Las etapas de desarrollo del ser humano, señaladas en tema anterior, muestran, en su conjunto, un proceso de desarrollo que avanza desde estados de inconsciencia hasta el logro de mayores niveles de consciencia, libertad y responsabilidad. En todo este proceso está presente el hecho educativo como matriz donde se gesta la madurez social, emocional, intelectual y espiritual del ser humano. Todo esto deviene en cultura orientada al desarrollo, no sólo del hombre sino de la sociedad en donde él se manifiesta.
El desarrollo del ser humano, como se ha ido perfilando, si bien es una conquista personal, es necesario puntualizar que con pocas excepciones se logra al margen de la sociedad y sus condiciones. En realidad el hombre es una oportunidad para el hombre y las organizaciones donde él crece, estudia y trabaja son igualmente oportunidad y circunstancia para su desarrollo. El ser humano no se hace sólo y no hay autosuficiencia exclusiva para lograrlo; la sociedad según su estructura, su visión del mundo y de la vida, y su concepción del hombre, crea pobres o vitales circunstancias para el desarrollo armónico e integral del hombre o de los seres humanos que la constituyen. De por sí el hecho educativo, formal o informal, está acompasando el esfuerzo humano por niveles superiores de desarrollo. Lo acompaña, incidiendo definitivamente en la primera etapa de desarrollo; favoreciendo relaciones de contraste y de complemento en la búsqueda de la individualidad, en la segunda etapa y; en la tercera, ese hecho educativo, que ya ha pasado por una auto educación y que se halla orientado por razones superiores y trascendentes, se erige en faro cimero que guía y orienta las propias acciones revertidas hacia la sociedad, las organizaciones y las nuevas generaciones.
El desarrollo biológico del ser humano presenta una curva con amplio crecimiento en la primera etapa de los 0-21 años, una fase estable en la segunda, entre los 21-42 años, y un proceso de declinación de allí en adelante, acentuado con mayor rigor después de los sesenta años (ver Figura 1). Cada ser humano tiene su propio ritmo de desarrollo biológico y sólo el buen cuidado de la salud y el destino personal le aseguran una vejez óptima. Llegar sano a la vejez es en realidad signo de sabiduría, buena fortuna y arte de vivir.
Aunque podemos considerar que el ser humano empieza a morir desde que nace, y esto sucede con toda criatura viviente, es cierto también que en los primeros años de la vida la tendencia es a crecer, a desarrollarse y a crear condiciones de funcionamiento óptimo en toda la estructura físico- corpórea. En esto coadyuva la alimentación. En la fase final de la vida la tendencia es a presentar síntomas de desgaste y degeneración de procesos y funciones corporales que llevan poco a poco a la declinación de la vitalidad y en consecuencia a la muerte.

Desde el punto de vista psicológico y espiritual observamos que la curva de desarrollo va estrechamente conectada al desarrollo biológico en la infancia y adolescencia y luego empieza a emanciparse de lo corpóreo para, al final, quedar autónoma y libre en su desenvolvimiento; es decir, hacia la vejez el ser humano, o lo humano, se halla más fijado a lo psíquico espiritual que a lo biológico.
Mirándolo desde el punto de vista de la economía, la vida y la vitalidad manifiestan un continuom de rendimiento decreciente, ante lo cual, la ciencia sólo puede mejorar sus condiciones pero no perpetuarlas eternamente, en tanto, lo psicológico y espiritual se manifiestan de modo contrario.
Ante el trabajo, el ser humano puede aplicar su totalidad física, mental y espiritual, si la organización esta estructurada de modo tal que los principios, políticas y actividades, en el seno de ella, se lo permita, en cuyo caso la declinación física será obvia con los años, aunque avanzará en su desarrollo anímico y espiritual. En el aspecto psicológico, si bien no se exige esfuerzo físico se pide, sí, esfuerzo mental, intelectual y anímico, y por ende, actividad nerviosa que a la larga repercute sobre todo el sistema orgánico. En el campo espiritual, a pesar de la vejez, subsiste la capacidad creativa, siempre regenerante e infundidora de vitalidad.
El conocimiento de las etapas de desarrollo es importante, no sólo para el individuo mismo, sino para todo aquel cuya responsabilidad sea conducir, guiar o dirigir a otros seres humanos. Trabajo del líder o jefe es crear las condiciones y circunstancias de todo tipo para que las instituciones a través de su filosofía, políticas, metas y objetivos coadyuven al desarrollo integral del ser humano. Un desconocimiento de ellas, las etapas, conlleva a conducciones equívocas y a lograr del ser humano resultados pobres en su contribución a las organizaciones donde trabaja.
