Habilidades,  Sociedad,  Universidad

La universidad y su capacidad de liderazgo

En todas las épocas a la universidad, institución de la vida cultural de un país o región, se le ha exigido el ejercicio del liderazgo. El supuesto siempre ha sido que ella contribuye significativamente a la construcción de la vida económica, social y cultural de una región, o país  determinado.

Dado que está conformada por una elite intelectual, con diversidad de saberes que abarcan desde lo técnico hasta lo humano, pasando por lo económico, lo social y cultural, parece estar capacitada para el eficaz desempeño de dicho liderazgo.

La universidad forma profesionales para que contribuyan al desarrollo de la sociedad. Por lo anterior, y gracias a su diversidad de saberes, le cabe el ejercicio de tres tipos de liderazgo: el liderazgo profesional, el liderazgo social y el liderazgo moral. Estos tres tipos de liderazgo, ligados a los fines y misiones de la universidad, le competen a la multidiversidad de saberes del ejercicio universitario, repercuten en la formación de sus estudiantes, e impactan  la sociedad en la que se halla inserta.

En esta oportunidad hablaremos específicamente del liderazgo profesional, y dejaremos para otra ocasión los dos restantes.

Liderazgo profesional

Parece obvio que el efecto del ejercicio universitario sea la formación de  profesionales o técnicos que se desempeñen exitosamente  en su campo, y que su nivel esté   acorde con las exigencias de desarrollo de un país o región.

Este tipo de liderazgo está avalado no sólo porque la universidad posee los más altos conocimientos de los diferentes saberes que ejerce y enseña, sino porque estos saberes están en la frontera del desarrollo del conocimiento, o sea, son saberes actuales, modernos.

El liderazgo profesional se enraíza en la universidad en la medida en que la sociedad reconoce su labor para  que sus estudiantes y egresados sepan hacer lo correcto en su campo profesional.

Es un “saber hacer” reconocido  por los efectos netos observados especialmente en la productividad del país. Podríamos decir que en este campo se visualiza más el liderazgo universitario, pues si  contribuye al desarrollo económico de un país, esto se debe manifestar en el aumento del PIB, y con unas cuentas externas y fiscales equilibradas.  Aquí las estadísticas y los números muestran tangiblemente los resultados.

Todo lo anterior es más cuantificable en las profesiones con alto contenido técnico y matemático, provenientes de las ciencias exactas. Quizá estas categorías  contribuyen más significativamente a mejorar la infraestructura física e industrial de un país, todo ello  consecuente con planes y proyectos de crecimiento tangibles y visibles para sus gobernantes y gobernados. Este nivel formativo ejerce su impacto,  especialmente en  un campo donde los recursos naturales cuentan, y donde su explotación y su transformación son importantes.

 En las profesiones con alto contenido social, filosófico y humanista, el énfasis en las herramientas y en las tecnologías puede conducir a revestirlas de un carácter altamente  instrumental, que no contribuye al desarrollo pleno de una comunidad.  De ahí que para que la universidad  impulse el desarrollo armónico y equilibrado de la sociedad, a través de una buena formación, debe contemplar en el currículo de todas las profesiones, el componente sociocultural, además del componente técnico.

A lo anterior es necesario agregar la consideración de que cuando la universidad está formando a un estudiante, ejerce ese rol formativo a través del ejercicio de los saberes que maneja. Se persigue que con una adecuada formación, el estudiante pueda insertarse en la sociedad, ejerciendo actividades y funciones que lo remuneren económicamente y lo hagan autosuficiente.

Formar personas autosuficientes es pues, uno de los objetivos de la formación universitaria. Para ello los prepara y capacita con lo mejor de sus saberes, herramientas, técnicas y tecnologías, de modo que no se constituyan en una carga para la sociedad. Con todo lo anterior se logra un profesional que puede desarrollar experticia en el campo de su saber, y ayudar en  las decisiones  de su entorno profesional, trátese de empresas, organizaciones o instituciones en donde trabaje.

Aunque el anterior es el objetivo más evidente en la formación universitaria, hay que considerar que en el proceso formativo se persiguen otros objetivos como formar ciudadanos capaces de convivir armónicamente, y de resolver los conflictos por la vía de la negociación.

El formar para un liderazgo profesional es el mínimo exigido a la universidad, y al igual que a una empresa industrial, la unversidad debe dar rendimientos eficientes. En este sentido todos los recursos apropiados para el funcionamiento y desarrollo de la universidad deben ser manejados eficientemente y dirigidos al servicio del proceso formativo de los estudiantes, y al desarrollo de su entorno social y cultural.

En consecuencia, lo anterior reclama, que la infraestructura física, la dotación y el soporte tecnológico y administrativo, deben ser suficientes y de alta calidad. Los profesores deben tener suficiencia formativa en la frontera del conocimiento que cada uno maneja. Lo más importante es que la docencia debe soportarse por una excelente actividad investigativa para la cual la universidad debe crear condiciones, incentivos y recursos.

Cuando las condiciones anteriores no se dan o son escasas, el impacto de la universidad en la sociedad es pobre y contribuye, a través de sus egresados, a mantener el estado de dependencia de la economía respecto a organismos, instituciones y sociedades extrañas a la nación. Igualmente el saber puede quedar obsoleto, dada la negligencia o imposibilidad de actualizar profesionalmente su planta profesoral. Adicionalmente la formación exclusivamente profesionalizante tiende a descuidar o ignorar las realidades de carácter social y cultural sobre las que debe actuar.

El liderazgo profesional, así entendido, genera expertismo y eficiencia instrumental, muy útil para la economía global. Pero hay que reconocer que la realidad es más amplia, y demanda que la universidad ejerza adicionalmente el liderazgo social y moral que la sociedad le reclama, consecuente con la formación integral de seres humanos libres, autónomos y responsables. 

Este blog nace del deseo de compartir con un público más amplio mis inquietudes acerca de la formación del líder. Considero que hoy día dicha formación está siendo manoseada y manipulada por toda clase de agentes de la publicidad y del poder con el objeto de ubicar en la sociedad y en las empresas personas adocenadas y sustentadoras de fines puramente económicos que no resuelven la totalidad y diversidad de las profundas inquietudes humanas. Considero que la formación del líder debe incluir variables provenientes de muchas fuentes, especialmente de las ciencias sociales y humanas, al igual que del arte y de la filosofía, sin excluir la practicidad de las funciones propiamente administrativas. El fin primordial de dicha formación debe ser dotar a los estudiantes de una conciencia de servicio y una capacidad de fertilizar el ámbito social generando tolerancia, convivencia y armonía.

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