciencia conlleva la consideración de que ella descansa en principios de carácter universal aplicables en cualquier contexto.

Charles Beard dice que el administrador es como un ingeniero que construye una planta eléctrica, previniendo por anticipado los resultados que espera. Se dedica entonces a la realización de propósitos humanos y materiales (véase Terry, 1978). Esta consideración plantea que hay una función previsora, planeadora y que de algún modo el administrador concilia e integra lo humano y lo material para conseguir resultados prefijados. Supone, según Beard, que la administración se ha desarrollado como un cuerpo de reglas y axiomas que la experiencia ha demostrado son válidas en la práctica, en casos concretos, y por tanto sirven para prever resultados en forma aproximada.

Algunos, como Luther Gulik, quien acepta que por ahora la administración es más un arte que una ciencia, aclara que ella puede llegar a ser dominantemente científica en sus fines y métodos, si adopta la eficiencia como axioma (citado en O Donnell, 1981). Aquí se entiende eficiencia como la realización del trabajo con el menor gasto de energía humana y de materiales, sin rebajar la salud, la moral y el estado económico y social del trabajador. Los diferentes enfoques de la administración como ciencia plantean, y es obvio, la existencia de un cúmulo de conocimientos administrativos y la distinguen substancialmente de las ciencias exactas o matemáticas en tanto que éstas están expresadas en términos cuantitativos, de modo tal que las predicciones difícilmente pueden ser intervenidas por las acciones humanas.

La multidisciplinariedad en el saber administrativo

La administración parece estar constituida más bien como una constelación, quizá configuración, de muchas disciplinas y saberes tanto del campo de las ciencias exactas como de las ciencias naturales, sociales y humanas.

Desde el punto de vista de las ciencias exactas ellas procuran las herramientas de trabajo para manejar la eficiencia en los procesos productivos, utilizando los insumos de modo que optimicen los resultados. Puede asimilarse a una relación mecánica en la que aplicada determinada energía, potenciada a través de un proceso, puede generar resultados óptimos. En este caso la tendencia es a trabajar con lo inerte, con lo inorgánico, con lo físico, con procesos materiales que pueden ser transformados, convertidos o reconvertidos. Así entonces las matemáticas, la física, la química, aportan las leyes y las fórmulas para hacer viable los procesos productivos en una organización y facilitan, con tecnologías consecuentes, la optimización y maximización de los rendimientos.

Las ciencias naturales, por su lado, relacionan a la administración con el campo de lo vivo, de lo orgánico, dentro de lo cual cabe contemplar los seres o productos de la naturaleza como insumos para procesos productivos y de este modo los trataríamos en gran medida como seres inertes o inorgánicos; o, por otro lado, podría la administración contemplar la naturaleza como sustentadora de la vida y al mismo hombre como ser biológico y le aplicaría las leyes de la vida. De este modo, la biología, la medicina, la botánica, la agricultura, la ecología, la zoología, etc., son disciplinas que, inscritas en el campo de las ciencias naturales, proveen información para administrar y sostener lo vivo. La economía siendo una disciplina de tipo social tiene su base en las ciencias naturales, no tanto porque produzca lo vivo sino porque se apoya en la naturaleza y a través de procesos transformativos distribuye los recursos de la misma para mantener y sustentar la vida.

Esta dimensión de las ciencias naturales si bien contempla la posibilidad de medir, cuantificar y sopesar propios de la ciencia objetiva, incluye también la variable de lo intangible, no medible o pesable, o sea lo propiamente vivo, orgánico, vitalizado.

Las ciencias sociales como referencia al campo especulativo de las teorías acerca del hombre y de la sociedad especifican, para la administración, un panorama donde ella se mueve a través de paradigmas, deberes seres, planteamientos hipotéticos, no comprobables ciento por ciento ni sujetos al rigor científico de las ciencias exactas. En este campo se encuentra el hombre como centro y preocupación de muchas disciplinas: sociología, psicología, antropología, filosofía, arte, etc.

En el campo de las ciencias sociales la investigación cualitativa apoyada en la hermenéutica facilita el acercamiento comprensivo e interpretativo de las realidades del hombre en sociedad o de la sociedad en el hombre.

El campo de las ciencias sociales pertenece más al ámbito de la inspiración como modo de conocimiento que al de lo rigurosamente lógico propio del intelecto y de las ciencias exactas. Es el campo donde el administrador, culto, porque se ha cultivado, puede formular modos de acercarse a esa realidad tan compleja que es el hombre y que en su totalidad junto con los otros hombres y componentes constituyen la realidad llamada organización.

Cuando en la administración el ser humano recobra su importancia y se instala como centro articulador de su actividad entran dudas de si ella es ciencia, tal como se ha definido, si es seudociencia o si es arte.