Para las personas, que en las organizaciones donde trabajan sólo se les ha exigido como aporte su capacidad física, el período de aprovechamiento de sus capacidades es corto, desde los 20 hasta los 45 años quizá, porque las dolencias y quebrantos físicos como consecuencia de la exposición permanente de su organismo al esfuerzo, se manifiestan temprano. Si no se ha tenido el cuidado de preparar al individuo en otras esferas de la vida se convertirán, a edad temprana, en un lastre para la organización, pues, ni son aptos, a la larga, para los esfuerzos físicos que acostumbraban hacer, ni tampoco son aptos para actividades mentales superiores para las cuales la organización no los ha preparado. Consecuentemente con la declinación de su potencial biológico sobreviene el sentimiento de impotencia para otros campos de la vida y para el quehacer social, se convierten en personas dependientes, frustradas muchas de ellas, resentidas y bloqueadoras del desarrollo de la misma organización.
Si ha sucedido lo contrario, es decir, si se ha enriquecido al trabajador en las diversas esferas de su vida, estará, con seguridad, más apto para adaptarse a las situaciones cambiantes de una organización y sociedad en desarrollo permanente. Poseerá una visión más integrada de la organización, contribuirá en las decisiones que miran el conjunto de la organización, no sólo con acciones sino con juicios maduros, y con la información y el conocimiento adquiridos a través de su carrera laboral. Todo esto es extensible a la vida social y al período post-laboral, o sea, a la jubilación. El hombre biológico declina primero, pero el mental y trascendente continua, y puede seguir contribuyendo si ha sido educado y preparado para ello.
Si las organizaciones entienden entonces, que el ser humano es una totalidad con manifestaciones físicas, anímicas y espirituales, y se convence de que integrar esfuerzos y crear circunstancias y condiciones para el desarrollo de sus miembros es sano para el hombre, la organización y la sociedad, encontrará, entonces, los caminos que convertidos en filosofía, políticas y procedimientos, coadyuven al desarrollo del hombre en las organizaciones y a la vez fertilicen el medio social y la colectividad.
Reflexiones socio demográficas en torno a la educación, las etapas de desarrollo y el liderazgo
La visión general de las etapas de desarrollo permite observar que el proceso educativo no concluye en ninguna edad, no tiene final; es algo continuo, permanente y profundo con el paso del tiempo. Comienza permitiéndole al niño cierta apropiación del mundo que le rodea y concluye con la apropiación de sí mismo como entidad individual y trascendente. Es un flujo y reflujo, como la eterna marea, un juego de olas que van siempre a la tierra y regresan transformadas. En el caso del ser humano ese continuo educativo no concluye definitivamente, algo queda sin modelar al final de la vida. En muchos se queda corto, truncado o distorsionado debido a circunstancias personales, sociales o culturales.
La responsabilidad que le compete a la sociedad en la formación del hombre es la de generar, siempre, circunstancias para su desarrollo; para ello la sociedad misma (sus instituciones) debe ser circunstancia para el desarrollo del ser humano por su ética, por su sentido y comprensión de lo humano, por su madurez social y política y por su responsabilidad para con los ciudadanos que la constituyen.
Nadie puede dar lo que no posee, y aunque alguien, o la sociedad, prefigure un modelo de hombre a formar, si no hay condiciones de diferente orden que lo facilite, esto será imposible. Pero no hay que descorazonarse, todo ideal humano es valioso de por sí, y en los grandes paradigmas que se pone una sociedad se halla el motor de su propia evolución. Sin grandes propósitos, sin metas, sin un fin superior, se navega en el barro, y de sobra está decir que esto lleva al hundimiento y al naufragio, o por lo menos, a quedar anclado y sin futuro.
La educación, para la formación del hombre y del líder, implica que ella debe proveer circunstancias y condiciones educativas propias para cada etapa de desarrollo del ser humano. Estará consecuentemente, centrada en el hombre y, a partir de su conocimiento, generará las experiencias curriculares más adecuadas para su formación. Hará énfasis en lo individual asegurando, a través de ello, lo colectivo; será paciente y esperará a que el ser humano acceda a la experiencia desde adentro, la capture, la aprehenda y la apropie. Sacará lo que hay como germen y potencia de desarrollo en el individuo.
Cada etapa requiere que el educador (la vida es un continuo educativo) dinamice las variables en ellas contenidas y que sea generador de circunstancias favorables al desarrollo de aquellos que están bajo su tutela. Debe estar dotado de sabiduría, amor y respeto, tanto para educar a un niño como para trabajar un proceso educativo con un adulto. En realidad, no hay mejor oportunidad para la auto-educación que la exigencia de transformación y auto-conocimiento que el proceso educativo le demanda al educador. El educador debe ser, y necesita ser, un auténtico líder para realizar con altura y desinterés el servicio educativo.
De otra parte, teniendo en cuenta la edad a la que los jóvenes ingresan por lo general a la formación universitaria, es preocupante saber que La Universidad no se encuentra preparada para continuar el proceso formativo. La edad promedio de ingreso al sistema universitario está disminuyendo cada día, y los jóvenes llegan a ella con inquietudes e interrogantes vitales que ella no les resuelve; más aún, la universidad considera que no es de su incumbencia.
Los jóvenes, al ingresar al sistema universitario, por lo general, no se hallan todavía formados, y en nuestras sociedades, incipientes en procesos formativos reales y con concepciones pobres del hombre y del sentido de la educación, dichos jóvenes llegan, incluso, deformados. Los niveles educativos que preceden a la universidad no cumplen a cabalidad su papel en la formación del alumno.
La tendencia de la universidad, respecto a la juventud que llega a sus aulas, es la de asimilarlos como adultos y descuida la realidad de su estado y sus demandas. Hay un falso respeto a la condición del nuevo universitario, y quizá una evasión, por parte de la universidad, de su verdadera función. La universidad cree que su papel es fortalecer el intelecto y terminar de madurarlo pero descuida que el alumno de 16 años, y hasta menos, que recibe, necesita todavía un guía que le oriente en la comprensión más plena de la vida: todavía su vida emocional está en formación, los valores no se han cimentado y la comprensión de sí mismo y su entorno vital y social no es claro para él.
El profesor universitario debe pues recuperar para su quehacer el papel formativo que le permita no sólo transmitir conocimientos. Debe bajar del pedestal del intelecto y mezclarse en las pequeñas turbulencias anímicas y emocionales del alumno, dándole guía y orientación. Para ello la institución universitaria como tal, debe fortalecer en sus profesores, a través de sistemas de capacitación y formación, la adquisición de los conocimientos y las habilidades para ejercer con eficacia ese papel. Mucho ha de cambiar, desde luego, en los métodos y técnicas, y en el ambiente socio-cultural del aula, la clase y la universidad.
Respecto a poblaciones de adultos jóvenes (21 a 35 años) que ingresan a la universidad a programas de pregrado o postgrado, ellos pueden requerir, además de la comprensión conceptual de una profesión, la capacidad de realizar actividades dentro de la esfera de demandas propias de su profesión. Este período de vida es muy activo, afirmativo y competitivo, como se ha mencionado previamente y, por lo general, la búsqueda de nuevos conocimientos, si bien viene precedida de una vocación personal, se complementa con la imagen de los supuestos requerimientos sociales, económicos y culturales para promoverse y hallar el nicho profesional más adecuado.
Los períodos de vida posteriores (35, 42, 49 años y demás) son favorables para acercar al adulto a visiones del mundo y de la vida más integradoras, holísticas y sintetizadoras, apoyándose en las experiencias obtenidas a lo largo de la vida y en la confrontación con nuevos paradigmas. El proceso educativo debe permitirle al adulto retornar a su que-hacer profesional con una voluntad cada día más firme de permear su ambiente profesional y social con visiones y realizaciones, que sin desconocer la realidad, la trasciendan forjándose hitos altruistas y evolutivos que jalonen el avance hacia nuevos paradigmas científicos, sociales, económicos, humanistas, etc.
De esta visión breve de las etapas de desarrollo del ser humano se desprende que el hecho educativo no concluye sino cuando asegura que entrega a la sociedad un hombre y una mujer autosuficientes porque saben hacer algo a partir de sus aptitudes y capacidades; capaces de convivir armónicamente con la comunidad y sociedad de su tiempo y; capaces de actuar éticamente porque tienen claridad acerca de la responsabilidad y el compromiso en contribuir en la construcción de una sociedad y un mundo mejor no sólo para sí mismos sino para las generaciones que les sucedan.
El hecho educativo no concluye, pues, en la familia, ni en la educación primaria, ni en la secundaria, e incluso tampoco en la universidad. Es un continuo permanente al cual las instituciones de diferentes órdenes deben ofrecer, para cada etapa de desarrollo del ser humano, las suficientes y necesarias experiencias curriculares con el objeto de que el proceso de madurez del mismo alcance, cada día, mayores niveles de conciencia, libertad y responsabilidad. Para todo lo anterior, la institución educativa debe ejercer el liderazgo que el ser humano requiere y reclama.
Créditos
Foto de Feyza Yıldırım: https://www.pexels.com/es-es/foto/mujer-campo-sombrero-en-pie-13979815/