Lo humano como centro del quehacer administrativo

Las organizaciones productoras de bienes y servicios son realidades tan complejas y abarcantes que para su estudio (que puede ser el objeto de la administración) es necesario apelar a enfoques multidisciplinarios e interdisciplinarios en los que, en su gran mayoría, prevalece la presencia de lo humano, mirado desde diferentes enfoques. De nuevo aparece que lo humano es y debe seguir siendo una preocupación significativa en la función administrativa.

Basados en lo anterior y para ubicar la administración en su dimensión científica o artística, podemos observar que lo humano empieza a ocupar un espacio cada vez más amplio en las organizaciones y por ende en la función administrativa orientada al crecimiento, desarrollo y evolución de las mismas.

Niveles de lo humano en la organización social y esferas que lo soportan

El hombre o el ser humano lo podemos observar como un ser de la naturaleza, como un ser social y como un ser trascendente.

Como un ser de la naturaleza importa destacar el carácter de vida que lo sustenta, de organización biológica que crece y se desarrolla y que requiere ser actualizada y mantenida permanentemente. Respecto a esto podemos comprender que al igual que los demás seres de la naturaleza el hombre busca alimentarse, protegerse, cuidarse, conservarse y prolongarse en otros seres vivos.

La economía es la orientada a producir los bienes y/o servicios que mantienen la vida y en las organizaciones donde trabaja el hombre es la responsable de generar los ingresos que permitan remunerar satisfactoriamente el trabajo de modo tal que alcance para mantener dignamente la vida (Monroy, 1993).

A nivel más amplio, en la sociedad, es la economía también la responsable de producir, organizar y distribuir la producción nacional de modo que llegue a todos los ciudadanos para que accedan en igualdad de condiciones a los consumos necesarios para mantener la vida.

El hombre como ser social funciona en los espacios donde se realiza el encuentro con sus congéneres y en donde lo individual se confronta con lo colectivo para buscar la armonización del conjunto organizacional o social. En este acercamiento de lo humano esencial que hay en cada persona emergen los sentimientos, las actitudes, los gestos y en general, los comportamientos y, en las más de las veces, los conflictos como corolario necesario para el ajuste y la armonización social.

Es en este escenario de la actuación del hombre frente al hombre, donde devienen las disciplinas del campo social a dar explicación, quizás comprensión, de los motivos y razones del actuar humano y si bien ellas permiten aceptar dichos comportamientos como culturales, debido a la naturaleza social del hombre, se puede entender que esa comprensión no significa necesariamente armonización y equilibrio social. Por ello aparece el campo del derecho que regula dicho comportamiento y por ello la legislación se hace para que los encuentros entre los seres humanos tengan el talante que el tipo de desarrollo cultural y civil de la comunidad en cuestión reclama y permite.

Todo lo anterior se presenta tanto a nivel de la cultura mayor (la sociedad) como de la cultura menor (organización o empresa).

El hombre como ser trascendente camina hacia su humanización, actualizando a lo largo de su vida sus capacidades, sus aptitudes, intereses y ambiciones logrando así niveles superiores de expresión de su ser de modo tal que advenga en él un sentido de autorrealización que contempla, entre otras posibilidades, el sentimiento real de su vinculación con el mundo y con todo lo creado.

Este sentido de trascendencia ya no prefigura al hombre sólo como ser biológico -algo que comparte con sus congéneres- o como ser social -algo en lo que su psiquismo se desarrolla-, sino que lo confronta con su propia interioridad y su posición y sentido en el mundo. También aquí él se observa como potencia que, expresada, da los mejores rendimientos para sí mismo y para la sociedad; potencia íntimamente entrelazada con su devenir personal y con su trasegar como destino único en el mundo.

La cultura como manifestación de lo que bulle en la interioridad humana y expresada a través de formas, ideas, conceptos, instituciones, artefactos y símbolos, es el campo donde lo trascendente se plasma y se exterioriza; pero siempre quedará un recinto no visible a los demás donde el ser humano se da sus respuestas más íntimas y donde se encuentra consigo mismo.

Disciplinas como la filosofía, quizás la psicología con sentido metafísico, las religiones y también procesos de inmersión en sí mismos como el autoanálisis y la reflexión ayudan a allanar el terreno para la búsqueda de la trascendencia. El arte en sus múltiples expresiones es un camino para develar capacidades recónditas y explicitar potencialidades latentes y mejorar por consiguiente las capacidades y habilidades del administrador en el ejercicio de su profesión.


Referencias

  • Monroy, Leonel (1993): El entorno social para la formación en lo superior y para lo superior, capítulo 6 en “La estructura del ser humano como fundamento de la educación en lo superior y para lo superior. Bases para un diseño curricular aplicable a la formación integral universitaria”. Colección edición previa, Universidad del Valle.
  • O Donnell, K (1981): Curso de Administración Moderna. Koontz O’Donnell. Mc Graw Hill.
  • Terry, G (1978): Principios de Administración. Continental S.A. México.

Créditos

Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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